martes, marzo 24, 2009

El petirrojo de la rama torcida

Eran las 6 de la mañana cuando un lindo petirrojo aterrizó en una rama torcida que había en unos de los extremos de Montecuna. Tenía el pecho negro, las plumas muy rojas, el cuello con una especie de collarín rosa y una cresta blanca coronaba su cabeza. Se balanceó de arriba abajo varias veces; desde ese sube y baja podía ver el impresionante escenario: inmenso, verde, multicolor, casi como un océano emanando felicidad a través de una gama de colores que alumbraban el día, era imposible no quedarse perplejo. A lo lejos unos inmensos árboles protegían a las flores y perfumaba el lugar con una esencia de menta y libertad. El petirrojo se quedó varias horas en la rama hasta que escuchó unos sonidos extraños y huyó.

Regresó por la noche, pero llovía. No le importó. Se refrescó en una galatea y se quedó seco, dormido, en medio del bosque de flores y plantas, embriagado con puro rocío de eucalipto.

Al otro extremo del lugar, por donde estaba la civilización, una gata negra corría por los tejados. Sus ojos parecían dos luceros azules que enfocaban fotográficamente cada rincón oscuro del pueblo, veían hasta las esquinas más apartadas. Con sus dos patas delanteras raspaba las tejas que se deshacían con la lluvia y se volvía barro. Era más fácil construir un nido con lluvia, parecía pensar la gata con sus ojazos abiertos.

Cuando la lluvia terminó, la gata se recostó en el nido y vio mejor el panorama. Pegó un brinco, se resbaló, maulló y cayó al suelo. Se levantó y empezó a caminar despacio por la terraza. Se escabulló entre varios arbustos, trepó varios escalones y llegó a una inmensa acequia. Tomó agua. Trepó por una enredadera. Sintió un movimiento. Corrió. Cuando se acercó al extremo norte, pudo ver un pájaro entre los matorrales. Se acercó lentamente. Husmeó. El petirrojo no reaccionó, estaba seco. La gata lo empezó a lamer. Inmóvil, no reaccionaba, lo movió y nada. Parecía muerto.

A las 6 de la mañana del día siguiente un estruendoso motor despertó de golpe a la gata. Estaba totalmente mojada y embarrada. Buscó al petirrojo pero no estaba. El sol empezó a asomar y la gata buscó refugio rápidamente. Unos minutos más tarde, cuando la madrugada estaba en su apogeo, llegó una bandada de pájaros de todo tipo y color: azules, verdes, grises, blancos y rojos a adornar la enorme casa blanca. El petirrojo se perdió entre la muchedumbre y empezaron a cantar tonadas ancestrales, esas que les enseñaron sus padres y que tan felices los hacía. Vibraban con cada nota, aleteaban, se excitaban. Pronto era una perfecta y muy dulce sinfonía que empezó a despertar a todo el mundo. La gata, desde su escondrijo diurno, escuchaba con emoción el concierto. La bandada formó filas y voló de ventana en ventana, pasó rozando por los tejados, revoloteó por las ramas de los grandes árboles, zigzagueó por los barrotes de las rejas y chapoteó en la catarata. Era una comparsa, un séquito que llevaba felicidad a todo Montecuna y auguraba un nuevo día, uno muy feliz.

El petirrojo volvió a su lugar más preciado, la rama torcida a un extremo del pueblo. Se balanceó de arriba abajo varias veces; desde ese sube y baja pudo ver todo el impactante escenario frente a él: inmenso, verde, casi como un océano que emanaba una gama de colores que alumbraban el día… pero había algo raro esa tarde. La gran explanada parecía tapada de cobertizos blancos y enormes columnas de metal. Gigantes trabajaban muy fuerte cargando tremendos paquetes. Perplejo, el petirrojo cambió de rama por primera vez en mucho tiempo. Desde el otro ángulo, lo mismo, un gran cobertizo blanco y enormes columnas de metal. Movió la cabeza de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Voló alto, muy alto. Desde el cielo podía ver todo perfecto: el agua que nacía de una gran catarata, el lindo pueblo blanco, las flores multicolores que adornaban los árboles, las buganvillas enredadas con el pueblo. Pero el gran cobertizo permanecía ahí. No entendía qué pasaba. ¿Por qué cubrir la belleza? parecía preguntarse.

Regresó por la noche, a tratar de dormir perfumado de eucalipto en una galatea, pero un estruendoso ruido lo sorprendió. Un enjambre de gigantes metidos en el cobertizo se movía simulando un ritual ancestral. El petirrojo voló a la rama curva y se quedó perplejo observando el espectáculo. No aguantó mucho. Vio pedazos de pan y decidió ir por uno. Voló entre las columnas, pasó por sobreros, manos, matamoscas y coronas hasta dar con una masa deliciosa adornada con una especie de casita con dos gigantes enanitos en la punta. Picoteó todo lo que encontró y volvió a la rama torcida. Esa noche no durmió, no entendía lo que pasaba. ¿Por qué cubrir la belleza? parecía preguntarse.

A las 6 de la mañana, justo cuando sonaba el estruendoso motor, voló al cobertizo. Vio la gran explanada magullada, cubierta de tierra y desorden. Se recostó sobre un tablero y lloró. Lloró mucho. No entendía lo que pasaba. A lo lejos, encima del tejado divisó a la gata, su amiga.

Ahora había tres gatos que maullaban por comida desde el nido. El petirrojo no lo dudó dos veces, aleteó muy fuerte y se elevó poco a poco hasta las nubes. Se dejo caer libremente. Caía, caía. Mientras recorría esos metros de gravedad, pensó en la galatea, en la explanada verde, en la gama de flores, en la esencia de los eucaliptos, en la rama torcida, era imposible no quedarse perplejo. Apuntó al tejado, cerró los ojos y cayó… todo lo demás fue felicidad.


JC Magot 24.03.2009

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lunes, octubre 29, 2007

Alborada en vivo


Uno de esos tantos fríos domingos de agosto estaba sentado, casi dormido, frente a la televisión. Envuelto en mantas, colchas, babuchas y una gran bata, navegaba entre pantallazos de Mash, Los Munsters, Megaconstrucciones y esos noticieros europeos que comentan temas tan exóticos como el último nacimiento de unos cuatrillizos en una carpa de exploración en el sur de Uganda. Al transitar por los canales me topé con cuatro incas de pelo largo que cantaban agudamente en quechua. Si bien no sé hablar quechua –ni lo entiendo- la cultura andina me apasiona. Seguí el ritmo desbordante de la música que sutilmente emanaba del T.V., y poco a poco me sentí transportado a las partes más altas de la sierra andina: pasé muy cerca de Chincheros, nadé calato en la laguna de Piuray, di vueltas engrandecido alrededor de los pastizales y montañas de Pisac y corrí libre por los campos de Sacsayhuamán.

Cuando acabó la música y se proyectaron los anuncios comerciales no pude cambié de canal hasta que apareció la conductora del programa vestida con minipolleras y comentó que la música era de Alborada, un grupo oriundo del Perú y que radica en Alemania. Así de seco terminó el programa. Apagué el televisor y empecé a investigar en Internet. Bajé canciones, leí artículos, pregunté a desconocidos por el chat y hasta vi vídeos en Youtube.

Leí y concluí que Alborada es una especie de mixtura andina de peruanos, ecuatorianos y argentinos que se unieron para preservar y fomentar las raíces musicales del continente. Han explorado y analizado bastantes zonas americanas, incluso la música de los apaches en Estados Unidos. Me encantó. Al día siguiente ya tenía varios discos y en mi cuerpo danzaban canciones como Siwar Dance, Yawar Raymi o Wayanacuy.

Pienso que, en sí, la música de Alborada es una reinvención o estilización de los ritmos andinos profundos, una especie de novo-huayno envolvente que incorpora instrumentos e influencias del rock, electrónica y quién sabe qué más, grabados y mezclados con equipos de alta tecnología y calidad en estudios alemanes.

Gracias a Alborada, pasé ese invierno, primavera y verano explorando las nubes neo-folclóricas del continente. Navegué por el Mercado Central, por el de Surquillo, por los ambulantes del centro de Lima y en unos meses ya era un experto en el folclore peruano. Conseguí discos, intercambié otros y hasta se me dio por escuchar a Los Campesinos en el carro.

En las semanas que siguieron perdí varios amigos, especialmente los más esnobs, pues para ellos la música está claramente fragmentada y sus partes deben encajar exactamente con las clases sociales. Sus oídos están únicamente reservados para escuchar música de países desarrollados – léase “in inglish” – y según ellos la música en quechua es de pobres, cholos y empleadas. Me cansé de discutir pero no importó, solo me sirvió para darme cuenta quienes en realidad son amigos y quienes parte de esa neblina pseudo-yuppie que invade y ciega a algunos limeños y que es también la causa principal del sub-desarrollo e inmadurez del Perú. Me sirvió también para conocerme un poco más, darme cuenta que, por suerte, no tengo prejuicios de ese tipo… Solo me dejo llevar por la música, desde el silencio sepulcral de las catacumbas de San Francisco hasta los rincones más oscuros del gris invernal limeño.

Pasó el año 2006 y Alborada se volvió parte de mí. Es más, sus discos estaban mezclados en mi discoteca con los de R.E.M., Pearl Jam, Donizetti, Mozart, The Doors, Cementerio Club, Leonard Cohen, Soda Stereo, Carlos Vives o Kevin Johansen; el Sunqunchikpy Otavalo al costado del Murmur y el Caminos al Sol junto a L’elisir d’amore.

En abril de este año fui a uno de los conciertos de Alborada en el Parque de la Exposición. No sabía que se presentaban, fue una amiga quien me llamó –a último minuto- para ir. Hace buen tiempo no iba a un concierto por lo que acepte y, como ya era algo tarde, salí directo al centro de Lima.

Al estar casi por entrar al parque, cerca de la Av. 28 de Julio, no podía creer lo que veía: un mar humano se meneaba como un enjambre de avispas rondando un panal: vendedores de manzanas acarameladas y globos de colores se mezclaban con los de empanadas y anticuchos; niños, padres, viejos, adolescentes y pancartas se sumaban a la gran masa de personajes imperdibles en cualquier fiestón popular de la nueva Gran Lima.

Entrar al Parque de la Exposición en automóvil fue y es más que martirio. Y es que parece que el ingenioso arquitecto que diseñó el parque se enfocó en idear una maravillosa una playa de estacionamiento, pero se le acabó la inspiración al dibujar el acceso: hizo un gran arco con una única vía de acceso para entrar y salir; es decir, los carros que quieren entrar se topan de frente con los que quieren salir y se forma una congestión cargada de humo, insultos y bocinas que estresan hasta al niñito marinerito que dulcemente espera en la tremenda cola con su madre, mientras da un mordisco a su manzana acaramelada que a esa altura ya está cubierta de una capa grisácea y viscosa de CO2. En eso, cuando recordaba las manzanas acarameladas de las visitas escolares al Parque de las Leyendas, un policía que merodeaba por el lugar me grita: “Señor, señor, por favor, ¡muévase para que salga la Toyota!”.

Logramos estacionar y luego caminamos un rato por el parque, entre la asombrosa cantidad de gente, las pancartas, los revendedores, los árboles y el desorden propio que se adueña de este tipo de espectáculos limeños. En el suelo, la suciedad ya estaba más que pegada y simulaba sarna de perro.

Recorrimos el parque en búsqueda de las boleterías pero estaban cerradas desde semanas atrás y solo quedaban revendedores que querían hacer su agosto con entradas de más de 100 soles. Decidimos hacer nuestra pequeña huelga anti-revendedores y no entrar al concierto, ni hacer ninguna de las tremendas colas existentes.

Decidimos caminar y entrar al Museo de Arte de Lima. En esos eternos metros de camino hasta el MALI nos cruzamos con una variedad de personajes que aumentaban de color y brillo a cada paso: parejas de enamorados en jeans, mujeres con chompas y faldas multicolores, niños pésimamente disfrazados de Alborada – con pedazos de papel de cometa azul pegados a sus camisetas y flecos dorados de piñata incrustados en el papel azul y en las medias - como botas -, adolescentes con la indumentaria típica de la banda y hasta payasos mendigos que vendían boletos para su obra infantil que empezaba, en una cabaña adjunta, unos minutos antes al concierto de la banda.

En el museo dimos varias vueltas; primer piso, segundo, huacos retratos, cuadros modernistas, Sérvulo, esculturas, maderas, algunas fumadas, algunas conservadoras, paisajes, Cristos en todas las poses y mil cosas más que no nos alcanzó el tiempo pues decidimos volver a ver si a último minuto los revendedores bajaban el precio de las entradas.

Pero no, al llegar y re-negociar, los revendedores preferían quedarse con las entradas sin vender a rebajarlas menos a menos de 100 soles. Insistimos y, a minutos de empezar el espectáculo, conseguimos una rebaja de 5 míseros soles. Y peor aun fue al enterarnos que los dos tickets eran de asientos totalmente separados. Nos dijeron que eso no importaba, que todo el mundo se sentaba donde quisiera, pero no les creímos así que yo entré al recinto con una de las entradas para revisar si eran válidas y si podíamos sentarnos donde quisiéramos. Pasé la baranda de ingreso y me encontré con una enorme muchedumbre y un ruido ensordecedor que parecía una cueva llena de murciélagos. Comprobé lo que me decían: si bien todas las entradas eran numeradas, cada quien se sentaba donde se le daba la regalada gana. Ya no importaba si alguien llegó al final y compró un ticket en la última fila, lo veías gritando en la primera, si alguien gastó todos sus ahorros para estar en la zona VIP, ahora estaba reclamando a uno de los guardias su sitio. Empezó entonces la pelea: una chica colombiana que tenía entradas en la primera fila peleaba con una chola gorda bien sentada en primera fila. Vinieron dos tremendos mastodontes con polos rojos licrados a tratar de sacar a la señora, pero no supieron con quien se toparon. Apenas tocaron a la gorda esta forcejeó y todo el público comenzó con un ensordecedor pifeo y gritos de: “Abusivos”. Y es que claro, si sacaban a la gorda, tenían que reubicar a todo el anfiteatro.

Ubiqué un sitio vacío casi al final de las tribunas y me senté. Pronto estábamos ubicados, justo a tiempo en que empezaba el espectáculo; varias pantallas gigantes mostraban una entrevista a los miembros de la agrupación en la que comentaban sus vidas, temas sexuales, sus preferencias de ¿drogas? y sus gustos.

En ese momento prendieron unas luces muy fuertes que dejaron ver el imponente escenario donde Alborada se iba a presentar: un Machu Picchu enorme, con andenes incaicos de plástico y barnizados con laca brillante, que parecía imitar a las escenografías que Chespirito usaba en sus tan populares comedias. El santuario plastificado tenía tres niveles: en el de arriba se instalaron los violinistas, bajistas, bateristas y una veintena de músicos, en el segundo piso quedó una explanada para shows y bailes y el piso inferior quedó preparado para los cuatro sudakas bailarines.

En medio del bullicio y algarabía salieron, de uno de los costados, los cuatro danzantes totalmente de amarillo amostazado, con mil flecos dorados, ojotas amarradas hasta las pantorrillas y coronas cuzqueñas. Una chica, sentada a un metro de nosotros se paró para tomar una foto con una de esas cámaras Kodak amarillas ¿acuáticas? Y le siguió todo el anfiteatro: niños, señoras, señores, enamorados, viejitos y un montón de chicas adolescentes se pararon con tremendas pancartas a gritar histéricas como si estuvieran en un concierto ochentero de Menudo en el Amauta. Terminé de fotógrafo de todos y todas mis vecinas y con una oreja casi sorda por los gritos de una niña loca sentada atrás.

La estructura del show fue bastante movida y colorida, para cada canción había un acto especial: bailarines o trapecistas que danzaban con la música que tocaba Alborada. Algunos bien, otros patéticos, algunas danzas coordinadas, otras totalmente desordenadas, escenas de acrobacia, niños y todo lo que se puede ver en los teatros de Lima. Al final hicieron tantas cosas en un mismo espectáculo que daba la impresión de ser un Frankenstein con partes totalmente distintas, sin una integración real o sustento del espectáculo en su conjunto.

Todo el show siguió la misma tónica, los Alborada en la planta baja - simulando una pseudo-ópera – y el show en el segundo nivel. Hubieron momentos de éxtasis como Wayanacuy o Ananau, de recuerdos de niñez con Relámpago, de misticismo con Chirapaq, de baile con Siwar Dance y más emociones y nostalgia. El final, después de innumerables saltos y bailes, fue adornado por un grupo de niños que agitaban banderas de los países latinoamericanos.

La música de Alborada es buena, pero definitivamente la mística que inspiran sus discos no la plasman en el escenario; su esencia se evapora en las tablas y termina comercializándose a punto de ser una especie de Beatles folclóricos –con todo lo que eso acarrea- y llegando a la histeria colectiva que le quita toda el aura limpia y pura que transmite su música. Alborada está para más, para espectáculos que deberían ahondar el gran arte que llevan dentro y quizás poner en escena ambientaciones integrales con un propósito sustancial, que comunique algo – una referencia podría ser el Cirque du Soleil.


JC Magot 2007.




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domingo, mayo 27, 2007

Madrid... 3 años después...

Hoy día regresé a Madrid después de más de 3 años y la noto muy cambiada, lástima que sea para menos. El Madrid de hoy día es un Madrid sucio, muy peligroso, venido a menos. Muchos, demasiados, establecimientos con las lunas rotas, cerrados, otros por alquiler. Edificios enteros casi despoblados, seguramente llenos de murciélagos, que se asemejan a los peores años del centro de Lima. La Plaza España es un basural y el Quijote y Sancho respiran un remolino de polvo impresionante. Colillas de cigarros en todos los adoquines de la Gran Vìa. La gente apurada. Graffittis no comunicativos por todas partes.

Caminé entre la procesión de gente por la Gran Vía, a la Plaza España, a la Plaza Callao y no me siento un extraño. Me siento un español más, un habitante de esta cosmopólita urbe que, según dicen aunque no me consta, está en pleno desarrollo. La gente es la de siempre. Algunos góticos con nueve mil pedazos de metal incrustados en las cejas, boca, lenguas y de hecho en otras partes que no se ven. Gente chiflada con los pelos parados. Viejitas reunidas para tomar las cervezas del sábado por la noche en el Nebraska o Zahara. Señores ya mayores agarrados de la mano. Niñitas recontra maquilladas, con mini y fumando. Policìas revisando latinos por todas partes. Prostitutas rumanas en la calle Montera a todas horas. Españoles campechanos tratando de buscar conversa a toda hora. Los VIP's saturados de gente, con colas de más de 20 personas para comer un sándwich. Las cafeterías que hacen extrañar a gritos a T'anta, Delicass y hasta a San Antonio. Los meseros que tiran la comida y sirve el jugo de naranja chorreando por todas partes. Calles cargadas y con aspecto muy denso.

Se siente un tufillo, un tufillo feo que alerta directamente: "Algo no está bien"

¿Qué pasa Madrid?

26.05.2007

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viernes, mayo 25, 2007

Cartagena de Yndias

Estoy ya en Lima después de un gran punte de mayo, soleado, divertido y enmarcado por la sobrecogedora belleza colombiana. Fue este un viaje fugaz, chiflado, interesante y relajador; pero algunos dicen que esos viajes y los que se deciden a último minuto son los mejores. Y quizás eso fue lo que nos pasó.

Llegamos a Cartagena de Yndias el sábado por la noche, después de una breve y movida escala en Bogotá. Al salir del aeropuerto, se observa una ciudad muy provinciana con gente bastante alegre y un lugar en el cual la pobreza aún está presente. El conductor hizo un desvío por el centro amurallado de la ciudad "para que vean la rumba colombiana" y nos encontramos con mucha gente atiborrando los principales sitio de Cartagena. Un tráfico excesivo frente a la muralla nos hace estancarnos por un buen rato, pero luego llegamos aceleradamente al hotel.

Lo primero que se siente en esta ciudad caribeña es el calor y humedad existente, algo así como una sauna al aire libre, que incluso nos hace empañar los lentes. Al principio es difícil caminar pues con lentes empañados no se ve mucho y sin lentes la miopía nos gana. Pero por suerte ese efecto parece desaparecer unos minutos después, no sé si por costumbre al empañamiento o por cambios de humedad por zona.

El Capilla del Mar no es un gran hotel, pero cumple con su objetivo. Nos dieron un buen cuarto, casi como un departamentito con varias habitaciones. Nos instalamos y volamos al centro para ver si agarrábamos algo de la movida sabatina, pero al llegar ya estaba por terminar. Eran un poco más de las 12 de la noche y Cartagena parecía una ciudad fantasma. Todos los establecimientos estaban cerrados o por cerrar. Caminamos por las callecitas y encontramos una especie de plaza con monumentos de fierro retorcidos y en una esquina una cantina de madera con estila cincuentero pasando huaracha y vallenato y con cuatro gordas bien morenas moviendo desforajidamente los mondongos, que rebotaban de un lado a otro como un hula-hula natural. Paseamos varios minutos por Cartagena Nocturna, pero la soledad y el cansancio nos tumbó y regresamos al hotel a descansar.

Al día siguiente nos levantamos temprano y tomamos desayuno en el restaurante del hotel: Té con limón, jugos de frutas exóticas, omelletes a la medida, arepas, frutas, etc y luego salimos del hotel para cambiar dólares por pesos colombianos antes de ir a la playa. Algo curioso es que la moneda colombiana está tan devaluada que ya casi no se usan monedas y la billetera se llena de billetes con los cuales no podemos comprar ni un chicle.


Playas y enyucadores de Cartagena
Al caminar por la península principal y las playas de Cartagena notamos que en la ciudad existe un mundo paralelo. Uno en donde habitan seres extraños, personas que venden ostras, sombreros, globos, ropa, lentes, viajes, masajes y cuanta cosa se le pueda ocurrir comprar a un turista inocente. Seres que no se dan por vencidoy se empeñan ferozmente en vender a toda costa y a cualquier persona o cosa viviente. Se encargan de perseguir, tocar, poner y acosar a cuanta gente tenga a su alrededor. Y lo peor es que los precios que quieren imponer son el equivalente a comprar una docena de ese producto o servicio en Lima. Decimos "no" y nos ponen el sombrero, "no tengo" exigen pago, "estoy con lentes" y nos zampan los lentes, "no tengo hambre" y nos abren las ostras, nos las ponen en la boca, "estoy cansado" y nos agarran las piernas para hacernos masajes, y los tenemos así por toda nuestra caminata, como colas de mono que nos atrapan por toda nuestra caminata. Y apenas nos sentamos en la playa frente al hotel, empiezan a atiborrarnos como moscas cuando ven un gran pastel de miel con duraznos. Automáticamente 3 morenas nos invanden el toldo y comienzan con los masajes en los dedos, pies y hombros. Nos embadurnan todo el cuerpo de un líquido viscoso verde que parece refrigerante de carro. Lorenza se llama una bien gorda y sin dientes. En plena sesión obligada de masajes ambulantes, viene un negrito a vender collares y nos planta uno en cada cuello “de cortesía”. En paralelo se aparece un vendedor de discos piratas de música típica colombiana que se tropieza con la masajeadora y embadurna todos sus discos del "puaj" verde.

Después de la tremenda arremetida de las pirañotas colombianas, y cuando las aguas ya estaban un poco más calmadas y nuestros bolsillos con moneditas... a orillas del Caribe y a pleno sol, se nos apareció San Martincito de Porras: un iluminado vendedor, el penúltimo, que nos ofrecía la Tierra Prometida: Las Islas del Rosario, unas islas paradisiacas en el Caribe colombiano donde no existen vendedores enyucadores, ni taxis apurados, ni busetas parranderas. Con los ojos abiertos como monedas, reservamos automáticamente boletos para el día siguiente.

El último - ¡por fín! - vendedor ambulante de Cartagena nos contactó cuando estábamos mar adentro, a 100 metros de la orilla y llegó nadando rápidamente con los brazos arriba. Vendía paseos en una banana enorme, jalada por un bote de pescador motorizado. Nos enyucaron la banana enorme y nos subimos a dar algunas vueltas por la península cartaginense. Ver a Cartagena alejada desde esa banana de plástico es impresionante: los edificios han verticalizado la ciudad, que casi parece tener un muro de contención al gran sol que la cubre cariñosamente todo el año.

Después de una mañana saturada de vendedores, decidimos ir a la piscina panorámica del último piso del hotel, donde nos dimos un aislado y cómodo chapuzón y almorzamos unos bifes de lomo, tratando de pasar por alto las frituras colombianas. Por la tarde enrumbamos al centro amurallado de la ciudad.


Centro Amurallado de Cartagena de Yndias
La antigua ciudad española de Cartagena fue amurallada hace más de 300 años para combatir a los piratas y saqueadores que trataban de robar el oro y fortuna almacenados en esta perla del Caribe. Construyeron murallas y fuertes alrededor de la ciudad y hasta en los archipiélagos de islas que circunscriben ciudad. Ahora, gracias al legado originado por los piratas y españoles, Cartagena es un lugar encantador: las murallas están prácticamente intactas y sirven de marco para un pueblito de callecitas angostas y casas muy juntas de estilo republicano, llena de balcones de madera, fachadas muy detallosas y colores por todas partes.

Caminamos por todo el centro, y poco a poco observamos cómo han incrustado tiendas, restaurantes, bares, tiendas y cuanto establecimiento comercial existe en las antiguas casonas cartaginenses. Y no desentona, es más, están muy bien cuidadas, restauradas y hacen de Cartagena una ciudad linda. Caminamos toda la tarde y vimos esmeraldas en anillos, obleas en la calle, una gran estatua de una gorda muy negra y pulida de Botero, muchas flores, balcones, casonas increíbles, iglesias y señoras cargando enormes canastones de frutas como si fueran gorros en la cabeza.

Vimos que las tiendas tenías objetos exóticos desde hamacas hasta ceniceros y artesanías con paisajes cuzqueños y que decían "Cartagena". Amargados por este incidente, reflexionamos y conluímos que era mejor no protestar para no quitar algunas exportaciones e ingresos a nuestras paisanas de la sierra.

Seguimos caminando por la ciudad, admirando las plazas y tomando fotos en los mejores ángulos que encontrábamos. Vagabundeamos varias horas hasta llegar a una zona de tiendas de ropa vanguardista y terminar exhaustos y hambrientos en un Creppes and Waffles, local colombiano que está por abrir en Lima y que es una especie de cafetería de clínica gringa. Vimos el reloj y ya era algo tarde, por lo que decidimos ir al hotel a descansadar pues al día siguiente deberíamos estar en el embarcadero a las 8am para ir a las islas del Rosario.


Islas del Rosario
Nos levantamos muy temprano, tomamos desayunos muy rápido en el hotel sin antes saborear los jugos exóticos y enrumbamos al embarcadero. Por supuesto que fuimos los primeros en llegar y es que nos habíamos olvidado que aún estábamos en latinoamérica, el paraíso de la informalidad y claro, imposible que el barco salga a la hora programada pues, "hay que esperar que lleguen todos" nos decían. Y como la mayoría estuvo de juerga el día anterior excepto nosotros que, por mongos, decidimos disciplinarnos y asistir puntualmente a la cita naviera.

El barco salió pasadas las 9:30am a una lentitud de bote a remos y es que tuvo que zarpar ante tanta queja de los puntuales. Las primera millas náuticas las recorrimos bastante lento, pues seguíamos esperando a los tardones, que llegaron media hora después en una lancha a toda velocidad. Abordaron y recién en ese momento, pasadas las 10am, con el barco y los bolsillos de los colombianos llenos, partimos velozmente a las islas.

En el barco, frente a mi, se sentó un gringo con su espora la hondureña, que toda coqueta llevaba su enorme hibisco en la oreja y no dejaba de mirar y coquetear con todo el mundo, sintiéndose como una sirena recién salida del Lago Maggiore o la última chupada de choro colombiano. LLevaba una ropa de baño llena de florcitas igualitas a la cortina de la ducha de la Natacha. El gringo hablaba con un argentino que se había sentado cerca de él y conversaban sobre la carne argentina, los Rolling Stones y los frigoríficos colombianos. De repente, una embarcación de color militar pasó apurada muy cerca a nuestro vapor motorizado. El gringo se paró en un instante y les tomo cuchumil fotos. "Son traficantes, usan ese barco porque no pasa por los radares". Todos nos miramos y nos entró un poco de preocupación, más que por el hecho de tener tan cerca un barco con drogas, por el hecho de ser testigos oculares de tan semejante conchudez en medio de la bahía, y a las 10 de la mañana de un día feriado.

Después de una hora de viaje entre islas, fuertes y sirenas encortinadas, llegamos a la Isla Mayor y la Playa Cocoliso. Definitivamente el panorama es muy distinto a Cartagena. El mar es turquesa, casi transparente, el aire es más fresco y la abundancia de pequeñas islas parecidas a los chistes de naufragos: islas redondas de 20 metros de diámetro, llenas de arena casi blanca, vegetación y unas cuantas palmeras cocoteras. Islas así abundan ahí, y forman un gran archipiélago coronado por la Isla Grande. Justo ahí desembarcamos, atónitos por el paradisiaco paraje, palpando la arena empolvada y saboreando el néctar de la isla. Después de unas rápidas instrucciones fuimos directo a la cabaña de buceo y nos inscribimos para sumergirnos para ver los corales cercanos.


Corales
Nos embarcamos en otra lancha - una más pequeña, que nos llevó al punto medio de una gran círculo que formaban 6 islas y que forman una especie de enorme piscina natural. Ahí, nos lanzamos al agua con cuidado pues el piso no es muy profundo y estaba lleno de corales. El guía submarino, un colombiano muy campechano, nos dió las instrucciones para usar correctamente las aletas, la máscara, el snorkel y nos enseña las señas, el truco de soplar por la nariz para evitar el dolor de oído bajo el agua y a escupir y limpiar la máscara con nuestra saliva para que "esté a nuestra temperatura y no se empañe".

Nadamos unos minutos y el guía comienza con el tour acuático: "¡Allá abajo!" exhaló, y tomó aire y se perdió en la profundidad. En ese momento me sumerjí lo más que pude y pude sentir que los tímpamos me explotaban. Soplé con la nariz tapada tal como lo había dicho el guía, pero igual no calmó. Subo a la superficie e intenté de nuevo. Nadé. Otra vez. Y poco a poco voy notando que cada vez los oídos duelen menos. Agarro confianza y pronto ya puedo bucear por varios minutos. Veo como los pescesitos menean su cola apurádamente para escapar de mis cariños o para alimentarse de un pedacito de plancton almacenado en el coral. Estuvimos dando muchas vueltas por el archipiélago, nos sumergimos por donde veíamos peces o corales en formas interesantes, dimos vueltas y piruetas sin gravedad en el agua. ¡Nos divertimos como niños en un recreo de kindergarten!

Cuando regresamos a la Isla Mayor, extenuados, fuimos directamente a dormir un rato a una de las calas cristalinas. Fue imposible, pues el mar es irresistible. De nuevo nos lanzamos al agua y dormimos la siesta en el agua que costó bastante pues tengo una erisipela que hoy día, 20 días después, me sigue doliendo. Algo curioso fueron las sombrillas y las poltronas de la isla, muy estilizadas y sinuosideales, dignas del danzante paraje.

El almuerzo en pleno Caribe estuvo genial. Un pescado al horno muy suculento junto a guarniciones colombianas de plátano con arroz y distintos vegetales isleños. Después del banquete nos echamos a descansar en una hamacas colgada en las palmeras de un malecón que avistaba la playa. Dormimos con una impresionante vista hasta que llegó el barco y tuvimos que enrumbar tristemente de regreso a Cartagena. En el barco de regreso, junto a una gran tormenta que se acercaba, nos preguntamos: ¿por qué no reservamos antes el hotel Cocoliso de la Isla Grande?

La última noche en Cartagena fue muy tranquila y amena. Regresamos al centro amurallado; esta vez para tomarnos unos tragos en Café del Mar, un lounge bar construido en una de las esquinas de la muralla, algo que en Lima el INC hubiera de hecho observado e impedido. El bar está muy bien hecho y el servicio y su carta son de primera.

El final del viaje fue en el Restaurante Plaza de Armas, en la calle de la artillería - pleno centro, en donde nos sirvieron varias exquisiteces italo-colombianas y coronaron el viaje con un extraordinario postre, el garrapiñado, que nos dejó con ganas de más colorido colombiano.

Al regreso hicimos una parada obligatoria en Bogotá, dónde estuvimos algunas horas antes de regresar a Lima. De Bogotá se percibe una armonía natural, representada principalmente por el gran verdor existente. Esperamos en otra oportunidad conocer a fondo la capital de la Gran Colombia.

En el avión a Lima nos preguntamos: ¿siempre hay que planear los viajes? Creo que los improvisados a veces suelen sorprendernos y dejarnos extasiados.

JC Magot 2007.05.25

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sábado, noviembre 25, 2006

Caral



Hoy viajé en el tiempo hasta los inicios de la civilización americana, a una enorme ciudad de piedra y barro con pirámides y anfiteatros en el Valle del río Supe, ciudad que los arqueólogos modernos han bautizado como Caral.


Ida
La ida por la Panamericana Norte auguraba un día muy nublado, especialmente en Pasamayo, donde las nubes parecen brotar de la carretera y entreverarse con el viento, las dunas, los camiones, las camionetas, los autobuses, los automóviles y la emoción que cercaba la camioneta.

Viajamos más de dos horas y, después de comer un buen sánguche de chicharrón en uno de los grifos cercanos a Huacho y de terminar sorprendidos por la cantidad de invasiones y pueblos jóvenes que han crecido alrededor de las dunas anconeras, llegamos al kilómetro 184 de la Panamericana Norte, en Barranca.

Hicimos un alto por varios minutos y luego nos adentramos en un camino sin asfaltar y muy áspero. Ese tramo del viaje fue algo largo y no por la distancia, sino por lo rústico del camino, pero se hizo corto gracias al paisaje visual que ofrece el valle del río Supe, que nos exhibe muchos sembríos, plantaciones, animales y pobladores.


Caral
Pronto pasamos por la parte izquierda de las ruinas, botando polvo con la camioneta y al estacionar, lo primero que vimos fue la pequeña estación turística que muy bien ha montado el Proyecto Caral, la cual no desentona con las ruinas y el paisaje y está marcada principalmente por esteras refinadas y madera del valle. En ese pequeño módulo, hay chozas de tiendas, un restaurante y zonas para artesanos.

En ese parador descansamos unos minutos, pagamos las entradas y nos inmiscuímos en la ciudad capital de Supe.


Altar de fuego
En Caral se siente la presencia del fuego por muchos rincones, dado que en la época de esplendor de esta civilización el fuego o la quema era la forma de adoración más grande. Como debía ser, el altar principal es uno especialmente hecho para fuego, una especie de horno andino, diseñado en forma circular con entradas y salidas especiales de aire para avivar la brasa. Actualmente el altar está en restauración, y se dice tenía una altura de más de dos metros.


Anfiteatro
Cerca del altar está el gran anfiteatro de Caral, que consiste en un gran escenario circular de piedra y dos escaleras de acceso. Algo interesante es que toda la ciudad de Caral ha sido construida con piedras no muy pulidas y unidas desordenamente con barro que, en esta antigua ciudad, hace las veces del cemento en la selva de cemento limeña.


Pirámides
En la urbe ancestral existen 7 pirámides, las cuales están muy deterioradas, por lo que los arqueólogos están muy afanados en reconstruirlas. Son todas escalonadas, con escaleras centrales muy empinadas y hechas de piedra. Lástima que aún no se les llegue a apreciar en su total magnitud. Pienso que el Proyecto Caral debería trabajar, aparte de excavación y conservación, en ofrecer una visión más palpable de la vida en la ciudad. Quizás reconstruir totalmente una de las pirámides y montar una escenografía que muestre a sacerdotes realizando ceremonias, sería una buena alternativa para conocer mejor a la civilización que existió en esa zona hace ya tantos años.


Huanca
Frente a una de las pirámides, existe una piedra grande y larga, en forma de reloj solar que apunta y juega con dos pirámides. La plazoleta con el monumento de piedra es quizás el sitio más acogedor de Caral y el que debe necesitar una explicación científica con urgencia. El Proyecto Caral aún está en sus inicios y comentan que sólo el 30% de la infraestructura ha sido excavada y por ende, aún quedan muchas preguntas por contestar.


Pirámide Mayor
La Pirámide Mayor, aparte de ser la pirámide más grande, es la construcción principal de Caral. Cuenta con un pequeño anfiteatro, con dos entradas flanqueadas por dos grandes piedras que hacen las veces de columnas de pórtico y por plazuelas pequeñas.

Alrededor de todas las dunas que entierran parte de la pirámide, notamos con emoción las formas sinusoidales que se crean con el viento, cambiando la estática y geometría lineal de los monumentos, por un movimiento de vida alrededor de la danzante Pirámide Trunca.

El guía nos cuenta que las viviendas de los pobladores de Caral se ubicaban en los alrededores de las pirámides y templos actuales, zona que hoy es una gran pampa desértica. Nos comenta también que usaban silos comunes y que los excrementos eran usados como ofrendas a los dioses.


Valle
La ciudad de Caral está construida en una pampa desértica, encima de una gran loma y en medio de un desierto, o mejor dicho, en una enorme duna de 66 hectáreas, al costado del Valle del río Supe.

Desde puntos estratégicos de Caral, se ve, a lo lejos, el Valle del río Supe; Verde y colorido, es el regocijo visual que nuestros ojos necesitaban después del monótono color del desierto. Es ese mismo río y valle los que le daban vida a los habitantes de esta ciudad, principalmente agricultores y pescadores, y quizás ese mismo paisaje el que inspiraba a nuestros antepasados a vivir tranquilos y en paz.


Epílogo
Caral muestra los restos de una civilización muy antigua que se desarrolló en el Perú, y por eso debemos estar atentos a descubrir qué nos tienen preparado los arqueólogos para conocer más la Nación que somos y poder así ver el futuro con mayor esmero.

Visualmente Caral muestra una infraestructura lineal o geométrica básica, sin mucho arte, pero que muestra un conocimiento científico interesante. Aún así, y si bien todo el paisaje de la ciudadela es muy armónico y simple, está muy lejos de las civilizaciones contemporáneas como Egipto, Mesopotamia o China.

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martes, noviembre 14, 2006

Puno



Acabo de regresar a Lima después de cinco días intensos en la sierra sur peruana, cambiando de aire y conociendo aún más la vasta riqueza y el potencial turístico del país.

Salí de Lima el miércoles al mediodía, después de una mañana movida con una reunión importante y una fuerte neblina que casi me hace perder el vuelo. Hace mucho tiempo que no tomaba un avión para un viaje interno y mi primera impresión fue lo bien que han habilitado el nuevo terminal del aeropuerto Jorge Chávez, tanto así que pienso compite mano a mano con cualquier otro aeropuerto del mundo.

El vuelo tomó más tiempo de lo normal por una parada en Arequipa, por lo que llegamos a Juliaca terminando la tarde del miércoles. En el aeropuerto altiplánico nos esperaba toda la alta dirección de Electropuno, quienes nos saludaron y, después de una breve conversación, nos llevaron directamente a Puno, al hotel Qelqatani.

El trayecto de Juliaca a Puno fue rápido pero muy emotivo: el paisaje puneño se enmarca dentro del más perfecto cuadro minimalista existente, y el contraste de celestes con blancos y verdes con amarillos, difuminados a través de la fría y lluviosa ventana de vapor caliente, transmiten grandeza y soledad infinita.

En Puno reposamos unas horas y por la noche, salimos a pasear por el centro de la ciudad. En esa caminata, lo primero que se siente, aparte de un adormecimiento integral generado por la altura, es un choque cultural enorme, propulsado por la presencia de muchos turistas, en especial españoles y por la insólita música gringa que se escucha por todos los rincones del centro de la ciudad: arrullando a una niña en el puesto de artesanías, gritando en la discoteca tempranera más bullanguera del Jirón Lima y relajando a los foráneos en los restaurantes novo-puneños.

En el centro de Puno existen dos lugares principales: la Plaza de Armas y la Plaza Pino, que se conectan entre sí por el Jirón Lima. En la Plaza de Armas, resalta la Catedral por su belleza, icono religioso hecho de piedra de loza rojiza, adornada por algunos tallados y una cruz de madera a la izquierda; y la Municipalidad, un elefante blanco enorme con diseño moderno, que parece traída directamente de Marte para desubicar a los puneños.

Más tarde nos encontramos con representantes de la empresa y fuimos al restaurante Huanchacos, un lugar que mezcla costumbres andinas con norteñas. El local es uno muy cargado, con murales enmarcados de adobe, paredes de totora y una enorme y colorida sombrilla de playa que, colgada del techo, emite excesiva luz. Ese día comí, a recomendación de nuestros amigos, una gran trucha del Lago Titicaca al vapor con legumbres, y tomé una bebida caliente puneña: el Huacsapata, elaborada con vino y pisco. Fue una gran velada y la comida puneña pasó el examen con muy alta nota. Pronto regresamos al hotel, pues al día siguiente teníamos una reunión importante y estábamos cansados del viaje y del primer día en la altura puneña.

La mañana siguiente nos recogieron temprano y fuimos a la reunión pactada. Ahí estuvimos toda la mañana, mientras conversábamos y escuchábamos la sustentación. A la hora de almuerzo nos invitaron al nuevo restaurante del Hotel Sonesta, frente al Lago Titicaca, que tiene una vista privilegiada de Puno y del lago. Cerca al hotel está anclado el barco Yavarí, el más antiguo del Perú, fabricado en Inglaterra en los 1800, desmontado y traído a Puno en burro desde la costa. Cruzamos un momento un puente colgante y visitamos la embarcación. Fue muy peculiar la historia del barco y la simpática manera que tiene el guía de contarla.

Desde el barco se observa, al fondo de la bahía, en la Isla Esteves, el Hotel Libertador, todo blanco iluminando el soleado día puneño y brillando como una perla en medio del Lago Titicaca.

El tiempo era corto, pues el bus a Cuzco nos esperaba a las cuatro de la tarde. Estupefacto por el paraje y comiendo alpaca con gnoccis, no podía dejar de pensar en cómo podría ser el futuro puneño si se sigue trabajando con fuerza hacia delante. El Lago Titicaca tiene una gran riqueza económica y un potencial turístico que podría hacer de la zona un lugar muy desarrollado.

En el terminal de bus nunca olvidaré a una señora anciana aymara que, vestida con poncho muy negro, estaba sentada muy tranquila en una banca. Noté inmediatamente sus innumerables arrugas, que podrían denotar una gran amargura, pero que después de varios segundos de contemplación, reflejan una ternura ancestral.

Puno es inmenso y en cada rincón cercano al lago se respira una calma profunda que da el aire y respiro necesario que todo gerente busca entre sus sábanas de terciopelo y sus perfumados jacuzzis.

Al salir de Puno en bus, en el cerro más alto, un cóndor muy grande vigila Puno. Con sus alas abiertas apunta sigilosamente al Lago y perfuma el aroma con plumas y soledad. Desde el monumento al cóndor hasta las entrañas del lago, se levanta Puno; fluyendo a lo largo de los cerro hasta desembocar en el Lago Titicaca, pasando por plazas, enormes monumentos al Ekeko y la Zampoña, avenidas muy angostas y pendientes, con calles de piedras que parecerían ser el antecesor de las montañas rusas y mezclando construcciones muy antiguas con nuevas.

Estuve muy poco tiempo en Puno, pero fue una experiencia totalmente distinta a lo imaginado. Al contemplar el paisaje de la bahía encontré una paz y belleza única, que me hizo olvidar la hora, el lugar, las personas, Puno y Lima por unos minutos.

Pronto tomamos el bus, y nos fuimos.


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viernes, septiembre 23, 2005

Ancón



Siempre en épocas calurosas, desde que tuve uso de razón hasta que murió mi abuela, toda la familia se mudaba a Ancón, lugar ideal para el verano ubicado a muchos kilómetros norte de Lima; eran momentos de libertad y diversión pura sin más preocupaciones que el pinchazo de una rueda de bicicleta y la pérdida de una sesión de cine antiguo. Ahí, junto a las playas astilladas, los barcos y casas abandonadas fue donde mi inocencia veraniega nació, divagó y vivió durante muchas lunas hasta expirar lentamente con la mamama.

Hace algunos años me visitó la nostalgia y enfermé gravemente; después de un día cargado de estrés por el trabajo decidí no regresar a la oficina y enrumbarme a tan bello paraje infantil; emprendí viaje por la Panamericana, con terno y corbata, hasta arribar al recordado balneario norteño.

Llegué muy tarde, casi a medianoche y Ancón estaba muy oscuro y lúgubre; desde el principio me percaté de que no existían muchos cambios a lo largo de éstos años. Al acercarme y tratar de entrar en la playa de estacionamiento la vía se hizo muy angosta y sinuosa, cuesta abajo en un cerro, y para poder aparcar tuve que girar el timón rápidamente de un lado al otro y hacer los mismos malabares con los que mi padre luchaba veinte años atrás. Justo en ese momento, cuando ya se olía el aroma a humedad, óxido y aceite quemado del garaje, un coche encendió las luces y se dispuso a salir, y como la pista es de una sola vía terminamos cruzando parachoques, miradas y fuertes alusiones a la familia.

Caminé por las nocturnas callecitas anconeras, por el amplio malecón y encontré muy poca gente, excesivo frió, cuantiosa arena y profundos recuerdos que agudizaron mi enfermedad sentimental: desde el sabor y sonido del estruendo marino, la fría suavidad de la arena y el dolor de las astillas de los barcos abandonados hasta el aroma del pescado en el muelle principal, el suave aleteo de los pelícanos y las pocas luces de los edificios frente al mar me incitaban a recordar mi niñez y el tiempo que viví en ese paraíso.

Al amanecer, en la húmeda cama de hostal, visité el portal del edificio dónde veraneaba la familia; era el Casino de Ancón, con sus innumerables y pequeñas escalinatas que daban al corredor principal del edificio y a las instalaciones del casino. Me senté en varios escalones a recordar y observar el aire y el mar cuando de pronto tres revoltosos niños casi me atropellan al bajar con sus enormes bicicletas de paseo: el más alto llevaba lentes muy antiguos de carey, un inmaculado polo de rayas azules y blancas que le llegaba hasta justo encima del ombligo, un pantalón blanco hasta las rodillas, zapatillas azules con cocos y un reloj digital enorme amarrado en su delgada muñeca; el segundo era gordito, con un polo blanco que dejaba leer “Texaco”, un traje de baño negro y una zapatillas rojas y blancas; el último niño era muy pequeño, blanco y rubio, estaba muy flaco, se le notaban las costillas y parecía el más travieso de la pandilla. Salieron muy rápido desde la oscuridad de la puerta principal del edificio, sin preocuparse de nada y ni se dieron cuenta de que yo estaba sentado; pasaron a mi lado como cuando las flechas de vaqueros rozaban los vellos de los apaches.

Yo siempre salía a montar bicicleta por Ancón con mi hermano y mis primos; hacíamos carreras muy disputadas por el malecón, desde la heladería D’onofrio hasta el Yatch Club. En el trayecto esquivábamos anconetas, heladeros, surfistas, barquilleros, señoras en grupos lentos, señores solitarios observando bikinis, niños pequeños con
bicicletas de rueditas y otros un poco más grandes en enormes bicicletas de paseo, adolescentes fumando, niñas llorando en busca de mamá, parejas de enamorados agarrados de las manos, señoras vendiendo guargüeros y tamales y perros callejeros oliendo los zapatos de los señores morbosos y los de las señoras lentas.

Me acuerdo de un día en que al regresar al edificio, agotado de tanto ejercicio y aullido y maldición de la gente casi atropellada, topé con un señor muy extraño con lentes negros sentado en la escalera que me miraba muy extraño y sorprendido. No le hice caso, pero esa mirada se me quedó clavada en la memoria y siempre aparecía en mis sueños y ensueños.

Permanecí una hora más sentado en las incómodas escalinatas antes de subir al departamento. No pensé en nada, sólo observé las olas del mar, los barcos abandonados y el andar de la gente y de las anconetas. Toque varias veces el portón hasta que, tímidamente, el niño con lentes de carey acudió a mi llamada. Me abrió la puerta a medias y se quedó helado en el acto; noté su temor en el constante golpeteo de su mano contra la puerta; pregunté: “¿Eres tu Juan Carlos?”. Él asintió temerosamente y abrió la puerta.

La vivienda era la misma que recordaba en mis sueños de infancia, ¡estaba intacta! La entrada permanecía adornada con enormes flores secas junto al arcaico teléfono; el mágico comedor poseía los cuadros de paisajes españoles que tanto me gustaba ver; en la mesa, mi abuela jugaba al gin con mi madre; en una mesa contigua, mi abuelo escuchaba las novedades hípicas en una radio negra, cuadrada y con dial y leía sus revistas junto a su imprescindible papel higiénico; en medio de ambas mesas todavía permanecía el televisor en dónde vi de nuevo la fatídica explosión del Challenger.

Caminé por el pasadizo hacia el exterior, los saludé pero no me vieron, parecían muy concentrados en sus tareas. Al llegar a la amplia terraza noté que toda la mueblería se mantenía en perfecto estado; en el centro, una fría hamaca turquesa poseía una magia especial y era el centro de atención de todo Ancón. Mecerse en el mencionado artefacto tenía su truco y generaba un placer indescriptible.

La roja terraza estaba habitada por muchos niños, unos montaban bicicleta, otros corrían, otros lanzaban globos de agua a las anconetas, otros se enjuagaban las manos en pétalos de flores antes de echarlos sobre la procesión. En ese mismo instante, atrás de la hamaca turquesa, mi padre jugaba póquer con dados, tomaba gin y emitía gemidos masculinos junto a sus hermanos y una curiosa niña que se inmiscuía en el juego y el licor.

Caminé despacio junto a la majestuosidad de la vista anconera; desde ese lugar privilegiado se podía observar muy claro el tránsito de personas por el malecón, en la playa, entre las barcas, alrededor de las casas embrujadas, en los balcones de los edificios; montar anconetas y bicicletas; pescar en el muelle; nadar y bucear en el mar; manejar y chocar los pedalones; esquiar y flirtear en las lanchas; dormir en los yates; cegarse con el sol.

Recuerdo con ansiedad las puestas de sol, pasando del calor al frío sentado en la hamaca junto a mi abuela. Siempre quería quedarme hasta que todo fuera oscuro, y mi mamama siempre aceptaba. Al final terminaba con la cabeza recostada en sus faldas y ella quizás algo molesta porque no sabía qué hacer para moverse. En fin, siempre pasaba lo mismo, pero ninguno de los dos intentaba no repetirlo.

Me senté en la hamaca verde de la abuela y observé el mar y todos los pequeños acontecimientos que sucedían a mi alrededor sin que nadie se percatara de mi presencia. En ese momento, el pequeño niño de lentes de carey se me acercó y se sentó a mi lado. Noté en sus enormes ojos una enorme lucha interna por sobrevivir en el mundo, por nacer, por vivir, por crecer. En sus expresiones confirmé su gran timidez y su afán por hacer las cosas bien. Era un niño introvertido, travieso y tímido, pero bueno.

Me preguntó que quién era yo; le contesté que un amigo suyo, un gran amigo, uno que nunca había tenido y que jamás tendría. Frunció la nariz y me respondió que cómo podía ser su amigo si no me conocía; le dije que si me conocía, sólo que estaba muy cambiado, ahora era trabajador, idealista, detallista. Hablamos un buen rato y me contó algunas hazañas con su bicicleta y los pedalones y yo le conté de mis viajes por Europa y Estados Unidos. Perdió el miedo y tomó confianza muy pronto, contándome algunas cosas que no quería oír, como los choques de bicicletas y algunas muertes de niños en el malecón.

Charlamos durante mucho tiempo más hasta que mi madre lo llamó a cenar. Acotó que yo era un tipo extraño pero que le había caído bien y que ojalá nos viéramos de nuevo; yo le aconsejé tener más seguridad y libertad. Se despidió con un apretón de manos y en ese momento notamos que en la unión de las dos manos se reconstruía el mismo lunar que ambos teníamos. El se asustó y corrió hasta las faldas de su madre con un grito espeluznante.

En ese momento me paré y caminé por la terraza, y absorbí una vez más la fría brisa del mar de Ancón. Respiré la nostalgia de la nobleza de la abuela, de la gracia del abuelo, del dinamismo de papá. Cuando volví la cabeza ya no estaba la hamaca, ni la radio negra de las carreras, ni las desgastadas cartas de plástico, ni las coloridas flores secas. Todo había desaparecido en el aire: la hamaca, los pétalos de rosa, los globos, las sillas, las mesas, mis abuelos, mi padre.

JC Magot 2005

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lunes, marzo 21, 2005

La máscara más cara

La distinguida carroza de los Monteau ingresó rápidamente a la plazoleta principal del palacio Condesso. Detrás de ella, una noche muy oscura pestañeaba, mientras una cálida lluvia empapaba los árboles y producía una ensordecedora resonancia que amilanaba el zapateo de los caballos con los adoquines de la vía. Al llegar al pórtico, los potros se detuvieron al compás del fatigado cochero que ya inclinaba parte del cuerpo para abrir la portezuela principal del vehículo. Desde el fondo de la carroza, doña Vivian y don Nicolás saltaron apuradamente y se sumergieron en la profundidad de la oscuridad.

A la sombra de una luz tenue, aquella que se distinguía en los aposentos superiores cuando el coche ingresaba a la plazoleta, Alba terminaba de abrocharse el corsé con la ayuda de su madre y una de sus sirvientes de turno. Al escuchar el crepitar de las chispas de las herraduras con las piedras, lentamente deslizó su pulgar por la cortina de su habitación y pudo distinguir a lo lejos una elegante carroza negra que se perdía entre la oscuridad y la tormenta veraniega. Ya, perfumada y maquillada, pensaba sólo en el ansiado regreso de su prima.

Vivian y Nicolás, muy calados, caminaron por entre las fuentes de Neptuno y Afrodita, los jardines del Edén y los verdes laberintos, hasta el hall de ingreso a la residencia. Un guardia los saludó y se ofreció a guiarlos hasta el salón; Los condujo tímidamente entre salones de espejos, cuadros de porcelana, sillones afrancesados hasta llegar a la zona de la lavandería donde una criada les ayudó a secarse. Después de un momento, cuando sus trajes ya no estaban mojados, orientados por el ruido de la fiesta, arribaron a la entrada del salón de baile. Escogieron dos máscaras de entre las pocas que quedaban en el diván, abrieron la puerta y entraron en el extenso mar de muchedumbre, de licor y de bullicio.

Se toparon con muchas máscaras, disfraces, músicos, bailarines, payasos y personalidades contemporáneas. Una mujer de cabellos rubios sentada sobre una mesa, rodeada de muchachos que contemplaban su fumar, les sonrió a lo lejos coquetamente. Al pasar cerca de ella, la mujer miró a Nicolás de arriba abajo y le mandó un beso volado; Vivian reaccionó rápidamente, le sujetó la mano a su esposo y continuaron su marcha.

Unos pasos más adelante vieron que Alba bajaba las escaleras vociferando sus nombres. Vivian se acercó y se saludaron con gran afecto. Alba señaló angustiosamente a la señora de rojo y asintió ante la preocupación de su prima. Nicolás le hizo una seña de saludo y volteó la cabeza hacia la mujer de la mesa, sensual, con los labios muy rojos, colmando el cigarro de belleza y atontando a la secuela de seguidores. Ella tenía la mirada fija en él y pudieron extasiarse mutuamente por una eternidad momentánea.

Vivian y Alba se sentaron a charlar en uno de los excéntricos asientos dorados; Nicolás se disculpó y emprendió camino entre la muchedumbre con dirección hacia los labios rojos, pero en el camino una máscara muy grande, emplumada y furiosa lo detuvo. Nicolás la vio y trató de evitarla, pero una gran risa resonó desde el interior de ella y tuvo que detenerse para saludar a Antoine.

La mano sudada de su amigo se juntó con la suya mientras se despojaban de las máscaras. Comenzaron entonces los comentarios y bromas sobre el centro de atención masculino del baile. En ese instante, con las manos aún juntas, se miraron, poco a poco giraron la cabeza hacia la señora de la esquina y de nuevo brotó el numen que sólo habían percibido en muy pocas ocasiones cuando eran estudiantes de arte. Comenzaba con una energía que venía del exterior, entraba por sus ojos y se apoderaba de los dos cuerpos unidos por el apretón de manos. Pronto era reemplazado por un cosquilleo en lo profundo del alma y unas ganas de exteriorizar el mágico sentimiento. La inspiración que tanto habían buscado los amigos, se les presentó ingenuamente a través de una tosca mueca en la boca de madame Ivonne. Unos minutos más tarde, Nicolás fue hasta la entrada del hall por una máscara femenina, la cual seleccionó después de analizar la atracción que sentía por la señorona.

Antoine fue hasta el almacén del palacio en búsqueda de lienzos antiguos, óleos y pinceles. Encontró algunos colores, varios pinceles secos y gastados y un lienzo. Los cargó discretamente por entre el jolgorio y llegó hasta el punto estratégico del salón: la esquina izquierda, desde donde se distinguía claramente a la señora y su harem.

Entre los dos comenzaron a pintar, al mismo tiempo, en el mismo lienzo y con pinceles de diversos tamaños. La escena que podían observar debajo de la columna era inmejorable: la actitud, los gestos, las muecas, las sonrisas fingidas y las expresiones libidinales parecían bailar armoniosamente al ritmo del maestro de orquesta recostado al otro extremo del salón. El músico se movía rápidamente mientras que su vara se agitaba para que los violoncelos conjugaran con los violines; desde él emanaba la principal fuente de energía, de intuición, de inspiración, parecía un ángel entre toda la gente, proveyendo una puerta directa al cielo con estrellas y cometas. Cada cierto tiempo, Nicolás se acercaba un poco y conversaba con la gente que rodeaba a Ivonne y le guiñaba el ojo tratando de obtener mejores gestos para su obra. La gente le comentaba que nunca habían visto una mujer más bella, pero no le hablaban, sólo la contemplaban, a beneplácito de la madame quien a esas alturas ya mandaba besos volados a todos con una mano embadurnada de maquillaje y lápiz labial.

Entre los dos se inspiraron en la belleza del ser que percibían, paradójicamente grotesca, llena de adjetivos, de armonía y de concordia. Poco a poco, madame Ivonne, su abanico floreado, sus enaguas rojas, sus carnosos labios, sonrisas fingidas y cabellos rizados fueron inmortalizándose en un pequeño lienzo francés.

El retrato era uno plano, sin perspectivas ni sombras, pero muy profundo, producto de una inspirada travesura momentánea de dos grandes amigos. Al pintar se compenetraron uno con el otro y la perfección se hizo presente cuando sus pinceles mezclaron los azules y los rojos con los amarillos y mancharon el blanco panorama con una mágica expresión.

Ya lo habían hecho varias veces, pero en esa oportunidad fue distinto. Los pincelazos mostraban fuerza y brusquedad, eran largos y consistentes. Los amigos alcanzaban éxtasis cuando presionaban el tapiz y ajustaban la espátula con el pincel. Por casi una hora estuvieron ambos abstraídos con madame Ivonne, con el palacio, con la muchedumbre, los colores, las conversaciones, los cristales y los azulejos.

El resultado fue devastador. Un colorido impresionante daba marco a una triste señora que resaltaba por su aparente belleza entre toda la gente congregada. En una mano se podía observar un abanico floreado desproporcionadamente grande para ocultarse de aquellos a quienes no quería sonreír. En la otra, llevaba la máscara femenina que Antoine había conseguido, dispuesta a usarla para aparentar ser más bella cuando veía que se aproximaba una mujer más hermosa que ella. A su costado, encima de la mesa, reposaba un espejo, que era donde sus ojos apuntaban en ese segundo fotográfico y en él se reflejaba otra mujer, mayor, pura y con una mirada de ensueño.

Mientras esperaban que se secara el fresco, Nicolás comenzó a entablar una conversación con ella para contarle sobre la inspirada conspiración y el producto de la magia con su amigo; entretanto, Antoine recorrió la mansión en busca de un marco apropiado para el retrato. Madame Ivonne no hizo caso alguno a lo que el hombre trataba de decirle; estaba dedicada a alabarse y buscar la aceptación de la belleza absoluta ante todos. Madame pensó que Nicolás estaba tratando de seducirla y trató de seguirle la corriente; muy coqueta, charló con él por varios minutos mientras le guiñaba el ojo y le tocaba las manos.

Antoine regresó cargando, cuidadosamente el retrato, ya enmarcado en fina madera. Apareció por atrás de madame, haciendo señas a Nicolás sobre el retrato. Inmediatamente cambió el paisaje que adornaba la pared por el óleo de la señorona, y lo dejó reposar sin avisar que lo había cambiado.

El canje no fue advertido inicialmente por muchas personas, pero poco a poco, la esquina izquierda del hall se fue llenando de personajes. La magia con la cual la pintura había sido hecha creaba un impacto tal que el salón se fue silenciando hasta que se pudieron escuchar las preciosas melodías de los violines en su expresión más pura. La gente notó que el retrato se trataba de madame Ivonne y lo entendieron perfectamente. Se originó tanta conmoción que la gente no pudo retomar el diálogo por algunos minutos. Muchos se retiraron, otros salieron a la terraza, pero regresaron mojados unos segundos después.

Antoine y Nicolás permanecieron inmóviles a un lado del salón, mientras madame Ivonne, que no se había percatado de la acción, se preguntaba qué era lo que pasaba con sus admiradores. Fue uno de sus propios incondicionales quien le señaló con la mirada y con una mueca de disgusto en la boca, la esquina donde la gente se amontonaba.

Madame Ivonne vio el retrato y gritó fuertemente mientras caminaba con lentitud hacia él, a lo que siguió un silencio sepulcral. Pronto se acercó y lo miró con detenimiento. Su segunda reacción fue sollozar, pero para evitar la vergüenza, se colocó inmediatamente la máscara sonriente que llevaba en la mano.

Corrió con la máscara rociada de lágrimas, aplastando a la multitud, mientras pensaba en el retrato, en Nicolás y en Antoine. Con la desesperación de lo que podría opinar la gente sobre ella, corrió a la sala de máscaras y seleccionó la más bella de todas: era un antifaz que representaba a una niña muy dulce, de ojos verdes y labios rojos y con una corona de piedras lápiz lázuli. Encontró en el salón un pegamento y se lo aplicó al antifaz antes de usarlo. Luego la presionó nerviosamente contra su cara, se cercioró que estuviese fija y se vio en el espejo. Sonrió pero no era necesario, la máscara la condenaba a sonreír por siempre, a ocultar sus sentimientos, su razón y su belleza.

Nicolás arribó a la estancia de las máscaras y la vio feliz, bailando frente a un gran espejo, sensual, con una gran sonrisa de máscara teatral. Ella no se percató de la presencia del espigado hombre; cantaba y bailaba y sólo hasta que comenzó a despojarse de su ropa, fue cuando Nicolás tosió sutilmente y ella advirtió su presencia.

Madame Ivonne volteó la mirada hacia Nicolás y, sonriendo le preguntó si era hermosa. La pregunta y la escena conmovió a Nicolás a lo que él respondió que era la mujer más bella que había visto en su vida y se retiró dejándola sola. Ivonne siguió bailando, ahora más que nunca, con pasos sólidos, firmes y fuertes hasta que sintió cosquilleos en el rostro y trató de sacarse el antifaz. Al no poder hacerlo, se desesperó y comenzó a gritar y llorar.

Nicolás regresó al salón de las máscaras al escuchar los alaridos, pero cuando llegó ya era muy tarde, Madame Ivonne yacía en el centro de la pieza. Estaba alumbrada sutilmente por la araña de cristal, con un tajo en la muñeca y envuelta en un charco de sangre azulada; poseía una sonrisa que reflejaba el orgasmo de la fiebre que la consumía hasta congelarla de placer.

Llegaron a la escena Vivian y Alba cuando Nicolás trataba en vano de quitarle la máscara. Alba rompió en llanto al ver a su madre muerta, chilló y Vivian empalideció al ver la espeluznante circunstancia. Los esposos se abrazaron mientras Alba acariciaba la máscara de su madre. Madame Ivonne no reveló nunca más su verdadera tristeza, se quedó así, afligida y enmascarada por toda la eternidad.

Ahora cada vez que hay un baile en el salón se la recuerda. Imposible no hacerlo pues el retrato de madame Ivonne todavía cuelga en esa esquina izquierda de la estancia. Viéndolo bien, ella parece arrepentirse y llorar por no vivir. Todavía se observa el abanico floreado, la máscara de la belleza y el diminuto espejo pintado por Antoine. El detalle particular, que sólo los que acercan la mirada al fresco notan, es la máscara que se refleja en el espejo de la obra; pero no la colorida que trajo Nicolás esa fatídica noche, sino una muy blanca, celeste, espiritual, armónica y bella.


JC Magot 2005

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martes, septiembre 14, 2004

Las Nubes

Sole se despertaba muy temprano y sigilosamente, sin que nadie se diera cuenta, caminaba de puntitas para evitar los crujidos del piso de madera. Llegaba a la escalera, desde donde podía apreciar el esplendor de la gran casona en toda su magnitud: a la derecha, un pequeño salón de baile estaba invadido por telas de arañas; a la izquierda, un blanco pasadizo conducía a la habitación de sus padres, a los cuales todavía podía escuchárseles roncar. La escalera en espiral siempre zigzagueaba hasta el pórtico de entrada a la casa y nadie se lo impedía.

Todos los días Sole bajaba corriendo por la baranda y llegaba muy rápido hasta el primer piso, abría desesperadamente la puerta principal y salía corriendo a través del césped perfumado que rodeaba la casa; daba volteretas, saltos y respiraba profundamente la pureza del aire en cada movimiento. Eran los instantes que más ansiaba y generaban una fría catarsis en su alma y un lavado de su cuerpo y de su mente.

Por entre la hierba, ella bailaba con el viento, corría con el sol y se elevaba poco a poco con la brisa, hasta llegar a una nube, en donde siempre descansaba unos segundos para luego saltar entre el hielo y correr a través de la gran meseta de algodón. Abajo, desde un gran ventanal, su madre parecía hacerle adiós sin que Sole lo advirtiera; su mano albina se reflejaba en el velo con cada movimiento y su mirada, siempre apuntando a su hija, la seguía a todas partes, no parpadeaba, sólo amaba.

Un día de verano el sol salió muy temprano, sin ninguna nube que lo ocultara. Al despertar, Sole se puso muy triste; no podría chapotear en el rocío de las nubes ni sentir el frescor del frío. Salió de su casa, tal como lo hacía diariamente, pero esta vez recibió una bofetada de viento cálido y hediondo que la tumbó en el prado y la hizo gritar tan fuerte que despertó a su familia.

Su madre bajó corriendo por la inmaculada escalera y cuando llegó, comenzó a sollozar eternamente junto al yaciente cuerpo de su hija. No la había visto tan cerca en años, pero la reconoció; estaba ya muy mayor, encorvada, con muchas arrugas y la cara demacrada por una tristeza enorme.

Sole abrió los párpados por un momento y vio un rostro bello iluminado por dos ojos turquesas y enmarcado por cabellos acanelados. Le acariciaba la mejilla, mientras que a lo lejos se distinguía un aristócrata serio de ojos pardos. Lagrimas inundaron sus ojos y una sonrisa le llenó la cara.

Pronto aparecieron nubes y su padre la cargó en brazos. Sole reaccionó, se prendió del cuello de su procreador y lo llenó de besos. Atrás, su madre la miraba dulcemente sin inmutarse y Sole lloraba desconsolada ante tanta devoción.

Caminaron en procesión lentamente por la pradera, cruzando en su recorrido cipreses y montes, los Alpes y los Andes, hasta llegar al horizonte y comenzaron a elevarse. Ascendieron lentamente hasta la nube más alta, ahí donde los pueblos se hacen hormigas y el cielo tu amigo; la recostaron, la acomodaron, la dejaron durmiendo y se marcharon. Nunca más regresaron y nadie volvió a saber de ella.


Dicen las buenas lenguas que mucho tiempo después, Soledad despertó y dominó las nubes; se volvió ama y diosa de ellas, y desde entonces siempre toman formas dulces y tiernas que acompañan a todo el que las ve. Mencionan también que más allá de las nubes, por encima del cielo, su padre Obolo y su madre Bondad la iluminan desde siempre y para toda la eternidad, agitando sus manos desde un gran ventanal. Por eso, cuando veas una nube, sólo piensa en Sole, que siempre estará ahí para hacerte compañía cuando la extrema soledad te invada y nadie esté para acompañarte...

JC Magot 2004

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lunes, febrero 23, 2004

El molino de Fisterra

Hace mucho tiempo, al este de la bella campiña andina, entre el ganado, los coloridos prados y los sembríos, se levantaba el majestuoso Molino de Fisterra, conocido por ser el más grande de los Andes y por estar incrustado en el ala derecha de la hacienda de los Ancco, grandes señorones que administraban y dirigían las duras actividades diurnas de la renombrada trituradora.

Ellos vivían cómodamente en las faldas andinas, en su vasta y limpia hacienda, entre grandes pastos, majestuosos árboles, llamas y vicuñas de categoría, casonas de blanco sillar, acogedoras casas de adobe y paja, diminutos caminos de tierra y extensas carreteras, inmensos cultivos de diversos tipos de papa, maíz y trigo, y enmarcados en un impecable y fresco cielo serrano.

En ese tiempo la enorme finca no estaba abandonada como la vieron mis ojos ayer. En ella, Pedro siempre se hacía respetar sobre su caballo. Sus hijos Ramón, Luis, Daniel y Guillermo le ayudaban en todas las actividades agrícolas, y la niña Sole corría descalza, persiguiendo alacranes entre gotas de rocío, siluetas de las piedras y mugre de terrones. Se podían apreciar también, a lo lejos, diminutos campesinos trabajando animosamente la tierra y los cultivos del latifundio, y algunos pastores resguardando y jugueteando con los vacunos, bovinos y auquénidos.

En los días de molienda, Pedro siempre despertaba de madrugada a sus hijos, a los campesinos y a su hija para una ardua faena y los congregaba en el verde y liso césped frente a la hacienda, al otro lado del río, para una divertida charla y el empuje de rigor. Recuerdo un verano en el que le tocó despabilar a Adelaida, hija de su olvidada hermana Herminia, apodada “la Gata” por tener unos preciosos ojos que alumbraban las oscuras noches de vela y que estaba de visita por tres meses en la majestuosa hacienda sureña.

Toda la familia se exaltaba al oír la vociferación del jefe. Los hermanos mayores se apuraban y cruzaban para entrar a los lavabos. Les acompañaba un preocupado Guillermo quien se dejaba jabonar bajo tutela de Luis, su hermano mayor. Rápidamente se sentaban y secaban todos con una gran toalla, mientras Ramón limpiaba y enrojecía las orejas de Guille; luego, se vestían ágilmente con un ropaje campestre muy homogéneo.

Adelaida, La Gata, se demoró esa vez en asearse: arribó tarde. Como Pedro ya había dado las primeras órdenes, se sintió mal, empezó a llorar arrodillada en una piedra cercana al río, y maldijo muy fuerte al prado con una gran roca en ambas manos.

Pedro, con barrote en mano la miró delirar, se sintió culpable y cedió. Suspendió temporalmente la reunión para acercarse donde su exaltada sobrina y le replicó:
–¿Qué hace usted, sobrina? ¡Apúrese que no tenemos tiempo!

La Gata no tuvo respuesta, sólo sollozaba estruendosamente y emitía tristes lágrimas desde sus grandes ojos rojos, que sorprendían y enmudecían a toda la multitud congregada. Pedro la abrazó, la tranquilizó, la llevó cerca a sus primos y la juntó con Sole, quien se quedó sorprendida y asustada al ver de cerca la transformación de los transparente luceros de su prima. Enseguida, el patrón continuó con el apologético discurso y anunció la asignación de tareas - las más flexibles y fáciles para las tres mujeres congregadas: su hija Sole, Fernanda “la Pastorcita” y Adelaida. Ellas se encargarían de revisar las piezas de cada uno de los molinos y los suministros de trigo durante todo el proceso. Pedro, astutamente, asignó un molino a cada frágil señorita y aparte, a Fernanda se le dio la difícil misión de sobresanar el trigo sobrante, lo cual ella aceptó agradecida y honrada, respaldada por su padre, Raymundo.

El trajín empezó pronto con el drenaje del agua. Luis y Daniel abrieron sincronizadamente los canales, mientras que los demás trataban de empujar las piedras. Ramón y Guille se empeñaban en girar la yucera, pero necesitaban un barrote más y Pedro acudió en su ayuda. Entre los tres dieron las primeras vueltas al molino y acompasadamente con la fuerza del agua vieron, excitados, cómo cedía y giraba. Ramón introducía el trigo por el cono izquierdo, Luis controlaba el movimiento de las enormes piedras y Guille recibía la harina por un canalillo de fierro. La Gata los miraba y oía muy callada, con unos ojos atentos, sin parpadear, y unas orejas inmensas, puntiagudas.

En el segundo molino las cosas no avanzaban tan bien. Raymundo perdió el control sobre éste que giraba más rápido de lo usual. Se empeñaba en pararlo, y corrió por los barrotes de madera y fierro, los colocó entre los huecos de la gran piedra, pero sólo logró parte de su objetivo. Trató entonces de frenarla con la mano, pero el roce adormeció sus dedos y él los agitó fuertemente para revivirlos. Lanzó entonces, junto con Fernanda, un despavorido alarido pidiendo ayuda a los hermanos del molino adjunto.

Arribó Daniel enseguida y les aconsejó introducir mucho trigo para saturar las piedras. La experiencia afirmó que Dani estaba en lo cierto y el potente granito empezó a parar lentamente hasta dejar de funcionar. Cuando hubo parado del todo, se esmeraron en retirar el excesivo trigo para comenzar de nuevo con la coordinada tarea.

Enmarcado por blancas columnas y un sol naranja, el tercer molino avanzaba muy despacio, trigo por trigo. Cuando Pedro vio la escena, acudió ante ellos y les mostró su gran experiencia. Los novatos lugareños no captaron las sabias y rápidas lecciones del maestro y continuaron con su lenta producción, a desespero del paisa. Les repitió las técnicas y recalcaba que debían tratar las piedras de forma cariñosa, una especie de engargolar las rocas suavemente y sentir la magia del crujido de los cereales dentro del corazón. Avanzaron lánguidamente y fueron los últimos en terminar, después de doce horas seguidas de machacamiento.


Más tarde, la única que trabajaba y sobresanaba el trigo era Fernanda ayudada por su padre, mientras que, después de la cena, baño y relajamiento en el río, los hermanos Ancco se reunían en la terraza de columnas blancas, tejas y enredaderas floreadas del segundo piso de la casona principal. Ahí jugaban siempre al dominó, alimentados por pan y chicha, apostando alpacas y llamas, tranquilos, distendidos. Cada cierto tiempo, Sole se sentaba en la baranda, con sus delgados y finos brazos entre dos columnas, los pies en el aire y observaba la puesta del sol entre los cerros y la campiña, abrazada cada vez más de los fríos pilares; inolvidable paisaje que la hacían sentir viva y admirar el pasar del tiempo en la maravillosa sierra andina. Se inspiraba y pensaba mucho junto al campo, era su pasión, su anhelo, su existencia.

JC Magot 2004

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martes, agosto 05, 2003

¡Peligro de invasión en Camelot!

Arturo llegó apresurado y muy preocupado; cabalgaba luego de una larga vigilia por Camelot; había hablado largamente con sus guardianes en las postas norteñas y la situación no era favorable. Se aprestaba a ingresar al castillo cuando, desde afuera, convocó con un gritó una reunión de emergencia en la mesa redonda.

Quince minutos más tarde se congregaron en el salón principal Percival, Bors, Galahad, Lancelot y Arturo; los otros caballeros estaban en peligrosas misiones por alguna región de Inglaterra, en busca de alianzas para la expansión del reino de Camelot.

Percival comenzó la charla con preguntas temerosas sobre qué era lo que sucedía o dónde estaba la reina. Arturo lo mandó callar en un instante. Bors y Galahad se sentaron raudos sin pronunciar palabra. Lancelot comenzaba a pararse y conferenciar cuando Arturo dijo: “Se acerca un ejercito de cinco mil hombres por el norte y uno similar por el oeste.”

La mesa comenzó a girar muy fuerte, los cinco personajes se miraron muchas veces y no supieron que hacer ni que decir, se les heló la sangre por un segundo mientras la mesa se elevaba mágicamente. Intervino Galahad y anunció que debería traer refuerzos del pueblo y villas vecinas; sin pensar, hizo caso omiso a la autoridad y órdenes de Arturo y salió muy rápido de la corte, montó su caballo y mandó abrir la puerta levadiza del castillo.

Arturo, enojado con la improvisación de Galahad, buscó asesoramiento y esperó los consejos de su corte. Lancelot recomendó establecer una estrategia diplomática para ganar tiempo y poder reclutar gente; Percival advirtió, asustado, una huída a Borgoña; Bors, no participó en esa primera discusión, permanecía callado y reflexionaba buscando una posible solución.

Las fuertes palabras y discusión estremecieron las fornidas paredes del amplio salón inglés; Percival y Lancelot ya se encontraban parados uno frente al otro, mientras Arturo y Bors los observaban cautelosamente desde sus grandes y cómodas sillas de madera con cojines de terciopelo azul. Los disímiles puntos de vista, el afán guerrero de uno y la cobarde coherencia del otro no parecían cruzarse en ningún momento, debería existir un tercer punto de vista; Arturo se dio cuenta que esa era la tarea del líder.

Analizó las posibilidades existentes hasta ese momento y se preocupó del silencio de Bors y la exaltación de sus hombres. Se paró, caminó despacio hasta ubicarse en medio de los dos y dijo: “Huiremos. Lo que ellos quieren es mi espada y mi tesoro; regresaremos con una armada dispuesta a reconquistar y sobrevivir en Camelot”. Bors asintió inmediatamente y agregó: “Cargar el tesoro en la carreta occidental es fácil y podemos escondernos en Reading hasta que podamos juntar un ejército aceptable.”

Bors desenvainó inmediatamente un plano de su abrigo y remarcó: “Observen éste plano, llegamos mañana por la noche a Reading, nos alojamos en Knightbridge y podemos empezar a reclutar personas en Londres”.

Arturo se quedó maravillado con el plan de Bors y lo aceptó contundentemente; el rostro de Percival sonrió por un momento y Lancelot se retiró con una silenciosa mirada que penetraban maliciosamente en los ojos de Percival.


En ese momento, Galahad regresó en esposas bajo tutela de la reina y tres guardias de seguridad y emprendieron todos el camino hacia sus alcobas para consolidar el plan y huir a Reading.

JC Magot 2003

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miércoles, julio 30, 2003

Waylash desapareció

Waylash no había regresado y la tormenta azotaba con fuerza por todo el boscaje y las montañas hasta introducirse vertiginosamente por la boca de la caverna. Partió muy temprano en busca de comida; le dio un beso en la frente a cada una de sus mujeres y niños y prometió regresar por la noche con dos venados y un león.

Ya era muy de noche, Waylash seguía sin aparecer y los niños lloraban al escuchar las explosiones de los truenos y relámpagos; las mujeres trataban de recoger el agua de las lluvias en grandes vasijas de cerámica, pero cada vez que llegaban al exterior de la cueva salían espantadas por el aterrador sonido que emitía la madre naturaleza. Siempre ocurría lo mismo en época de lluvias y tormentas, pero era Waylash quien se encargaba de enfrentarse al temporal y acumular el agua. En esa noche de tromba, las mujeres y niños se miraban unos a otros, con los rostros enrojecidos por la brasa de la fogata, desvelados por el estruendoso ruido e inquietos por la incertidumbre del paradero de su ser querido y el bamboleo de su futuro.

Estaban todos congregados en la cueva principal, un espacio redondo y amplio donde siempre encendían una gran fogata que abrigaba tiernamente a la familia. Alrededor de la tribu, las paredes de la covacha formaban un gran cono despuntado y se conservaban, tiznadas por la hoguera, rayadas por la desesperación, pintadas por los niños, muy sucias. Esa noche la horda asediaba al fuego, se tomaban de las manos y emitían ruidos que evocaban a los dioses en busca de un poco de calma y consuelo.

En la vivienda existían dos pequeños pasadizos colindando con la cueva principal: uno muy frío a la izquierda donde se almacenaban vegetales y animales muertos cubiertos con sal; otro a la derecha, lleno de ropaje elaborado con piel de diversos animales, lanzas de madera y piedra, chancletas de tripa de venado, vasijas de adobe e instrumentos diversos de madera, piedra y adobe creados por Waylash. En ese espacio era costumbre de Wayna dormitar y pensar en su esposo hasta que empezaba a sudar en la madrugada, achicharrada por el calor de la eterna e incandescente brasa.

Al día siguiente, todos se despertaron iluminados por la potente luz del sol y refrescados por una suave ventisca matutina. Waylash no estaba. Lloraron, se desesperaron, agitaron piedras y rocas y las lanzaron contra los muros; corrían en círculos como locos, saltaban sobre sus piernas, maldecían al cielo y agitaban la cabeza. No sabían qué hacer, todos dependían de él; nunca se habían enfrentado a la situación de vivir sin su protección.

Unas horas más tarde, los más astutos dejaron el berrinche y se embebieron con preocupación en el análisis de los extraños instrumentos y armas que había construido su dómine. Encontraron lanzas ordenadas por longitud, recostadas sobre la oscuridad y la aspereza del granito, hondas en canastas, piedras talladas de varios tamaños, armas de madera que parecían espadas, arcos y flechas rústicos elaborados con tendones de caballo, escudos de piel de rinoceronte y otros objetos más que no entendieron. Trataron de llamar a sus compañeros que seguían berreando en el bosque, pero no les hicieron caso; comenzaron a reclutar niños.

Los pequeños no se dieron cuenta de lo que ocurría y vieron los objetos como juguetes; enseguida cubrieron sus frentes y cabezas con las hondas y revolotearon por la cueva haciendo competiciones de espadachines con los sables de madera y jugando a golpear piedras con las lanzas; en un intermedio se rieron como hienas con los sonidos producidos por el rechinar de cada ligamento de los arcos y el excitante eco que producían en la caverna. El júbilo contagió a los mayores y tres horas más tarde cada uno poseía una lanza y una honda en la cabeza y toda la tribu jugaba y se peleaba por empujar una piedrita por todos los rincones de la cueva, entre las cenizas del fuego, los ropajes de Waylash, la sal y el tasajo.

Uno de los niños, cansado de tanto jolgorio, extrajo los tendones de cada uno de los arcos y los colocó alineados, uno tras otro, formando una pequeña y rústica arpa. Cuando comenzó a tocarla todos los saltimbanquis se callaron e inmovilizaron en el acto; los mágicos sonidos del instrumento hicieron llorar a las mujeres y pasmaron a los hombres y niños, dejándolos fascinados y extasiados, sin parpadear.

El trovador siguió tocando, con los ojos cerrados, melodías que vivían en su pequeña cabeza. Estaba recostado sobre una hendidura en lo alto de la cueva y tuvo a un público muy atento durante varios minutos sin que él se diera cuenta. Cuando abrió los ojos se avergonzó y dejó caer el arpa sobre el rocoso suelo, expirando una última nota. Toda la tribu se lanzó sobre el instrumento y el primero que lo cogió fue el hermano de Waylash, Wawaki, pero fue abatido por su mujer, por su cuñado y por sus nietos y el instrumento se destruyó rápidamente entre las peleas. Nadie se preocupó del arpa después de la gresca excepto el trovador quien, muy apenado, trató de reconstruirla pero las maderas y tendones se encontraban en muy mal estado y emitían un sonido similar a un concierto de ovejas asustadas.

Pasó una semana y en la fría cueva se respiraba un olor nauseabundo; la carne se había convertido en huesos, los vegetales estaban negros y muchos insectos merodeaban por su merienda favorita. Todos permanecían muy callados y sombríos y nadie se atrevía a organizarse. Dormían, comían y bebían; no hacían nada más, salvo Pawni, que era el único que salía y entraba de la cueva con una sonrisa radiante de oreja a oreja. Travieso y muy hábil, fue el que construyó y tocó el arpa y durante esa semana fue el único que se dedicó a estudiar los instrumentos de su tío Waylash y explorar la región.

A las dos semanas los hombres comenzaron a comer las arañas, moscas, grillos y caracoles que merodeaban en la cueva, encima de los restos de comida y la propia mugre de la tribu; las mujeres optaron por masticar hojas de parra y mala hierba; los niños seguían a sus respectivas madres pero no se comían las hojas, sino tomaban la leche de las plantas.

Pawni era diferente a los otros niños: no tenía madre, gozaba de independencia, se rehusaba a beber el dulce látex y se despertaba muy temprano, sin que nadie se diera cuenta; tomaba tres lanzas, dos anzuelos y una cacerola de adobe que amarraba con una soga a su cuerpo y corría por el bosque y las montañas hasta llegar a las orillas de un río. Muchas horas permaneció con el anzuelo dentro del agua hasta que entendió que debería ponerle algo para atraer a los peces. Intentó con hojas, caracoles, terrones, piedras hasta que pescó una enorme trucha cuando puso una oruga verde y pegajosa. Nadie podía creerlo cuando llegó Pawni a la cueva arrastrando una trucha que doblaba su tamaño y peso y que tenía una lanza atravesada entre los ojos; los hombres otra vez se abalanzaron sobre él como cuando dejó de tocar el arpa, y devoraron la trucha como pirañas; en segundos sólo quedó el espinazo.

Nadie le preguntó de dónde había salido tan contundente pescado, sólo comieron y se fueron a dormir. En ese momento, Pawni, se dio cuenta del poder que tenía y trató de congregar a las mujeres y niños para pescar y cazar. Les enseñó a las mujeres la magia del anzuelo con gusanos y a los niños el arte de la velocidad de los conejos y las lanzas.

Días después comprobó con orgullo que las mujeres pescaban por montones y que los niños, jugando, habían cazado docenas de conejos y hasta un venado. Comenzó entonces a pensar en mejores formas de aprovechar la caverna, el bosque y el río; ideó la futura construcción de una barca, una casa vigía en un árbol; concibió la rueda y el transporte terrestre.

Al poco tiempo era él quien llevaba a la tribu y trataba de sacarla adelante, seguido fielmente por todos los otros niños y algunas mujeres. Los hombres, reacios y flojos, sólo esperaban la cena, amodorrados en la oscuridad de la cueva, quejándose de las pegajosas moscas y absorbidos en su fetidez.



Waylash nunca regresó, nadie supo lo que le sucedió, excepto Pawni, quien por esas épocas notó la desesperación, sufrimiento y cansancio que debió tener su tío y también cobijó el deseo de irse muy lejos y no regresar..., pero no lo haría todavía; su misión estaba aún entre los suyos.

JC Magot 2003

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sábado, junio 07, 2003

Nicolás y el Instituto de Unión con la Nada - Historia paralela a “La casa de los espíritus" de Isabel Allende

...Nicolás llegó a Norteamérica una cálida noche de viernes; no llevaba ni un pelo en todo el cuerpo, ni el tan usado taparrabos, ni una mínima expresión de vergüenza; al salir y saludar por la escotilla del avión, sólo llevaba puesto un poncho naranja de algodón y un par de sandalias negras de los Andes.

En el aeropuerto lo esperaban un grupo de seguidores internacionales de Om agarrados de las manos, vistiendo pantaloncillos indecentes y caminado apaciblemente ante la exasperación del público local. Nicolás no llevó equipaje, todo lo había donado para la Comunidad Indígena de la Sierra, excepto sus zapatillas de atleta, que fueron a parar en los pies de uno de los carabineros que lo cuido mientras estuvo detenido.

Al transitar por el aeropuerto de Los Angeles llamaron la atención de todos los viajeros al tomarse de las manos, entonar cantos gregorianos y agitar fuertemente un enorme letrero que fomentaba la unión con la nada. Caminaron mucho por la ciudad californiana hasta llegar a una casa cercana a la playa; Nicolás no perdió el tiempo y comenzó a predicar apenas llegó; sus sermones en inglés dieron frutos más rápido de lo que él mismo se imaginó: al mes ya tenía más de cincuenta inscritos, todos pelados, en pelotas y agarrados de las manos.

Organizó eventos deportivos ingeniosos y barbacoas vegetarianas que causaron sensación entre los americanos; pronto, los gringos corrían saltando por el jardín, jugaban al tenis con las manos, al ping pong en la mesa redonda del comedor, al fútbol en la sala y a las piruetas en las camas. La gran casa californiana se convirtió en un jolgorio de prédica; compró un búfalo, lo pintó de azul, rojo y blanco, teniendo especial cuidado en las estrellitas y lo liberó en medio de ciudad; terminó haciendo declaraciones al zoológico local y a la Sociedad Protectora de Animales. Poco a poco la casa se fue ampliando, decorando y sobre poblando hasta que tuvieron que comprar la casa vecina, una que albergaba réplicas de estatuas griegas desabrigadas y una piscina celestial en forma de baños romanos.

Nicolás construyó, en la sección oriental de la alberca, un majestuoso altar blanco de mármol; y sus seguidores tallaron, junto al retablo, una enorme estatua de su maestro desnudo con los brazos en cruz y con los miembros exagerados en señal de poder, tal como lo habían visto el día de la revolución frente al Congreso. Pronto, el mentor daba sermones desde su nuevo altar, vestido con un poncho blanco, lentes oscuros y tatuajes por todo el cuerpo, a todos los integrantes de su secta que desnudos, rezaban salmos en la piscina romana.

El guía decidió un día apagar la bomba del agua del estanque y en una semana éste se llenó de una viscosidad y espesor que originó una filmina negra en la superficie del agua, algas en el fondo y hongos marinos en las orillas. Los defensores de la nada podían pasar todo el día adorando a Om y a Nicolás en el agua negra, con el cuerpo arrugado, tiritando de frío y contaminándose. Se bañaban y lavaban unos a otros con la porquería, refregándose las algas y los hongos en las axilas, las espaldas y las manos.

Meses después la mayoría de integrantes tenían unas ronchas rojas tan grandes que cubrían sus blancos cuerpos de pies a cabeza, y no se cansaban de rascarse el cuello, la espalda, la barriga, las piernas y las bolas. Pronto Nicolás se dio cuenta de la evolución del Instituto y le cambió de nombre a IDUNEA: Instituto de Unión con la Nada y el Agua. Comenzaron entonces las adoraciones al líquido universal, principal fuente de vida de la que había provisto Om para el ser humano y a la cual le debían la vida y existencia.

En los años que siguieron, Nicolás se enfrascó en una investigación científica sobre las propiedades elementales y curativas del agua, tal como lo había visto en el Ganges y el Río Sagrado; se entusiasmó con la idea de sanar enfermos con el agua bendita de su piscina contaminada y preparó una pócima con todo lo que pudo; le vació todos los elementos y minerales que recomendaban los chamanes andinos e hindúes es sus libros; le esparció aceptil rojo, tierra naranja de Arizona, vino español, maca andina, orina de búfalo y huevos de codorniz. Después de días de mezclas, el espeso aguaje comenzó a tomar forma y quedó listo para recibir sus ansiosas visitas.

Se formaron colas de enfermos por toda la lujosa avenida de Beverly Hills y hasta una prestigiosa cadena de televisión lo entrevistó en directo, bañándose salomónicamente en su piscina de agua marrón; en dos días se formó un escándalo tal que Nicolás tuvo que contratar seguridad privada para custodiar a los enfermos e implantar un sistema de vigilancia al ingreso de la mansión.

Llegaron pacientes infectados y sanos de todas partes de los Estados Unidos y del mundo, para mejorarse bajo las manos salvadores del Hijo de Om; algunos se curaron milagrosamente, algunos no, pero después de dos años Nicolás había acumulado más de tres mil acusaciones por estafa y perjuicios que lo recluyeron en la clandestinidad y lo convirtieron en el hombre más buscado por la policía de los cincuenta estados y la Interpol; su rostro apareció en los cartones de leche, jugos de naranja y cereales de bebés de todo el continente; tuvo que dejar la ciudad de los ricos y famosos y salir por la puerta falsa mexicana, desnudo, pero con un gran maletín de dinero.

Durante ese tiempo, Nicolás sólo mantenía comunicación con su hermana Blanca y se enteraba de la situación en su país por la televisión. Fue ella quién lo recibió en aeropuerto, y no los fanáticos adoradores de la nada. Llegó bien vestido, con el pelo largo y rubio, lentes falsos a la medida y bajo el nombre de Peter Cash; al principio, su hermana no lo reconoció pero luego lo llenó de besos y abrazos.

El Hijo de la Nada vivió mucho tiempo más, inmerso en la furtividad, con una fortuna acumulada que no pudo disfrutar y recluido en una de las habitaciones laberínticas construidas por su madre en la parte trasera de la gran casa de la esquina. Desde ese momento su hermana se encargó de su cuidado y manutención, tal como hacía con su vecino de celda, Pedro García Tercero.


JC Magot 2003

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domingo, mayo 18, 2003

Pasqua MMIII: Suiza (2da parte)

Agotado de tanto caminar por Roma, decidí revisar mi correo electrónico. Observé, con interés, un correo nocturno de mi madre comentándome que había entablado conversación con su querida tía Elsa desde la lejana Suiza, y me dejaba notar que ella estaba muy entusiasmada en una visita mía. Al día siguiente me comuniqué con ella y su esposo quienes me invitaron gustosamente a pasar unos días en su casa.

El ofrecimiento no fue muy fácil de concretar, primero porque el portador de un pasaporte peruano necesita obligatoriamente un permiso oficial para entrar al exclusivo y aislado terruño suizo; y segundo, porque el pueblo donde viven mis parientes es uno muy pequeño, desconocido y de difícil acceso.

El primero de los problemas se debió principalmente a la falta de información de las embajadas peruana y suiza en Roma, dado que gracias a la residencia española yo no necesitaba el visado suizo; algo que me confirmó, después de varias visitas a las embajadas, una atenta trabajadora de la embajada suiza.

El segundo problema lo resolvió el tío Peter, quien, muy amablemente, decidió conducir ida y vuelta desde Losone a Milán para recogerme desde la estación milanesa de Garibaldi.


Trayecto
La madrugada del sábado abandoné silenciosamente el Youth Station Hostel de Roma, despidiéndome muy afectuosamente de la simpática recepcionista y tomé rumbo, vía metro, a la Estación Tiburtina, dónde el bus ya me estaba esperando.

Sin darme cuenta dormí mucho en el camino, y cuando abrí los ojos fue para capturar el arribo a Siena. Desde el vehículo noté que ésta es una ciudad muy bonita pero descuidada. Estuve más de dos horas en el terminal, parado inmóvil mirando un antiguo, enrejado y horadado reloj, a la espera del bus con dirección Milán. Fue una gran pena y molestia que la estación y sus servicios estén tan descuidados y no operativos, en especial la consigna de maletas.

Llegué a Milán en la tarde del sábado y me recibió el tío Peter en la puerta del bus agitando una enorme fotografía de mi adolescencia. Inmediatamente nos saludamos, descansamos varios minutos y partimos rumbo a Losone.

El largo viaje en automóvil fue ameno, aunque algo frío y callado. Lo inesperado sucedió en la frontera suizo-italiana, dado que la cruzamos sin siquiera bajar la velocidad del vehículo, dejando a mi sudado pasaporte peruano y privilegiada tarjeta española sin el veredicto y sello suizo.


Losone
La tía Elsa y el tío Peter viven en un pueblo alpino llamado Losone, perteneciente a la Toscana suiza. Cerca de ellos, también se encuentra la placentera ciudad de Ascona, frente a la pintura que crea la combinación del Lago Maggiore y los Alpes Suizos.

La acogedora casa de la tía Elsa es una muy rústica y clásica, reconstruida sobre la base de lo que antiguamente era un gran establo campesino que albergaba numerosos animales. Es en sí, una fantástica casa de piedra “a dos aguas”, con un tejado de madera y dos pisos separados por colosales maderas, conectados por una rústica escalera externa.

La sublime vivienda alpina ha sido adaptada al nuevo siglo y cuenta, en medio de la campiña alpina, con todas las comodidades que podrían existir en un hogar de una cosmopolita ciudad, incluyendo internet de alta velocidad. La cómoda habitación en la cual descansé dos noches es una ubicada en un escondido primer piso y donde, hace más de cien años, dormían, comían y mugían vacas europeas.


Recibimiento
Llegamos a Losone como a las ocho de la tarde, y la tía Elsa nos recibió muy afectuosamente, junto con un “Fondue”, cena típica de pueblos alpinos.

Tal como su nombre lo dice, el “Fondue” es una especie de queso líquido que se sirve en un tazón hirviendo y que se conserva caliente gracias a la flama de un mechero; el alimento se ingiere remojando pedazos de pan en el derretido lácteo y mezclándolos con pimienta y distintas salsas conexas.

Mientras cenábamos, en medio de la pascua y los Alpes, charlábamos sobre la familia, los recuerdos, política y el Perú. Un problema inicial, fácilmente solucionado, fue que el idioma, dado que la tía Elsa sólo habla español y alemán, el tío Peter inglés y alemán y yo español e inglés, por lo que no había un lenguaje común entre los tres. En esa cena festiva interactuamos mucho, y cada uno debió exponer su punto en dos idiomas para incrementar la claridad en la comunicación.

La tía Elsa me contó de épocas pasadas y su vida en Lima, así como también los recuerdos de la visita de mi madre, hace más de treinta años, la cuál llegó a Suiza en “auto-stop” desde Madrid, abrigada por un poncho, una ligera minifalda y un par de botas y cargando sólo una pequeña mochila. Me transmitió también su gran preocupación por el Perú y su lejana familia. El tío Peter me mostró costumbres suizas, distintas experiencias en Europa y su afán por los perros, en especial Bodo, su querido y muy amado can.

Yo relaté mi odisea hasta llegar a Milán, los avances y novedades del Perú, las nuevas incorporaciones familiares mis experiencias en USA y mi vida en Madrid.

Después del la exquisita cena, ya muy tarde, nos quedamos jugando con Bodo, probando distintas clases de queso, viendo fotos y charlando un buen rato hasta que el cansancio italiano terminó por llevarme dormitando a mi cama. Al llegar a mi habitación, encontré en la mesa de noche una bolsa con 700 gramos de apetecibles chocolates suizos, los cuales no terminé de ingerir hasta unos días después de mi retorno a Madrid.


Alpes
La madrugada siguiente fui despertado por el tío Peter, llamándome para tomar el desayuno y partir rumbo a la cima de los cerros. Inmediatamente me duché y vestí ligeramente, incluyendo mis grandes botas de “trekking” y un cómodo pantalón.

El tío Peter condujo su automóvil hasta una zona del bosque muy pintoresca dónde se encontraban muchas familias y niños de picnic. Desde ese punto, el tío, Bodo y yo, comenzamos a caminar entre los bosques de pinos y castañas, escalando, sin darnos cuenta, los montes alpinos.

Poco a poco, el terreno se fue volcando pedroso, pero los árboles no nos abandonaban. Pasamos por una zona muy extraña, en dónde muchos árboles pierden su independencia silvestre y se acomodan, uno junto al otro, formando un círculo perfecto alrededor de una llana explanada.

Nos acercamos al centro de la circunferencia y percibimos un fuerte olor a quemado, junto con muchas piedras y cenizas. El tío Peter me contó míticas leyendas de rituales desarrollados en ese peculiar paraje.

Desde la cima del primer monte escalado, la vista es fascinante. Se puede contemplar, a lo lejos, una blanca y limpia barcaza navegando serenamente por el lago. Las bellas montañas verdes sostienen al azul embalse, que se mezcla con la vegetación y las rústicas cabañas suizas, creando una imagen clásica de Suiza, la cual ha sido plasmada innumerables veces por niños en dibujos escolares.

Continuamos nuestra marcha al segundo monte y nos encontramos muchas figuras abstractas hechas de piedra. En un primer momento pensé que estábamos en un cementerio, pero descubrí que sólo eran figuras hechas por moradores locales. En ese momento, seleccioné grandes piedras y traté de construir una efigie. Después de quince minutos, el tío y yo habíamos desarrollado una aceptable construcción sostenida increíblemente por la ley de la gravedad. Le tomé una foto, dado que los vientos la destruirían pronto, y continuamos la escalada.

En el segundo monte se respira un fresco aire que nos despeina y premia por tan memorable hazaña. El panorama es ahora más amplio y puro, mostrándonos frondosos boscajes, enormes casas, alpinas cabañas y blancas mansiones que se mezclan con los verdes pinos, el amplio cielo y las escasas nubes.


Ascona
El tiempo pasó raudamente por lo que tuvimos que bajar hasta el poblado campestre y regresar a Losone, en dónde nos bañamos y cambiamos para el almuerzo en Ascona.

Ascona es un pueblo más grande que Losone, por lo que tiene más comercios, restaurantes y muchedumbre, aparte de un encanto especial, al estar ubicada en las orillas suizas del fastuoso Lago Maggiore.

El auto lo estacionamos en el consultorio de tío Peter, en las afueras del pueblo. Lo más extraño de la construcción médica es el estacionamiento, dado que para aparcar el vehículo es necesario acomodarlo en un elevador inmenso que se encarga de bajarlo a un subterráneo, en dónde sólo hay cabida para cuatro vehículos. Es insólito ver tan gran inversión realizada para tan poco beneficio.

Al salir del garaje, el sol nos alumbra nuevamente, al igual que las flores de los jardines vecinos, lideradas por preciosos tulipanes amarillos que nos guían hasta el malecón asconiano. Es imposible no ver ni fijarse en tan colosales flores, las cuales transmiten mucha felicidad y limpieza.


Malecón
El malecón de Ascona fue una sorpresa muy grata. El paisaje es único, comprendiendo principalmente al Lago Maggiore en su mejor ángulo, perdiéndose en el horizonte. Lo flanquean los Alpes, muy verdes y nevados, con grandes edificaciones clásicas en sus faldas, con muelles en el limpio lago, con blancos yates flotando en el embalse.

Caminar por el malecón es perderse por horas entre el limpio viento, la tranquila multitud y las ilusiones ópticas. Me senté un momento en una banca, mojándome del lago, cegándome del viento, quemándome por el sol, pero sintiendo la belleza cerca de mí.

Me interrumpió un travieso mimo que jugaba con la gente y los niños. El mimo no pedía limosna, sólo se divertía y entretenía a los demás. Jugaba con paraguas, sogas, disfraces y parodias. La gente lo alentaba y se distraía con él.


Restaurante
Entramos al restaurante con Bodo en brazos y luego lo colocamos debajo de nuestra mesa. Ordenamos pasta y conversamos sobre Suiza y la Unión Europea. Por supuesto que yo me coloqué en la ventana junto a la vista del inspirador lago.

Luego caminamos por el Malecón y las diminutas calles de Ascona, escuchando bandas callejeras de jazz y blues congregar una gran multitud de oyentes. Transitar por Ascona es la irrealidad llevada a la realidad, es una fantasía convertida en verdad, es el mito hecho presencia.

Caminamos de nuevo por la ruta de los tulipanes, hasta el consultorio, hasta Losone, hasta la cabaña de los tíos, hasta mi habitación, hasta mis sueños. Quedé rendido en mi cama pero encantado y agradecido de tan inusitada visita. Por la tarde, después de una siesta, salimos a pasear con Bodo por Losone, tocando las medievales construcciones y observando, por una vez más los esplendorosos Alpes.


Regreso a Milán
Al día siguiente también nos levantamos muy temprano para regresar a Milán. Antes de partir, la tía Elsa me guardó una gran sorpresa. Esta fue un cuadro que pintó mi madre en sus épocas universitarias y se lo obsequió a ella hace mucho tiempo. Lo vi por mucho tiempo y le tomé varias fotos. Luego, el tío Peter me llevó por una carretera inusual, al otro extremo del lago, para poder captar el cuadro desde otro ángulo. Fue un recorrido interesante y bonito.

Milán
Al llegar a Milán, nos despedimos y seguimos nuestro camino. Él regresó a su vida alpina junto a la tía Elsa, y yo me apresuré en guardar mis bultos para conocer las principales atracciones de Milán, antes del regreso a Madrid.

Al recorrer Milano me di cuenta de las pocas atracciones que tiene en comparación de sus archirivales romanos. Visité el Duomo, el Castello Sforza, varias plazas e iglesias.
Duomo
El inconcluso Duomo se levanta al costado de una gran plaza milanesa. La gran iglesia es una muy grande e imponente, pero me decepcionó mucho.

La plaza colindante es una muy grande y amplia, en dónde se congrega una turba muy grande de gente incluyendo mendigos, turistas y vendedores de globos, postales y otros objetos. La gente estaba algo atareada, impaciente y violenta, por lo que me dio un poco de miedo, que me hizo cambiar de sitio mi billetera y guardar mi cámara en su estuche.

El Duomo es en sí una iglesia en plena construcción y en el momento que estuve, toda la fachada estaba cubierta con un lienzo blanco, por lo que era imposible apreciarlo en su plenitud. Di varias vueltas y pude tomar fotos de la talladísima construcción desde la sección posterior. Después entré, y comprobé que la única diferencia con otra iglesia eran los grandes y coloridos vitrales.

Caminé luego por un precioso callejón ubicado muy cerca a la iglesia. En esa callecita existen muchos cafés y comercios enmarcados por una soberbia y tallada arquitectura y un techo espléndido.

Castello Sforza
Después del Duomo, visité varias plazas al azar ubicadas en distintas salidas de las estaciones del metro. Llegué al monasterio de Santa Maria delle Grazie, en dónde se encuentra “La última cena” de Leonardo, pero no me dejaron entrar, pues se necesitaba reserva anticipada. Decidí, entonces, ir al Castillo Sforza.

Al llegar al imponente castillo, observé mucha gente en los alrededores. La mencionada fortaleza es la analogía milanesa del Coliseo Romano, pero muy inferior. La infraestructura del castillo deja mucho que desear, por lo que decidí ingresar a visitar los innumerables museos del interior.

Lo más resaltante de las exposiciones internas fueron las pinturas y estatuas de mármol, incluyendo la “Piedad Inconclusa“ de Miguel Ángel. Esa obra fue una de las últimas obras del genio y pude analizar claramente cómo desarrollaba, magistralmente, sus obras.


Regreso
El autobús partió de Milán a las siete de la tarde, y siguió ruta hacia Turín, en dónde paramos por una hora y pude llamar, entusiasmado, a mi hermano. Continuamos luego por la noche francesa hasta llegar a Barcelona.

Una de las últimas paradas fue en un autoservicio para viajeros en Lleida, construido magistralmente por encima de la carretera. Compré agua y un sándwich, y me instalé por un momento en medio del puente, por encima de la carretera, viendo y contando a los vehículos pasar por debajo de los cristales.

En ese momento percibí al tiempo pasar, a la distancia acercarse, a la inmensidad reducirse y a la vida emerger, representados en un ligera lágrima que endulzó mi bebida. Pronto me llamaron, y me fui.


JC Magot 2003

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lunes, mayo 05, 2003

Pasqua MMIII: Roma

Me acabo de despertar después de dormir 24 horas seguidas, casi en agonía, producto del agotador viaje que hice por Semana Santa. En este momento, más descansado y sentado frente al monitor, me doy cuenta que esta ha sido una de mis mejores experiencias por lo que quería compartirla con ustedes.

Para ésta ocasión, lo que quería era salir de mi rutina, mi saturación y mi monotonía madrileña para inmiscuirme en una aventura diferente, por lo que fue un viaje desorganizado y mal planificado. Al final, el resultado fue una extraordinaria experiencia de la que traje muchos recuerdos y fotografías tangibles e intangibles que llevaré siempre conmigo.

Trayecto
Un famoso y milenario dicho nos anuncia que “todos los caminos conducen hacia Roma”; quizás todavía sea cierto o quizás ya no, pero el camino que decidí tomar rumbo a la capital del Imperio Romano definitivamente no fue ni el más corto, ni el más usado.

Cuando terminé clases, el jueves once de abril, aún no tenía un destino seleccionado por lo que adquirí un boleto flexible de una línea de bus que me permitiría transportarme a cualquier parte de Europa por quince días. Comencé entonces a estudiar las ciudades más interesantes y elegí Roma y Bruselas por el azar de un dado. Inmediatamente hice la reserva para el viaje de ida Madrid-Roma y también para el alojamiento por tres días en un hostal romano para mochileros.

Me presenté, tal como lo señalaba la reserva, el domingo a las 7am en la estación sur de autobuses en Méndez Álvaro y me asignaron el aparcamiento número 59. Al llegar a la puerta de embarque fue mi sorpresa y preocupación lo que me hizo saltar internamente, dado que me encontré con grandes bultos y cientos de gitanos. Comencé a rondar el sitio y tratar de obtener información pero nadie me sabía responder, o nadie me entendía. Dos minutos después pude, aliviado, respirar de nuevo al ver que un autobús con destino a Bucarest se estacionaba en el espacio número 58.

Al abordar el bus a Italia, me di cuenta que no éramos más de veinte personas, por lo que me apuré en reservar el último asiento, el cual une cinco cómodos sillones donde pude dormir varias horas por la noche. En el trayecto y en tantas cortas paradas en diferentes ciudades y pueblos me hice amigo de una marroquí, que viajaba hasta Nápoles a visitar a unos parientes, y de unos franceses que regresaban a Montpellier. Me entretuve bastante en el largo trayecto intercambiando historias peruanas, marroquíes y francesas de todo tipo. En el camino pudimos apreciar desde las ventanas del bus uno de los castillos de Calatayud, la simpleza de Zaragoza, la belleza de Barcelona con su incompleta Sagrada Familia, la noche de Perpignan, el peligro de Montpellier, entre otros.

Italia
La noche y el sueño nos ensombrecieron en Francia y llegamos a la frontera con Italia de madrugada. En ese momento subieron al bus agentes italianos a revisar nuestros pasaportes e hicieron bajar solamente a un africano para un interrogatorio privado, lo cual me sorprendió, dado que yo llevaba un rojo pasaporte peruano. Luego continuamos viaje por Italia y lo primero que me llamó la atención fue ver y atravesar la impresionante autopista italiana.

Esta majestuosa autovía nace en la frontera con Francia y literalmente atraviesa los Alpes Marítimos. Es decir, es una continuación de más de 50 pares de túneles y puentes muy altos y largos que hacen que la autopista sea lineal, perfecta, sin curvas peligrosas, sin baches, sin pendientes, a un mismo nivel, sin rondar los cerros, ni bajar a los valles, y sin preocuparse por la fatídica nueva vista que pueden tener los antiguos y pequeños pueblos de la zona; poblaciones que han sido condenadas a tener entre sus nuevos protagonistas turísticos un puente de hasta varios kilómetros de distancia soportados por enormes y elevadas columnas que unen los dos cerros de su conservador valle. Sin duda, una contundente y magnífica obra de la ingeniería civil moderna.

Al llegar, muy rápidamente, a Génova, cambiamos los verdes montes por explanadas de tierra y verdes arbustos que nos acompañan en nuestro trayecto hacia el sur de la bota. Nuestra siguiente parada es Florencia, ciudad en la cual tomamos desayuno y estiramos las piernas, para luego continuar ruta directa a la ciudad imperial.

Stazione Tiburtina
Llegamos a Roma al mediodía y el bus nos dejó en la estación de buses denominada “Tiburtina”. Fue una pena dejar el bus y las historias, pero en realidad recién comenzaba el viaje. Lo primero que hice al bajar del bus fue, inefectivamente, tratar de reservar el ticket para Bruselas, por lo que quedé condenado a visitar Roma por más días de los “planeado”. Inmediatamente comencé a tratar de comunicarme en “espagliano” e inglés con la gente y pude llegar rápido al albergue ya que quedaba en la “Piazza Bologna”, muy cerca de la estación.

Youth Station Hostel – Rome
El hostal para estudiantes fue inesperadamente muy agradable. Este es un sitio muy dinámico que alberga gente de diversas nacionalidades y por ende distintas culturas. Las chicas italianas que atienden son muy hacendosas, serviciales y muy buenas personas. Tuve la oportunidad de conocer a dos estudiantes inglesas y un ciclista canadiense con quienes salí uno de los días por la noche.

Roma
En los seis días que estuve en Roma pude conocer la ciudad aceptablemente, tratando de no desperdiciar ni un minuto del tiempo que me ofreció la ciudad eterna. Roma es una ciudad polifacética, histórica, monumental, moderna, limpia, sucia, descuidada, extravagante, religiosa, peligrosa y a la vez encantadora.

Si bien la capital italiana tiene mucho que ofrecer a los turistas, la primera impresión de la ciudad no fue muy buena, dado que gran parte de sus sistemas e infraestructuras están deteriorados, desordenados, sucios y sin mantenimiento. Las estaciones de Tiburtina y Términi, el metro, parte de las calles y el desorden vehicular son testigos de esto, lo cual da una impresión de peligro, inseguridad e incluso subdesarrollo.

En Roma hay mucho por ver y, esparcidas por todas partes, existen construcciones milenarias, fuentes, iglesias, plazas (piazzas), puentes, entre otros. Caminé mucho tratando de perderme, no haciendo uso ni del metro, ni del tranvía, ni de mapas, ni de autobuses. En mi deriva por la ciudad encontré muchos sitios interesantes y bonitos, reuní nuevos sentimientos, tomé muchas fotos, conocí gente pintoresca, palpé objetos exóticos, me cansé y me divertí mucho.

Anfiteatro Flavio
Desde pequeño siempre tuve acceso a las culturas romana, griega y egipcia, dado que en casa existían libros muy grandes de éstas civilizaciones, los cuales siempre rondaban mi cuarto y mi cabeza. Por esto, cuando llegué a Roma la ansiedad por visitar las ruinas del imperio, y en especial el Coliseo se hizo muy grande, por lo que éste fue el primer y principal sitio que visité, llegando a rondar a través de él en dos oportunidades.

El Colosseum o Coliseo Romano data del año 64 d.c. y en realidad se llama el Anfiteatro Flavio, apellido impuesto por la dinastía romana que fue la constructora del magnífico escenario. El nombre Colosseum viene de su ubicación, dado que en épocas antiguas se ubicaba al costado de un colosso de bronce con la imagen de Nerón el cual fue derruido cuando cayó su régimen.

En sí, el Coliseo es un estadio monumental con cuatro pisos de tribunas, varios pasadizos interiores, escaleras muy empinadas y cuartos especiales. Si bien ahora está parcialmente derruido por el tiempo, todavía nos deja imaginar cómo era el entretenimiento humano hace dos mil años. Se dice que en sus primeras épocas se realizaban combates entre gladiadores, y diversos animales traídos de distintas zonas del Imperio Romano, incluyendo jirafas, rinocerontes y hasta avestruces, pero fue puesto en desuso cuando la religión católica se apoderó de la civilización, llegando a ser, en su decadencia, un jardín botánico en desuso.

Desde la arena no se puede apreciar la inmensidad de la infraestructura, por lo que es en realidad desde el segundo piso dónde la emoción aflora, sintiendo la majestuosidad de la ovalada edificación. Caminar por ese segundo piso del coliseo es uno de los parajes más emocionantes en dónde haya estado. Si uno deja volar la imaginación, puede retroceder dos mil años y ver a los animales corriendo por su vida, a gladiadores luchando, y a las 50,000 personas del anfiteatro haciendo mucho ruido. Quizás podría haber sido una sensación parecida a la de un estadio de baloncesto de la NBA repleto, pero con mayores proporciones y al descubierto.

Existen en el coliseo muchas partes reconstruidas, pero son únicamente para conservar su estado actual, y no para mejorarlo, dado que la historia es hecha por el paso del tiempo. En estos momentos, lo que en realidad se ve es el cascarón del Coliseo, dado que en tiempos antiguos todo el monumento estaba forrado con mármol, el cual fue robado por los bárbaros y los Barbarini.

Di muchas vueltas por el Coliseo, repitiendo lugares y tratando de aprovechar al máximo mis pasos por esa espléndida construcción.

Foro
Al costado del Colosseum, se encuentran las ruinas del Foro Romano, lo que antiguamente fue el centro de las actividades económicas, comerciales y políticas de la Roma Imperial.

Es una pena ver lo poco que queda de éstas edificaciones, pero igual hay muchas cosas sorprendentes, como la Casa de la Vírgenes y sus bellas estatuas, el Templo de Antonio y Faustina con sus enormes columnas de mármol y los Arcos de Tito y Septimus Severo con innumerables tallados.

Palatino
También al costado del coliseo, está ubicado el Monte Palatino, en dónde Rómulo fundó la ciudad de Roma y dónde han existido muchas edificaciones incluyendo los palacios de los emperadores romanos. El tiempo se ha encargado de dejar muy poco de éstas construcciones, pero igual es muy bonito visitar el monte. El camino a seguir parece el de un parque zoológico sin animales pero con ruinas, el cual termina con la impresionante vista del Circus Maximus, recinto muy grande parecido a un velódromo dónde se hacían muchas competiciones y que ahora es un parque que congrega a deportistas amateurs.

Vittorio Emmanuelle II
Roma es una ciudad en que hay una abrumadora cantidad de monumentos que viven para contar distintas etapas de la historia Italiana. Sin duda, el monumento más sorprendente es el de Vittorio Emmanuelle II, primer rey de la Italia unificada. El monumento a su memoria contiene una fachada muy grande y blanca con muchos detalles, incluyendo columnas, esculturas de animales y personajes, estatuas aladas y hasta un fuegos artificiales que flamean desde la parte inferior. Estuve mucho tiempo tratando de sacar una foto, pero esta construcción es tan grande que es muy difícil hacer una, por lo que tuve que hacerlo por partes.

Este magnífico monumento queda ubicado en una de las plazas más importantes de Roma, la Piazza Venecia.

Piazza Venezia
La plaza central de Roma es una rectangular donde hay mucha bulla y turistas. Esta plaza también es el centro de conjunción de las más importantes autovías romanas: Via del Corso, Via del Foro Imperiale y Via Nazionale, por lo que existe una gran congestión de tráfico generándose, en las horas punta, un caos total. Para amenguar esto, los romanos han edificado, en el medio de la pista que une las tres autovías principales, una columna blanca, ancha y no muy alta en la cual, luciendo unos guantes blancos y lentes oscuros, se exhibe un elegantísimo caravinieri a dirigir el tránsito. Lo más pintoresco de ésta toma es apreciar el arte de la dirección de tránsito que lleva el impecable y dinámico policía, realizando movimientos muy bruscos y suaves casi parecidos a los de un mimo callejero, los cuales son una atracción turística más para el enjambre de fotógrafos japoneses.

Piazza di Spagna
Cerca a la Vía del Corso, queda la Piazza di Spagna, la cual podría considerarse una zona bohémia de Roma junto al Trastevere. La plaza es muy extraña, siendo las innumerables escalinatas un polo de atracción para los turistas y jóvenes, los cuales llevan tambores, flores, licor, vestimentas extravagantes y propician cantos italianos. En si, la plaza vive por medio de la gente que se congrega ahí, más que la propia infraestructura que existe.

Panteón
Perdido e incrustado en el centro de Roma está el impresionante Panteón, la construcción imperial que mejor se conserva (año 27 a.c.), albergando las tumbas de célebres monarcas y artistas italianos incluyendo los populares Vittorio Emanuelle II y Rafael Sanzio.

El Panteón inicialmente fue diseñado y construido como un templo de adoración a los dioses romanos, de dónde se deriva su nombre. Posteriormente, con el dominio del catolicismo, se derribaron los dioses antiguos y el Panteón fue usado como tumbas para célebres personajes.

Esta construcción es muy grande y circular, asemejando a un planetario de más de 50 metros de diámetro. En la cúspide de la media esfera hay un orificio de 8 metros de diámetro por dónde entra el sol, la luna y la lluvia, los cuales no dañan la infraestructura gracias al extraordinario diseño. En si, el Panteón no ofrece mucho más, es sólo un gran salón redondo con tumbas importantes alrededor.

Fontana de Trevi
La Fontana de Trevi, diseñada por Nicoló Salvi, es una fuente muy interesante que se encuentra ajustada entre calles muy pequeñas del centro de Roma. La fuente es un homenaje al océano y tiene muchas esculturas con ese motivo, que flanquean el supuesto mar. Este último es uno muy claro que asemeja a una piscina y en dónde miles de turistas arrojan monedas con la esperanza de regresar a la eterna ciudad.

Moda
Estar en Roma, también significa circular por avenidas y tiendas que lucen lo “último de la moda”, así como cruzarse con gente luciendo atuendos extravagantes.

Un ejemplo de ello es la fotografía que tengo grabada en mi memoria, en la cual se ve la imagen de una muy alta y pálida mujer transitando en el alicaído metro romano. Se le distinguen facciones faciales muy marcadas, cabellos rubios anudados perfectamente en una cola y se le puede observar un atuendo ajustado muy negro que contorneaba su esbelta figura. Si bien se le veía muy atractiva, parecía mantenerse muy oculta, con un olor a misticismo, anonimato y agresividad usando unos lentes de sol sesenteros muy negros y unas botas oscuras muy grandes.

Al transitar viendo las tiendas de importantes diseñadores por la Via del Corso, lo más impresionante fue ver cómo las tiendas promocionan su ropaje a los transeúntes. Al observar esos extraños paneles, en un principio dan la impresión de estar en un desorden total, como si recién los estuvieran ordenando, pero luego de unos diez segundos de ver la escena y captar la idea, uno se da cuenta que han sido ordenados de una manera muy armónica y artística, siendo una manera muy original, desordenadamente ordenada, de arreglar las cosas.

Pizza y tortas
Si bien la cocina italiana es reconocida por varios tipos específicos de pasta, la comida que me encasillé en probar fueron distintos tipos de pizzas, helados y tortas. Gran parte de mi presupuesto fue destinado a probar éstos comestibles en diferentes establecimientos por toda la ciudad, encontrando muy diferentes sabores, como por ejemplo, el del fast-food “Spizzico” y su copia de Pizza Hut, o la del ambulante cercano al Coliseo y su extraordinaria cantidad de queso, hasta la elegante pizza servida en un restaurante casi abandonado por la gente en una muy pequeña calle del Trastevere. Mis preferidas fueron, sin duda, las hechas a mano y dobladas en seis por un cordial cocinero del pequeño bar arrinconado en la estación de metro “Colosseum”.

Con respecto a los postres, los helados no fueron más de lo esperado, quizás por la alta y exacta difusión que tienen alrededor del mundo. Lo que me llamó la atención fueron los adictivos postres de frutas, en especial uno extraordinario que sirven en el Spizzico y que debe ser, de lejos, su mayor factor crítico de éxito.

Vaticano
Llegué al Vaticano sin darme cuenta, como a las 5pm del jueves, cuando estaba dando vueltas entre el Trastevere y los soberbios puentes sobre el Tíber.

La Plaza del Vaticano es muy grande y transmite una inmensidad única. Es en sí una plaza elíptica con un gran obelisco egipcio en el medio y dos fuentes a sus lados. Existe una estructura muy grande que ronda la plaza, la cual es soportada por enormes columnas, albergando estatuas muy finas de mármol que resucitan personajes bíblicos.

En ese momento me pude percatar que había mucha gente esperando poder entrar a una prestigiosa ceremonia que se celebraría ese día. Pregunté a los turistas y policías, pero me indicaron que se necesitaba un boleto verde para poder ingresar, por lo que me resigné a estar sentado un momento y dar muchas vueltas por la plaza. Luego, enrumbé hacia la derecha, llegando a una zona dónde se vendían artesanías de todo tipo. Di una mirada, descansé un buen rato y decidí regresar al Vaticano antes de volver al refugio. Mi sorpresa y suerte se extrañaron al encontrar la plaza vacía de gente y de caravinieris, por lo que caminé hasta la puerta de la Basílica de San Pedro. En la portada, me encontré con varios policías que me recomendaron remover mi chompa de la cintura antes de entrar al recinto, por lo que tuve que hacer ese incómodo sacrificio para poder ingresar.

Basílica de San Pedro
Cuando entré a la tan colosal iglesia se estaba realizando una ceremonia de Semana Santa presidida por el Papa Giovanni Paulo II y pude percibir el mismo misticismo, tradición, aburrimiento y perfume de señora que se respira en la mayoría de iglesias que he visitado. Había mucha gente, pero no tanta como para no poder dar vueltas cómodamente. Caminé mucho por los recintos laterales de la iglesia observando las maravillosas obras artísticas existentes.

En la zona central, descubrí muchas cámaras de televisión que tapaban la visión, induciéndome a buscar un rincón para poder observar cómodamente al blanco personaje. Con dinamismo y un poco de suerte pude encontrar un grupo de monjas muy bajitas desde dónde pude captar nítidamente imágenes de la ceremonia y tomar muchas fotos de la escena. Minutos después seguí dando vueltas por el ala izquierda, visitando algunas tumbas de papas, cuadros, estatuillas y grandes monumentos de santos y personajes papales y bíblicos. Un problema fue que el ala derecha de la Basílica estaba cerrada, por lo que al final me acomodé en el sector sur, junto al borde del camino central, siguiendo el sermón papal y las canciones en un inentendible latín.

Al término de la larga ceremonia el pequeño, blanco, encorvado y popular personaje salió ovacionado junto a la Armada Suiza por el camino central, por lo que pude observar de cerca su paso y tomar algunas fotos.

La mañana siguiente decidí regresar a la Basílica y visitar las áreas que faltaban, lo que incluía la fenomenal “Piedad” de Miguel Ángel, la Capilla de San Sebastián y otras estructuras. Después enrumbé a conocer las otras atracciones turísticas que ofrece ésta diminuta ciudad, las cuales están ubicadas muy cerca de ese escenario.

Museo del Vaticano
El museo nos da acceso a los Palacios del Vaticano y a la Capella Sistina, los cuales son muy interesantes e impresionantemente bien hechos y diseñados por genios de la talla de Miguel Ángel y Rafael. Al recorrer los palacios, Rafael se lleva todos los laureles por sus increíbles escenas murales y pinturas, que nos hacen reconstruir escenas específicas como un incendio en el año 847d.c. Lo único que faltó de éste recorrido es tiempo para poder apreciar bien cada una de ellas.

Capella Sistina
La Capilla Sistina a primera vista parece un antiguo salón grande de teatro colegial con piso de parquet y gran amplitud; hasta que uno observa el techo y los altos muros, y descubre el colorido de las escenas. Ha habido mucha polémica por la nueva restauración de los murales de la capilla, dado que ahora tiene colores mucho más fuertes y resaltantes que hace algunos años, pero a mí me parece que ha quedado muy bien, tan coloridas y llamativas como fueron originalmente, casi pareciendo animaciones hechas por artistas de revistas animadas japonesas. Los murales más impactantes son “La creación de Adán” y “La creación de Eva”, que transmiten mucha belleza y perfección, así como también un gran dolor de cuello y un mareo espectacular.

Seguí recorriendo el vaticano para luego regresar y recorrer por última vez el centro de Roma, la Piazza Venecia, la del Popoli, la Navona, y muchas más hasta muy tarde, antes de partir para Milán y Suiza que fueron mis nuevos rumbos.


Conocer Roma fue un retroceso al pasado e implicó analizar el origen de muchos ritos, creencias y culturas que han impactado al mundo actual y aportado mucho a la humanidad. Esta civilización, por más descuidada que esté, sigue siendo una de las ciudades más vanguardistas del mundo y debería ser un destino obligado para cualquier ser humano.

De Roma no traje souvenirs ni del vaticano ni del coliseo. De Roma traje un libro italiano muy antiguo y bonito llamado “Laberinto d’amore”, dos anillos, polos animados, un disco de “Italia Inverno 2003” y un pedacito de mármol del foro romano que encontré varado en el camino. Trataré de conservar por lo menos uno, y así recordar esas mil vivencias de esos magníficos días de movimiento pero de mucha tranquilidad que pasé en Italia.

Buscando en mi cabeza por algún recuerdo, me doy cuenta que todavía tengo una imagen muy nítida de un almuerzo en el Barrio del Trastevere, el día anterior a dejar Roma; escena en la que estoy sentado en ese restaurante abandonado de gente, con una pizza en mi mesa, viendo a esporádicos seres pasar por una angosta calle, y escuchando a lo lejos a Carmen Consoli y su “L’eccezione”, transmitiendo una nostalgia, libertad y felicidad enorme. Ojalá permanezca con esa nitidez y no se desvanezca muy pronto.


JC Magot 2003

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jueves, febrero 13, 2003

Laberinto

La biblioteca de la casa dónde nací me pareció, de niño, un monstruo sin piernas; una especie de barrera impenetrable que sólo los “grandes” podían acceder, pero no me inquietaba, me limitaba a las lecturas nocturnas de cuentos infantiles que mi madre y mi ama tanto se esmeraban en transmitirme. En mi niñez no existía ningún laberinto, sólo incertidumbre sin importancia, la inocencia se apoderaba de mí y vivía muy contento y tranquilo.

Pero poco a poco lo descubrí sin darme cuenta: llegaban regalos de cumpleaños o dibujos atrayentes que comenzaron a crear un cálido camino entre dos muros de grandes piedras grisáceas, con tres o cuatro puertas que abría cada vez que quería perderme con el tío Tom, Tom Sawyer, Huckleberry Finn y sus fantásticas aventuras. Más tarde, con la llegada de mi adolescencia, mi feliz vida en la pradera cercana a la cabaña del tío Tom adquirió una tercera dimensión.

El laberinto entonces se volvió dinámico: brotaron largos pasadizos de piedra con innumerables entradas, callejones sin salida, callejuelas peligrosas y distintos tipos de puertas; surgieron fuertes vientos, lluvia, rayos y truenos; se construyeron velozmente grandes y pequeñas ventanas sin cortinas que se abrían y cerraban con energía; se vislumbraban sombras en los muros y en los adoquines del pavimento; nacieron enredaderas que empezaron a conquistar las paredes; la luz casi no existía y el miedo asomaba; el laberinto comenzó a tener una magnitud que me transportaba a una dimensión casi desconocida, que sólo mis sueños y ensueños podían absorber.

El tiempo se encargó de que abriera muchas puertas al azar en busca de sabiduría y aventuras, pero es exiguo lo que encontré. Poco a poco todos recorremos ese desordenado laberinto corriendo, exhalando, preocupados y nos topamos con la indignación de un callejón sin salida, la desesperación de ventanas muy cerradas, la angustia de callejones oscuros, otros en los que nunca hubiéramos querido estar, nos transportamos a lejanos laberintos, encontramos gente, dialogamos, charlamos, discutimos, lloramos.

En esa época una mágica puerta de madera blanca apareció atrás de mis sollozos, al final de un callejón sin salida, entre las enredaderas, ovalada como un espejo de hadas y con una gran cerradura de oro en el medio. Al abrirla me absorbió con fuerza, como una ventanilla de avión abierta en pleno vuelo, y me transportó a un pueblo habitado por ilusorios seres de ojos plateados que se hacían llamar Buendía.

A mi regreso quedé extasiado de tanta belleza y vagué sin rumbo por el laberinto y busqué arduamente por una puerta similar. Vi entonces puertas de acero macizo muy grandes, como elevadores, y gente con picos y palas tratando de penetrarlas; al centro había otra hecha de magnetita, con fuerza propia y que atraía a gente negativa y no pude ver bien pues había un tumulto de personas adheridas al metal. Lloré mucho por mi positivismo y por no poder acercarme nunca a la puerta imantada, seguí rumbo a la izquierda y entré a la siguiente embocadura. Me sorprendí al ver seres muy rápidos que salían de una puerta y entraban en otra. Caminé despacio e ingresé a la primera ventana que pude. Me di cuenta entonces que las ventanas no tenían riqueza interior y solo proporcionaban herramientas auxiliares: gente hablando otro idioma, miles de letras y números sin sentido, sin personajes, sin actores, sin trama, sin contenido: decidí fielmente no entrar a ninguna ventana durante más de media hora, salí y seguí el laberinto sin rumbo alguno.

Entré por muchas puertas, muy distintas, corroídas, de distinta índole, que me trasladaron a varios sitios lejanos, cercanos, oscuros, claros: viajé desde Tatooine hasta el centro de la tierra, desde la medieval York y un café parisino hasta la humedad bonaerense, desde la pradera alpina hasta la tundra andina, desde el profundo amor hasta el odio más trastornado, desde la grandiosa felicidad hasta la miserable tristeza; conocí desde grandes orcas y ballenas hasta nobles magos, desde mágicos canes hasta superhombres.

Entonces, sentado con frío y miedo en una oscura esquina, me di cuenta de que el laberinto había crecido demasiado pero también de que por fin había aprendido a identificar y entender a las puertas, a reconocer los pasajes y determinar a dónde entrar y a dónde no. Llegó un momento en que el laberinto dejó de ser un laberinto, conocía todos sus rincones, lo recorrí varias veces, lo depuré, sabía por dónde entrar, por dónde salir. El laberinto se convirtió en mi hogar y ya no lo veía con preocupación sino con gusto y conocimiento: fue en ese momento cuando la tormenta y lluvia se detuvieron, las nubes dejaron que el sol aparezca y las enredaderas cambiaron sus púas por flores.

La feliz vida en el laberinto tuvo esplendor durante muchos años pero llegó un tiempo en que el tránsito se hizo lento y pesado y noté que comenzaba a evolucionar rápidamente: todos los pasadizos, todas las puertas, todos los corredores se transpusieron uno tras otro y formaron un largo sendero.


El camino parecía no tener fin pero se divisaba una poderosa luz en el horizonte. Vagué lentamente por la senda, miré y admiré cada una de las puertas existentes, esa vez estaban muy claras, limpias y alumbradas; el laberinto había cambiado: ahora parecía un transparente camino de Oz que cada vez se iluminaba más. Demoré mucho tiempo en transitarlo y para cuando llegué al final, la luz me cegó y el laberinto desapareció.

JC Magot 2003

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viernes, enero 10, 2003

Liverpool

Acabo de regresar de Inglaterra, luego de visitar muchas ciudades, lugares, paisajes y castillos, pero una de mis mejores experiencias fue el demencial viaje a Liverpool, cuna de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, apodados como The Beatles.

The Beatles es mi banda favorita y toda su parafernalia siempre me ha llamado la atención desde que tengo uso de razón. Inclusive, su música ya sonaba por mis pequeños oídos cuando estaba en el útero de mi mamá. También, toda mi niñez fue inundada por los sonidos de los primeros discos del cuarteto, y recuerdo claramente imágenes de mi adolescencia volteando la cinta del Sgt Peppers para escuchar los supuestos mensajes ocultos que deberíamos encontrar al tocar la cinta a la inversa.

Por eso, cuando decidí pisar tierras británicas de nuevo, fui decidido a explorar la ciudad dónde esos sonidos y creatividad se originaron, por lo que insistí a mis primos que me acompañen al puerto de Liverpool.

Salida
Me quedé a dormir en la casa de uno de ellos, al sur de Londres, dado que el tren salía de la estación de Gatwick a las cinco de la madrugada y se demoraría cuatro horas en llegar a su destino.

Los despertadores sonaron alrededor de las cuatro, por lo que nos levantamos apresuradamente, nos aseamos, y nos dirigimos a la estación, donde nos reunimos con mi prima y comenzamos a charlar sobre la aventura que se avecinaba. Teníamos todo listo para la partida, pero tuvimos que esperar al tren, que partió aproximadamente media hora tarde. En mi viaje al Reino Unido, esto fue un común denominador en los trenes regionales de Inglaterra, por lo que la frase “hora inglesa, hora exacta” parece ser ya un refrán de épocas antiguas. Lo más hilarante es que por los parlantes del tren vociferan las razones de las demoras, las cuales cada vez son más cómicas, como por ejemplo: “estamos esperando al chofer del tren”.

Camino al Liverpool
Al pasar por la primera estación, Reading, nos indicaron que el tren estaba fallando por culpa de los frenos, por lo que el tren sólo iría hasta Birmingham. Esto causó molestar en todo el público dado que ya teníamos tardanza suficiente. Inmediatamente fuimos a hablar con la autoridad respectiva para ver qué era lo que debíamos hacer, qué alternativas teníamos y en todo caso planear una nueva ruta hasta nuestro destino. Para empeorar las cosas, gran sorpresa nos llevamos cuando nos aproximábamos a Birmingham dado que pudimos observar por las ventanas que la nieve caía como algodón y emblanquecía la oscura ciudad. Estuvimos en la estación de trenes de Birmingham, congelándonos, un buen rato hasta que pudimos tomar otro tren con dirección a Liverpool.

Liverpool
Llegamos al puerto de Liverpool a las 11:30 de la mañana e inmediatamente comenzamos a tratar de orientarnos, buscando y preguntando hasta llegar al centro de atención para los turistas, en donde una señora muy amable nos dio un mapa de la ciudad y todos los sitios de interés “beatle”. En ese momento hicimos reservaciones para la Magical Mystery Tour, que comenzaba a las dos de la tarde.
Liverpool es una ciudad muy diferente al puerto negro, oscuro y peligroso narrado en los libros de Los Beatles. En realidad es una ciudad muy inglesa, clásica y con muchos lugares de interés, inclusive está postulando para ser la Capital Europea de la Cultura en el año 2008, y los locales están convencidos que ganarán.

Mathew St.
El primer sitio que visitamos fue la Calle Mathew, en el centro de la ciudad, y en donde hay varios pubs, bares, restaurantes y tiendas. La calle es una muy estrecha y en el cielo un aviso anuncia, entre extremos: “Aquí nacieron Los Beatles”. A la derecha hay tiendas de artefactos Beatles que incluyen los propios discos, guitarras, tazas, y todo lo necesario para tener una casa completamente decorada con el cuarteto. Miramos un rato y luego salimos sin comprar nada, dado que la única P que estaba mal planificada era la del precio.

Seguimos por la calle y llegamos al pub The Cavern - considerado como el más popular del mundo y en dónde los Beatles tocaron 292 veces a un reducido grupo de personas - pero estaba cerrado, por lo que decidimos regresar más tarde.

Al otro lado de la calle se puede observar una estatua muy grande de John Lennon, que está perfectamente acondicionada para que los turistas se tomen fotos. También, se puede apreciar que los ladrillos de esta zona contienen nombres de diversas bandas, incluyendo a The Rolling Stones, Queen, entre otros. Al voltear la mirada observamos que a un par de metros había muchos emblemas y círculos mostrando todas las canciones que han alcanzado el número uno en la ciudad. Estuvimos leyendo y imaginando un buen rato hasta que decidimos ir hacia la orilla del rio Mersey, cerca al Albert Dock antes de tomar la Magical Mystery Tour.

Yellow Submarine
En el camino al oeste nos topamos con un gran submarino amarillo que yace varado en medio del césped. A su costado una autopista emite mucho ruido y pasa casi inadvertente a tan colosal monumento. Es increíble ver un homenaje a una canción en medio de una ciudad, y sobretodo uno tan grande, colorido, pomposo y totalmente diferente a toda la arquitectura y matiz de la ciudad, pero claro, esto es Liverpool, la ciudad “beatle”.

Albert Dock
Llegamos al Albert Dock como a la una de la tarde y pudimos observar al Rio Mersey en su plenitud. El rio, que desemboca en el Atlántico, deambula lenta y turbiamente al ras del malecón pareciendo una gran acequia a punto de rebalsarse. Este paisaje, junto con el frío viento del amplio y lluvioso malecón bien pudo servir como aliciente para que unos muchachos de puerto aguitarrados compongan canciones muy comunicativas que llegan a tocar el alma.

Estuvimos por este paraje por casi dos horas, caminando entre muelles, puertos, barcos, veleros, y estanques hasta que llegamos al embalse principal en la costa de Liverpool. Este es uno rectangular, que parece ser una piscina enorme de agua oscura, rodeada por enormes edificios marrones y que alberga una isla verde en el interior con forma exacta de las islas británicas. Recorrimos los cuatro lados del rectángulo y observamos museos, cafés, bares, restaurantes y diferentes establecimientos comerciales. Entramos en algunos y seguimos caminando. Transitar al lado del Mersey puede ser una experiencia muy similar a escuchar esas melancólicas canciones como “A Day in the Life” o “The Fool on the Hill”. El puerto de Liverpool es una experiencia única.
Magical Mystery Tour
Tomamos el Magical Mystery Tour desde el centro de Liverpool. Este tour consiste en una visita guiada por los sitios más memorables de Los Beatles en Liverpool a bordo del excéntrico bus sesentero con el cual se filmó la película Magical Mystery Tour; y guiados por un baterista amigo de los cuatro músicos. Tratamos de conseguir los mejores asientos, dado que el acento del guía y en general de la gente de Liverpool es muy extraño y, a veces, algo difícil de captar.

En el bus nos encontramos con gente de diversas nacionalidades incluyendo asiáticos, europeos y latinos; todos unidos en un bus muy extravagante, tratando de conocernos, escuchando canciones muy conocidas por todos y buscando aprender un poco más sobre éste fenómeno musical.

Recorrer Liverpool no es muy diferente a recorrer cualquier otra ciudad inglesa. Es decir, las construcciones y el ambiente son muy británicos: se pueden observar las calles oscurecidas por las nubes, las vías mojadas por la lluvia, el humo de la boca, los abrigos, las panaderías oliendo a canela, el verdor de los parques y el gris de las construcciones.

Esta vista es seguramente la misma desde hace 40 años, por lo que nuestro guía trata de recrear en nosotros los acontecimientos más importantes de aquellas épocas y la huella dejada por éstos seres tan controversiables como comunicativos.

Penny Lane
Después de pasar por la alcaldía, en dónde los cuatro fueron recibidos y homenajeados luego del retorno de EEUU, llegamos a la Avenida Penny Lane, popularizada por la canción del mismo nombre. La sinuosa avenida tiene una pendiente muy particular y es una de las calles más comerciales de la ciudad. Es en sí, una vía recta por partes con automóviles aparcados en ambos lados, con muchos comercios en el primer piso y departamentos en el segundo. Siguiendo la letra de la canción, se pueden apreciar todavía la barbería, el hospital y la rotonda tal cual lo vio Paul McCartney en los sesentas. Nos bajamos un momento del bus y caminamos por la calle siguiendo la explicación y ruta del líder.

Casas
Visitamos por fuera las casas y lugares de nacimiento de John, Paul, George y Ringo, y también de personajes adjuntos como Brian Epstein, Pete Best y Stu Suncliff. Estas visitas nos hicieron entender la humildad de George, la tristeza de John y la comodidad de los Epstein, y comprender así mejor algunas de las canciones.

Notamos con extrañeza que la gente del exterior nos saluda, y trato de entender si es en realidad un gesto natural de los locales, tal como dice la canción, o es porque tratan de saludar a turistas sentados en un bus totalmente llamativo.

Strawberry Fields Children’s Home
Llegamos a Strawberry Fields, un hogar para niños huérfanos en dónde John Lennon jugó inocentemente de pequeño y que actualmente está en crisis, incluso a punto de cerrar, dado que faltan niños abandonados. La entrada es muy reservada, por lo que sólo pudimos estar unos minutos en la puerta de ingreso y a lo lejos pudimos divisar unos cuantos niños jugando y saludándonos. Strawberry Fields, con sus grandes árboles, vasto jardín, puertas metálicas y columnas de piedra fue una visita muy fugaz pero necesaria para cualquier seguidor de la banda.
Regresamos al bus y continuaron sonando canciones de Los Beatles, pero oírlas, sentados en ese mítico bus con poca calefacción parecería escuchar canciones simples que nunca antes había oído. Suenan más melodiosas que lo usual, por lo que no se pueden dejar de cantarlas o por lo menos tararearlas.

The Cavern
El final de las dos interesantes horas del Magical Mystery Tour es en Mathew St, específicamente en el famoso pub llamado The Cavern. El bar está ubicado en una esquina interna de la estrecha y oscura calle junto a un descampado, lo que le da un aroma de peligro. La fachada es muy simple, con las letras del nombre verticalmente en rojo. Al costado de la entrada hay un escrito en piedra con un homenaje a Los Beatles y el gran impacto que han tenido en una ciudad cuyo aeropuerto se llama “John Lennon International Airport” y en un planeta donde “Yesterday” es una de las canciones más oídas. Sin apuro cruzamos la puerta de entrada y notamos que era el comienzo de unas grandes negras escaleras, las cuales comenzamos a recorrer.

Debimos bajar muchas escaleras en espiral, por lo que estimo que el pub debe estar por lo menos a 30 metros bajo la tierra. Al finalizar las escaleras llegamos a una especie de cueva de ladrillos marrones que resisten el paso de los años. Nos quedamos inmóviles, impactados y sin habla por unos segundos, sintiendo la sangre correr y los pelos ponerse de punta. El primero que atinó a decir algo fue mi primo que le pidió a un transeúnte que nos tome una foto.

Comencé a caminar y examinar el pequeño bar. En si, es un lugar más reducido de lo esperado y aparte, muy cerrado, pero con una atmósfera única. El techo no es muy alto y parece el interior de un castillo muy antiguo, con columnas y arcos dividiendo zonas del bar. Al fondo, en el centro, un escenario no muy alto pero bastante iluminando, muestra una batería y numerosos colores y nombres en el fondo. Las mesas son de madera y la mayoría tienen una vela en el centro, tratando de dar un ambiente místico a la oscura caverna.

Caminé, respiré, soñé e imaginé. Los altoparlantes tocan, suavemente, cintas del cuarteto en vivo en algún lugar del mundo, haciendo que la experiencia sea aún más rica. Inclusive, al voltear rápidamente al centro del escenario es posible sentir la presencia de ellos. Me imagino una de esas noches estelares de conciertos, con mucha gente, con mucho calor, y con los cuatro personajes gritando por el micrófono “Twist & Shout”

Los baños están localizados casi al costado de las escaleras de acceso y han sido adaptados al siglo XXI. Cuando entré no pude resistirme a sacar mi lapicero y estampar mi nombre y mi país encima de los urinarios.

Estuvimos en la caverna buen tiempo más, y disfruté cada segundo. Tomamos cervezas, hablamos, opinamos, discutimos, recordamos, cantamos; en fin, nos divertimos mucho. Lástima que el tiempo pasó muy rápido y tuvimos que volver a la estación para regresar a Londres.

Liverpool ofrece mucho más atracciones, incluyendo museos marítimos, de arte, contemporáneos, teatros, obras, entre otros. Nosotros por restricciones de tiempo y sesgo sólo hicimos la tour "beatle" pero es probable que regrese en otra oportunidad a terminar de conocer Liverpool.

En fin, este viaje a Liverpool me gustó mucho, dado que me hizo conocer el real origen de lo que sentían y veían esos compositores al momento de sus creaciones. También me hizo ver lo irrelevante pero a la vez impactante que puede llegar a ser la música, y más aún cuando un artista llega a tener el poder de comunicación que tuvieron estos señores; una comunicación y un sentimiento que viene totalmente del alma y del propio sentido común; una comunicación que se puede expresar simplemente en el popular: “Give peace a chance” - que parecería no ser entendida por la gente; con unas voces que en estos últimos cuarenta años de desarrollo y supuesta unión ya deberían estar obsoletas, pero son voces que, en estos tiempos de guerras, todavía se extrañan.


JC Magot 2003

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viernes, diciembre 06, 2002

Cirque du Soleil "Saltimbanco"

Había escuchado bastante sobre el famoso Cirque du Soleil "Saltimbanco" antes de llegar a Madrid, por lo que cuando me enteré que estaban de escala en la ciudad no dudé en pelear por conseguir una buena entrada.

Localización
El circo estaba ubicado, inesperadamente, muy cerca a casa, por lo que el tren no demoró mucho en llegar. Al subir hacia la superficie, fuera del laberintoso transporte, se puede divisar la carpa principal del circo, la cual está armada en una explanada grande de piedra rojiza y levantada imponentemente como si brotara desde del suelo. El color blanco, las banderas de muchos países y las puntas que se levantan en las muchas zonas de la carpa le dan un ambiente místico y de respeto, logrando recrear una especie de tienda árabe en medio de algún desierto.

Llegué faltando diez minutos para las seis de la tarde, por lo que me apresuré en buscar mi lugar, situado en el medio segunda fila. Un problema fue que las butacas estaban muy juntas, por lo que toda la fila tuvo que pararse y salir hasta el pasillo para que yo pasara. Increíblemente, los españoles se mostraron muy amigables al momento de acomodarnos en nuestra platea.

Cuando estuve sentado recién pude percatarme del escenario, más pequeño de lo que me había imaginado aunque muy bien elaborado con diseños futuristas, incluyendo un gran armatoste dorado en el techo que luego sería el encargado de proporcionar el fondo para las diferentes situaciones recreadas.

No pasó mucho tiempo y salieron, de la nada, muchos artistas con atuendos muy coloridos y alegóricos simulando payasos. Ellos comenzaron a jugar con algunas personas del público haciendo peligrosas acrobacias por los pasadizos.

Mientras tanto, desde el centro del escenario, “nació” un personaje muy gótico parecido al Guasón, que nos da la bienvenida y nos recordó las reglas del circo con muchos gestos, voz muy fuerte y palabras impactantes, dando muestra de una personalidad fuerte y respetada.

Inmediatamente se dió comienzo a la espectacular representación, que consta de muchos actos adornados por muchas recreaciones, basados en actos callejeros que realizan algunas personas para ganarse la vida, por ello el nombre de Saltimbanco. Esa es la clave del circo, en eso se basa la escenografía, los atuendos, las canciones, los actos, las expresiones, los mimos, el ambiente.

La familia
Uno de los actos más resaltantes y memorables es el primero, bautizado como "Adagio" e integrando a una familia de acróbatas. Está el padre, la madre y el niño de seis años, los cuales hacen muchas maniobras difíciles. Pero no es la acrobacia lo que más llama la atención, sino los escenarios y las "pinturas humanas" que se van formando a medida que los seres se van moviendo. El niño emite mucha ternura y miedo a la vez, al ser expuesto a movimientos con mucho riesgo. En el último movimiento el padre tira del pequeño, le da un beso y lo baja al escenario.

Barrotes Chinos
Luego el escenario se llena de personajes vestidos con atuendos muy similares al colorido del piso, camuflándose en él. Estos artistas suben por unos barrotes inmensos y muestran toda su flexibilidad y armonía desde lo alto. Es impresionante ver a tanta gente igual, realizando movimientos muy similares y volando de un barrote a otro con una envidiosa agilidad que los hace parecer muñecos de goma.

Música
Todos los actos tienen un acompañamiento musical en vivo con melodías y canciones muy acordes y con volumen alto para que los artistas se concentren en la misma y no les perjudique el ruido del público.

La música es una parte muy importante del espectáculo y definitivamente también es uno de los factores críticos de éxito del circo. La banda consta de cinco músicos con guitarras, teclados, batería y muchos otros instrumentos que se usan, mezclan, divierten y crean el ambiente durante toda la función. En el transcurso de la exhibición, existen dos personajes del circo que cantan con una gran voz: uno parece un diablo, vestido con una especie de poncho amurcielagado y emitiendo voces que emulan ópera antigua; la otra es una cantante vestida de rosa y blanco, incluyendo el cabello y el rostro, que acompaña muy bien en algunas melodías y actos al primero.

Atuendos
La vestimenta de cada integrante de Saltimbanco es muy elaborada, colorida y excepcionalmente original. Algo interesante es que los atuendos no parecerían ser vestimenta sino parte del cuerpo dado que, aparte del traje, el cuerpo está maquillado siguiendo las características del propio vestido. Existen muchos tipos de personajes y por ende, muchos trajes; algunos todos de blanco, otros multicolores, otros con máscaras, con narices puntiagudas, sombreros muy extraños. La originalidad prima en cada atuendo, y los ojos brillantes del público no dejan de observar a cada ilustre personaje.

Los atuendos son también acompañados por expresiones faciales y corporales de cada situación recreada. Las expresiones son muy grotescas, trabajadas y llamativas transmitiendo mucho con cada pequeña expresión realizada.

Juggler
La chica encargada de realizar los actos de malabarismo parecía ser una danesa con rostro muy redondo y angelical. Comenzó a maniobrar tres bolas, para luego ir aumentando linealmente hasta llegar a manejar simultáneamente, ocho. Trató, fatídicamente, de maniobrar nueve pero no pudo pues se le cayeron todas. Inmediatamente lo intentó de nuevo y en ese segundo intento si pudo mantenerlas girando por varios segundos.

Diábolo
El acto del diábolo fue interesante, siendo sus bailes y el manejo de las varillas muy armoniosos y divertidos. Lo llamativo de todos los actos y en especial de éste, es la facilidad y ritmo con que se desenvuelven todos los miembros de la representación, combinando los fabulosos atuendos con movimientos acrobáticos acordes a la música.

Mimo
Entre cada acto principal un cómico mimo se encargó de entretener al público con diferentes parodias e interacciones divertidas, lo cual tuvo muy distraídos y atentos a los niños que acudieron a la carpa.

Acróbatas
De la oscuridad apareció un columpio muy grande desde el cual comenzaron a salír disparados muchos circenses, formando una torre de humanos. Este acto es uno de los de mayor riesgo y conlleva mucha precisión y tensión tanto para el acróbata como para el espectador. Los niños, sentados en la primera fila, se emocionaron mucho con las acrobacias, viviendo cada salto y baile con los mimos que interactuaban paralelamente con el público.

Otros actos
Siguieron varios interesantes actos que involucraban a muchas altas chicas “boleadoras”, malabaristas, contorsionistas, acróbatas y artistas.

Último Acto
El último acto es el mejor y conmovedor de todos: cuatro trapecistas vestidos de blanco se cuelgan de trapecios y sogas elásticas diseñadas para dar una impresión de poca gravedad en el vuelo. Ellos se deslizan muy coordinadamente por los aires y, junto con la blanca indumentaria y música celestial, parecen ángeles. La luz los enfoca haciendo muchas figuras en el aire, para finalizar con una caída libre en la cual los cuatro se agarran de las manos y, sostenidos por las elásticas cuerdas, llegan a rozar el escenario. Este acto es asombroso haciéndonos emocionarnos y aplaudir mucho.


El apéndice fue liderado por el niño de seis años sentado en un inmenso sofá multicolor, con un gorro en forma de cono y rodeado de todo el elenco del Cirque du Soleil y por los aplausos de todos los espectadores.


En ese momento, en el auge de todos los ensordecedores aplausos, me di cuenta lo diferente y grande que puede llegar a ser un espectáculo si es que el arte se deja expresar libremente sin trabas económicas, sociales ni culturales; y se combina con un excelente diseño, producción, organización e instalación. Yo nunca fui leal a los circos, pero este no es en realidad un circo común; este espectáculo es un medio de expresión de los sentimientos y situaciones humanas, esto es arte puro.

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domingo, noviembre 24, 2002

Salamanca

Este fin de semana tuve la suerte y el privilegio de visitar Salamanca, elegida, junto a Brujas, Capital Europea de la Cultura 2002. Me siento muy afortunado de haber podido pisar los antiguos adoquines de la ciudad en la que alguna vez transitaron catedráticos y estudiosos de la categoría de Miguel de Unamuno y Fray Luis de León, y que actualmente llama la atención mundial por sus majestuosas infraestructuras que datan de más de 900 años.

Salamanca es una ciudad dónde se respira cultura en cada esquina e infraestructura y que basa su economía en la Universidad de Salamanca, que supera los 60,000 estudiantes. Esta universidad puede ser la analogía española de Oxford, siendo una de las más prestigiosas y antiguas de España y del mundo.

Camino a Salamanca
Nos reunimos en la estación de trenes del centro de Madrid a las 9am, pero tuvimos problemas ajenos al grupo, por lo que acabamos saliendo a las 10am de la estación de buses de Conde de Casal, al sur de Madrid. En el trayecto observamos varios pueblitos que deben tener muchos años de antigüedad y parecen encantadores, pero no alcanzan la importancia para ser de atractivo turístico masivo. Me imagino la España de Felipe II y los viajes que debieron hacer muchas personas de pueblo en pueblo, contra el frío español y el hambre de la distancia.

Salamanca
Llegamos a Salamanca a la hora de almuerzo, y mientras el bus se acerca al centro de la ciudad, observamos una inmensa catedral en la cima del centro urbano salmantino, asombrando a propios y extraños. La enorme infraestructura religiosa resalta e impacta el paisaje de la ciudad y junto a las nubes negras de la lluvia y a los rayos, se podría confundir con el castillo del Conde Drácula o con la introducción de alguna película de terror.

Después de aparcarnos, nos movilizamos rápidamente bajo los paraguas para buscar una pensión dónde alojarnos, pero Salamanca ya estaba llena y lo único que encontramos fueron dos camas en donde nos tuvimos que repartirnos para dormir por la noche.

Prontamente, comenzamos a recorrer la ciudad. En el grupo de siete viajeros formaban parte unas amigas que estudiaron en la gran universidad salmantina y por ende, fueron las líderes del viaje.

Caminar por Salamanca es entrar en un terruño diferente, haciéndonos sentir en un lugar muy distante en tiempo y geografía. Las edificaciones, muy bien conservadas, hacen que uno también se sienta distinto y muy interesado en ellas.

Dos catedrales
En Salamanca existen dos catedrales, la antigua, que data del sXII, y la nueva, que data del sXVII. Ambas son majestuosas y con una calidad de construcción altísima. Se pueden observar grabados y tallados de variados objetos y personajes, incluyendo desde un cerdo hasta un astronauta, pasando por santos, mujeres, jóvenes, ciervos, etc. Sencillamente faltan ojos, zancos y zooms para poder observar todo lo que hay.

El interior de la Catedral Antigua sigue el estándar estructural de toda iglesia católica, existiendo muchos santos a la derecha y la izquierda y un imponente altar central, hecho de oro, que ilumina la vista. Me llamó la atención ver una adoración a un personaje montado a caballo que parecía ser Pizarro y varias estuatillas religiosas. Justo en el momento que salíamos, entraban muchos monaguillos muy organizados vestidos todos de túnicas negras y llevando los parlantes y diversos artefactos para la próxima misa.

La Catedral Nueva tiene mucho colorido y muchas pinturas en el altar y a lo largo del recinto. Cuando entramos, un anciano cura estaba en el sermón misal, por lo que nos retiramos para no molestar.

Desde la torre de la Catedral pudimos obtener una vista impresionante de la ciudad y de la Catedral misma. Esa vista es una de las mejores que he visto en mi vida, llegando a ver casi toda la ciudad y el río, enmarcada por la artística infraestructura de la detalladísima catedral. En el interior de las torres existen muchos interesantes manuscritos en español antiguo que narran decretos de los reyes para la construcción de las catedrales. Existe uno en español ligeramente entendible que lee: “Decreto del Rey para pedir tributos en las Indias con el objetivo de terminar de construir la Nueva Catedral de Salamanca”.

Todos los manuscritos siguen una secuencia, y se pueden ver los primeros, escritos a mano en español ilegible, para ir evolucionando hasta los últimos, del sXVII, que son más entendibles. Lo bonito fue ver en un mismo sitio cómo evoluciona a través de los siglos una lengua tan rica, bella y a la vez popular como el castellano. Actualmente nuestra lengua es una de las más habladas del mundo, por encima del francés e inglés.

Edificio de las Conchas
Frente a la Catedral Antigua existe una extraña edificación que, a lo largo de toda su fachada, alberga muchísimas conchas talladas. En el interior existe una pequeña plaza con un pozo y unos balcones góticos muy bien elaborados. Lo que más llama la atención e impresiona la vista es el alto nivel del tallado.

Plaza Mayor
La plaza principal de Salamanca es una muy amplia y rectangular y sigue la ambientación de toda la ciudad, congregando a muchos sorprendidos turistas, pero evitando los ruidosos automóviles. En el centro, nos recibe una explanada muy grande de adoquines. A los extremos, cuatro grandes arcos nos dan la bienvenida al antiguo centro de la ciudad. Estos arcos son muy cargados de detalles y encima de ellos existen muchas ventanas y balcones residenciales de color “piedra de Salamanca”, es decir, un naranja amarronado que armonizan perfectamente con el brillo solar y el celeste pastel de cielo. En el lado occidental del paralelepípedo hay muchos grabados, banderas de España y Salamanca e incluso una coronación.

Cochinillo
Nos invadió el hambre y buscamos algún restaurante cercano a la plaza mayor. Entramos a un mesón típico de Salamanca en donde almorzamos paellas y el famoso cochinillo salamanquino. Si bien las paellas no son de mi agrado, el cochinillo me pareció un manjar, tanto su sabor como su presentación.

Universidad
Después de almuerzo descansamos unos minutos en la pensión y seguimos nuestro recorrido por la ciudad haciendo un alto en la puerta de la Universidad. Si bien todas las facultades de la universidad están esparcidas por diferentes lugares de la ciudad, existe un lugar en la ciudad dónde es el “ingreso oficial” a la universidad. La fachada de la puerta tiene una altura de más de veinte metros y en la parte superior hay unos tallados en piedra muy densos. Para mirar este portal se necesita mucha paciencia, luz, tiempo y buena visión. La costumbre al llegar a este sitio es buscar en el portal el tallado de una rana, ejercicio que todo visitante a la Universidad de Salamanca debe realizar. Me esforcé mucho en buscarlo, pero no pude hasta que me dieron la clave: derecha – abajo – calavera. En ese momento si logré apreciar, con mucho esfuerzo, una pequeña rana.

Erasmo de Rotterdam
Al otro extremo de la puerta de la universidad existe una facultad habilitada para una de las exposiciones de “Salamanca 2002”: “Erasmo de Rotterdam”.

En la exposición están los libros originales del humanista, muchos cuadros sobre él, y muchas obras en las cuales Erasmo influyó. Yo no conocía mucho del erasmismo pero esta recopilación fue muy enriquecedora para mí. Erasmo fue muy prolífico y tuvo una mentalidad muy desarrollada para su época, siendo humanista, pacifista, luchador por la integración europea, filósofo y crítico absoluto de las malas costumbres del catolicismo. La exposición me gustó mucho y me hizo pensar mucho.

Llegó la noche y la lluvia no cesaba por lo que entramos a un café donde nos encontramos con un amigo de una amiga del grupo: Armando, un historiador de Salamanca. Comenzamos a bombardearlo de preguntas y no paró de hablar ni un minuto. Fue muy interesante todo lo que nos contó sobre la ciudad, sobre España, sobre Erasmo y sobre Lutero. No nos dimos cuenta, pero dieron casi las once de la noche, por lo que nos despedimos y nos fuimos a la pensión para bañarnos y salir de marcha. En el trayecto no vimos mucha gente en las calles pero si en bares, gritando por el fatídico partido del Real Madrid en Barcelona el cual parecía ser la final del campeonato mundial.

Wild on...Salamanca
Salamanca es una ciudad muy nocturna y en la cual la tasa de discotecas por habitante es muy alta. Adicionalmente, la infraestructura gótica y clásica ha hecho que los bares y lugares noctámbulos tengan una diferencia pronunciada con otras ciudades. La ciudad estudiantil no se detiene a ninguna hora del día o noche, con excepción de la política siesta. Las calles y los bares siempre están llenos de gente, por lo que visitamos muchos sitios, pero en los que estuvimos más tiempo fueron:

Gran Vía
Existe una discoteca muy europea en la Gran Vía salmantina. En ella se reúne mucha gente de todo tipo, y la música es combinada. El problema es que existe mucho alboroto de gente reunida en un muy pequeño lugar.

Savor
La discoteca latina “Savor” de Salamanca alberga muchos latinos y tiene muchos motivos peruanos, incluyendo las líneas de Nazca y las murallas de Chan-Chan. En este sitio el merengue predomina, pero también hay espacio para cantantes como Eva Ayllón.

Abadía
La abadía es un bar que tiene la decoración basada en su nombre. Inclusive, en el bar existen unos vertedores de agua en forma de monjes y mesas extraídas directamente de un convento. El contraste viene por el oído, dado que la música es estilo “house”, muy típico de estos lares.

Camelot
Uno de los últimos lugares nocturnos que visitamos fue el Camelot, un sitio grande, con mucha gente en diferentes niveles y ambientada especialmente para hacerte sentir en la corte del Rey Arturo. Algo muy curioso de las discotecas europeas, y en especial ésta, es que al no poseer guardarropas, la gente se las tiene que ingeniar para guardar abrigos. En el Camelot, las espadas de la decoración parecieron un buen sitio dónde guardarlos, por lo que se acumularon cientos a lo largo de los pasillos. El problema vino en la mañana, dado que fue muy difícil encontrar el abrigo a la hora de salir.

Último día
Nos levantamos a las 10am y una hora más tarde desayunamos en la cafetería. Nos quedaba mucho por visitar y poco tiempo, por lo que hicimos un itinerario de lo que visitaríamos antes de regresar a Madrid.

El oro de Colombia

Lo primero que visitamos el último día fue una exposición de Salamanca 2002 llamada “El oro de Colombia”. Según el punto de vista de los peruanos, esta exposición dejó mucho que desear, dado que en Perú existen cosas mucho más elaboradas, interesantes y valiosas. Para lo que sí me sirvió esta exposición fue para sentirme orgulloso de toda la riqueza cultural pre-hispánica que tiene el Perú. Por supuesto que a los europeos y colombianos les fascinó la exposición.

Museo LIS
El museo LIS fue la penúltima visita que hicimos en Salamanca. En él se exhiben colecciones privadas de adornos diversos, incluyendo estatuas de marfil y cobre, así como también muñecos, jarrones, entre otros. Lo qué más me gustó fueron las porcelanas francesas, las estatuillas rumanas hechas a mano y los impactantes y coloridos vitrales.

Iglesia San Esteban
La última parada antes de caminar hacia la estación de autobuses, fue la Iglesia de San Esteban. Esta iglesia posee un jardín interior muy raro, dado que existen plantas que nunca había visto antes, incluyendo unos arbustos blancos muy extraños. Subimos hacia el área del coro para tener una vista panorámica del interior de la iglesia y admirar el colorido y la grandeza de la iglesia. Esta iglesia posee mucho color y pinturas en el altar, y la iluminación está hecha especialmente para resaltar y hacer del altar algo majestuoso. Al salir, con pena, caminamos contra una lluvia y frío tremendo hacia la estación de autobuses.


Al regresar, fatigado, a Madrid, me puse a recordar y pensar sobre todo lo nuevo que había aprendido y conocido en Salamanca, dándome cuenta que nunca antes había aprendido tanto en tan poco tiempo. Salamanca es una ciudad que contagia mucha cultura a sus visitantes y conocerla, así como charlar extensamente con gente del lugar ha sido una de las mejores y más enriquecedoras experiencias de mi vida.

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domingo, noviembre 03, 2002

Pedraza

Hoy hice realidad uno de mis sueños de niño: retrocedí en el tiempo a la época medieval y caminé por uno de los más entrañables pueblos de aquella época; hoy estuve en Pedraza.

Salí muy temprano de Madrid rumbo al norte por la carretera a Burgos y mi primo, a mi izquierda, me relataba encantado las historias del extraño pueblo feudal a dónde nos dirigíamos. Cada reseña, cada detalle, cada palabra que propalaban sus cuerdas vocales enriquecía mis ansias por alcanzar tan deseada fantasía.

Pronto nuestras ojeras madrugadoras se vieron disminuidas gracias a los paisajes de pequeños montes cubiertos de pinos y árboles que se entremezclan con los chalets y viviendas. Aparece luego, de la nada, una gran torre de algún castillo antiquísimo para continuar con una explanada verde de césped propia de un green de golf. Lo que viene a mi mente son el Quijote y Sancho en plena lucha contra el frío español de estos espectaculares parajes.

Cerca al horizonte el otoño ha hecho que los enredados árboles tengan colores contrastantes y llamativos a los ojos: amarillos se mezclan con naranjas, marrones con rojos y verdes, morados con violetas, celestes y blancos con fuego y componen desordenadas pinturas de la ambiciosa naturaleza que se muestran en distintas postales europeas, endulzan la vista y apaciguan la sed del largo camino.

Acercarnos a Pedraza emite una emoción muy difícil de describir. Algo inesperado se acerca: una montaña diferente a las demás tiene un pueblo en lo alto y una muralla alrededor. Una civilización muy antigua y conservada se distingue en el interior.

Traspasar el arco de entrada al pueblo es abandonar el mundo actual y transportarnos al siglo XI: el pueblo de Pedraza está construido en su totalidad de piedra naranja y está circundado por una gran muralla y una sola puerta. No existe otra entrada ni otra salida. Los caminos de la aldea son excesivamente angostos, los adoquines de piedra del piso se resisten al paso del tiempo, las pequeñas casas de dos pisos tienen fachadas trapeziodales con puertas de madera totalmente talladas y un escudo de piedra adorna la parte superior de cada una de ellas. Por supuesto que los techos son a dos aguas y todos los segundos pisos tienen balcones de fierro forjado engalanado con macetas de coloridas flores. En la vereda todavía se conservan los antiquísimos bancos de piedra y madera, hermosas fuentes, diminutas plazas y altos miradores.

Dentro de los límites de Pedraza, a la izquierda del pueblo junto al precipicio, existe un castillo de hadas único en su especie. La puerta del castillo, al otro extremo del puente sobre el lago muerto, es de madera y está llena de enormes y terroríficas púas creadas para corroer los troncos de madera de los enemigos que quieran derribarla.

En el arruinado interior subsisten varios jardines, torres, y habitaciones restauradas en nuestros cráneos por las interesantes anécdotas del guía de turno. Él se encargó de reconstruir, con muchas piedras, madera, esfuerzo y ahínco, los tres pisos de las olorosas viviendas, los huecos abismales usados como baños, los magníficos jardines, los húmedos calabozos y las costumbres de los antiguos españoles.

El jardín más pintoresco del castillo es uno que está en el ala izquierda, tiene el césped muy liso y alberga un esférico arbolillo en el medio. Este mágico arbusto, combinado con las paredes del castillo y los vertiginosos precipicios adjuntos parecerían haber invitado a Roberta Williams a diseñar una de las series de los tan famosos King’s Quest.

Al salir del fortín y transitar por la verde explanada auxiliar sufrimos el chantaje de nuestras vísceras y decidimos entrar a un placentero asador lugareño. Al cruzar la puerta del mesón nos elevamos mágicamente con los ojos y boca cerradas, sin escuchar más que el silencio, sin sentir las manos ni el cuerpo, pero si aspirar el excepcional aroma de cordero que nos transportó, sin darnos cuenta, hasta el pórtico de la cocina distrayéndonos de la asombrosa vista que nos gritaba desde fuera.

En el exterior del asador los balcones sinuosos de piedra gris tapizados con césped liso, las muy rojas flores de macetas naranjas y las onduladas enredaderas forman el más enternecedor sueño; en la lontananza, después de varias lomas y nubes, se distingue vagamente el hermano pueblo de Sepúlveda; banderas muy limpias flamean desde la esquina de una torre muy alta; las viviendas de la aldea encajan perfectamente una con otra y forman no un pueblo sino una nave muy redonda a punto de despegar y llevarse la tranquilidad de las flores y jardines.

Mientras ingeríamos los alimentos la atrayente vista lateral del pueblo luchaba férreamente contra el perfecto aroma que emitían los platos. El vino entró rápidamente en el combate pero cayó abatido por intervención del agua, servida dentro de una botella muy extraña similar a un botellón de remedio que tomaba mi abuelo, con una gran etiqueta estampada que leía: “Agua de Pedraza – Premio a la calidad – No exponer al sol”. Para endulzar la guerra, de postre pedí una débil tarta de manzana que al final fue la conmovida vencedora de tan insólita batalla.

Más tarde caminamos tranquilamente, vagamos por el centro y naufragamos por los alrededores encima de los pedrosos adoquines que emiten sonidos de zapateo español con cada paso; buscamos la sombra de las banderas y toldos y el fluir de las fuentes; visitamos la oscura y tenebrosa cárcel, el ayuntamiento, el cálido hotel, la magna plaza principal, la pintoresca escuela y una muy escondida taberna.

En la tasca nos sentamos por unos minutos a discutir la abrumadora cena y la magia de la pequeña villa acompañados de tonificantes bebidas. Desde mi silla pude contemplar, a lo lejos, en el medio del sombrío portón, el lento andar de tres lugareños por la plaza principal. Ellos están siempre ahí, dan vueltas por las callecitas, por el centro, saludan desde sus balcones, riegan las coloridas flores, pasean tranquilamente a sus canes por los jardines, viven en su mundo, en su ciudad, en su pueblo, lejos de las teles, de la superficialidad, del ruido, de los coches, del smog y de las carreteras.


Deambular por Pedraza es más que extraordinario; no sabes por dónde comenzar ni terminar de ver, cualquier ángulo, callejón, casa o infraestructura es digna de una postal, una pintura. Nunca me había sentido tan bien, este sitio tiene magia, y es que te hace sentir diferente, en otro sitio, en otro tiempo, en otro planeta.


JC Magot 2002

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domingo, octubre 06, 2002

LLegada a Madrid

Estoy descansando un momento en una de las cabinas cercanas a la Gran Vía después de una larga caminata por el centro de Madrid y luego de un terrible viaje desde Perú.

LIMA-AMSTERDAM
Al despegar de Lima, el vuelo hasta el aeropuerto de Aruba fue cómodo y hasta relajante, pasando series como Friends y Will & Grace en los TVs. Bajé a dar una vuelta por el aeropuerto de Aruba pero fue muy aburrida dado que todos los establecimientos estaban cerrados, excepto la sala de fumadores. Esta sala estaba repleta, a pesar que nuestro vuelo era el único que transitaba a esas horas por Aruba. Observé, preocupado, desde el corredor la transparente sala, la cual parecía una sauna pero con humo gris. Seguí dando vueltas por el aeropuerto, pero regresé al avión por aburrimiento.

Las diez horas del vuelo a Amsterdam se hicieron muy largas e interminables. A cada hora veía mi reloj, y tres horas después de despegar ya me estaba congelando de frío. Comencé a estornudar, tiritar y toser, por lo que me abrigue con mi chompa azul, luego mi casaca y dos frazadas, pero igual me moría de frío, con la salvedad que ahora parecía un fardo funerario Paracas.

En ese momento comencé a recurrir al vino. Pedí uno tinto, luego uno blanco, luego un tinto, y luego acabé con una mancha morada en el pantalón, tres dedos pegados con chicle y bailando el Aserejé, sin música, en la cola del baño. Claro que luego dormí como un bebé hasta casi llegar a Amsterdam.

AMSTERDAM
Todo lo que pasé en el vuelo fue compensado por el espectacular aterrizaje en Amsterdam. La verde campiña con canales, paisajes, molinos, carreteras sobre el agua, animales, cielo azul y casitas con techos en V se veía acogedora. La impresionante ciudad de Amsterdam se ve preciosa desde el aire.

Aparte, el aeropuerto de Amsterdam es enorme y un bastante complejo. Según el manual proporcionado por la aeromoza, debí llegar a la puerta para Madrid en 15 minutos, pero lo hice en casi una hora, sencillamente porque el aeropuerto es un centro comercial enredado. Me entretuve en muchas tiendas y me perdí entre los pasadizos, observando productos extraños y gente peculiar. Nunca había visto zapatos ni pantalones tan extravagantes, haciéndome sentir la persona más conservadora del planeta.

AMSTERDAM-MADRID
El despegue de Amsterdam, ya de noche, fue también muy bonito. La ciudad, esparcida de islas parecía un vidrio quebradizo desde el aire. El cielo estuvo despejado y el avión no voló muy alto, por lo que alcanzamos a divisar las luces de Bruselas, París, Burdeos, Limoges y Pamplona desde lo alto.

MADRID
El aterrizaje en Madrid fue normal y el problema vino después, dado que al momento de recoger las maletas tuve que esperar, preocupado, hasta el final por la tercera, mientras exploraba las salidas del aeropuerto.

Me recogió mi primo rápidamente de Barajas y fuimos a su casa. En el trayecto, la ciudad me pareció muy expandida y grande, lo cual me hizo recordar bastante a Phoenix.

Hoy día me levante y salí temprano para cambiar mis dólares a euros. La mala suerte fue que ningún banco está autorizado a realizar transacciones (incluyendo cambio de monedas) si es que no se es cliente del banco. Intenté abrir una cuenta en el Santander pero se necesitaba tener residencia europea, por lo que tuve un gran problema al tratar de comprar y movilizarme. Inmediatamente llamé a mi primo desde el departamento y me prestó algunos euros para movilizarme.

Con esos euros, compré mi pase para el metro y llegué al centro de Madrid. Caminé mucho por la Gran Vía, Alcalá y Preciados, respirando el novedoso aire de la imponente, limpia y muy culta capital española. Sencillamente la Plaza España, La Cibeles y la Plaza Neptuno son lugares espectaculares. No llevé mapa, sólo caminé sin rumbo por Madrid y traté de conocer el centro. Total, perderse no es algo de temer en una ciudad con un metro eficiente.

Después de horas de dar vueltas por Madrid y almorzar el plato típico de España - una hamburguesa en Mc Donalds - terminé agotado en esta cabina.


JC Magot 2002

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jueves, mayo 17, 2001

Las Vegas

Mi concepto de Las Vegas, antes de llegar a la luminosa ciudad, era una en la cual existían, obviamente, muchos casinos de distintos tamaños, pero aglutinados y esparcidos por toda la ciudad. Lo que descubrí, al llegar a Nevada, fue algo muy distinto, al encontrar básicamente pocos casinos, pero monstruosos.

Llegar por tierra y por primera vez a Las Vegas un sábado por la noche es emotivo y muy claro. Incluso ya se puede observar la brillante luz que emite la ciudad cuando se sobrepasa el letrero que indica sesenta millas para arribar y que, poco a poco, mientras nos acercamos la ciudad, se hace más potente, pudiendo observar claramente un rayo de luz lineal escapándose de la punta de la Pirámide de Luxor y alumbrando circularmente a un conglomerado de nubes grisáceas.


Llegada
Llegamos a Vegas una inolvidable noche de sábado, y nos recibió un patrullero que perseguía a una preocupada y escurridiza chica, la cual, gritando, fue capturada, esposada e introducida a la fuerza en el vehículo policial.

Inmediatamente después, comenzó nuestro tour por encontrar un hotel, dado que un sábado en la noche es muy difícil conseguir un alojamiento respetable a un precio cómodo. Después de muchas vueltas y preguntas, terminamos en un hotel de mala muerte, en el cual debíamos pasar estricta supervisión y revisión cada vez que queríamos usar el ascensor y subir a los pseudo cuartos. La elección del primer hotel, si bien no fue muy buena, no implicaba mucha relevancia, dado que en Vegas no se duerme y más aún si alguien llega a la 1am a la ciudad americana de la diversión.

Por supuesto que al día siguiente nos cambiamos al Treasure Island Hotel, dado que las tarifas de los hoteles de Las Vegas son muy distintas dependiendo del día, y de un sábado a un domingo bajan más de 200%.


Las Vegas
Las Vegas es una ciudad que gira alrededor en los casinos y apuestas, y las atracciones principales son los enormes “centro recreacionales” que incluyen casinos, hoteles, discotecas, teatros, restaurantes, malls, entre otros. Algo interesante es que no hay límites marcados dentro de estos complejos, por lo que uno no sabe en qué momento comienza un casino y termina el centro comercial, o comienza la discoteca y acaba el restaurante. El Caesar’s Palace es uno de los más impresionantes de todos estos mega-centros de diversión.

En los dos días que estuvimos en Las Vegas, visitamos los siguientes “Centros de Entretenimiento”:


Treasure Island
El hotel en el cual nos alojamos el segundo día estuvo simpático, con escenografía orientada para niños, parecida a Disney, con barcos piratas y funciones actuadas de guerras entre América y Europa, la cual es la atracción principal para los niños. Por supuesto que las maquinitas abundan por todas partes, como en todo Las Vegas, mezclándose con la gente. Aparte, acá es dónde está el Circo del Sol y su función “Mystere”.


MGM Grand
El MGM es muy grande y para perderse. En él hay muchos establecimientos, como el Studio 54, leones, performances, tremendas columnas, tiendas, que hacen del lujoso edificio verde una de las mayores atracciones de Nevada. También existe una plaza principal, con un escenario elevado desde dónde una bella chica nos recibió cantando muy sutilmente canciones de The Doors. Me quedé viéndola y escuchando su dulce voz mientras, sentado en una maquinita, perdía dinero.


Caesar’s Palace
El Caesar’s Palace fue lo que más me gustó de la exuberante ciudad. En él, existen muchos servicios, pero lo más resaltante es el impresionante centro comercial inmerso en la mole. El mencionado mall tiene toda una ambientación de Roma y Grecia y caminar por él nos emite una sensación de riqueza y fama.

En sí, todo el Caesar’s Palace está adornado con motivos romanos y griegos, e incluye enormes plazas techadas de Neptuno, Venus u otros dioses. El extremismo llega a cansar, dado que se puede percibir que hasta los muñecos de la tienda de Disney en el centro comercial están vestidos de emperadores romanos.


Venetian
El Venetian trata de hacer una reconstrucción de Venecia, con sus góndolas y construcciones típicas. En realidad conseguiría crear muy bien el ambiente, si no fuera por las cegantes luces de los anuncios vecinos y las grandes bandas electrónicas para caminar.

Tomé muchas fotos tratando de no incluir la novedosa tecnología incrustada ni los monumentales edificios conexos, aunque eso fue imposible.


Bellagio
El Bellagio evoca su nombre, belleza. Adornado con flores, colores, agua, jardines, Italia, gente, locura, clásico, hacen de éste edificio un lugar especial dentro de la estructura de Nevada. Dentro del Bellagio hay muchos jardines techados muy bien elaborados que no dejan de ser fotografiados y observados. También hay mucho colorido en el suelo, paredes y techo. Lástima que exista tanta gente en el lugar que hace casi imposible la visión y las fotos.

En las afueras del Bellagio, una gran laguna nos enseña sus aguas bailarinas. Ellas se mueven al compás de diferentes piezas musicales, realizando coreografías distintas. Es excitante y bonito ver las aguas moviéndose y alcanzando alturas muy elevadas, enmarcando a la torre Eiffel, ubicada al frente.


Stratosphere Tower
En una de las avenidas principales de Las Vegas se levanta una torre muy alta, llamada la Stratosphere Tower. Esta torre es muy peculiar y diferente a otras, dado que, aparte de tener dos ambientes para mirar a la ciudad desde lo alto, también tiene dos montañas rusas.

El primer mirador es un salón redondo rodeado de ventanas selladas desde donde se puede ver a la ciudad en 360 grados. Al subir al segundo mirador, en las afueras, podemos ver la ciudad al aire libre, sintiendo un poco de vértigo.

Las Vegas se ve genial desde la torre. Mucha luz, muchos colores, mucho sonido y cada infraestructura pareciera tener un color distintivo diferente. Se ve el verdor del MGM, la blancura del Caesar’s Palace, el rojizo Flamingo, azules fuertes, rojos, etc.

Más arriba, en la cúspide de la torre, existen dos montañas rusas que son una locura y por supuesto no me subí a ninguna. La primera es una punta de caída libre ubicada en el centro y desde donde la gente recorre 150 veloces metros descendiendo de las nubes hasta el altísimo mirador y viceversa. El otro aparato mecánico sólo da vueltas alrededor del primer peligroso juego. Una demencia total.


Old Vegas
El centro antiguo de Las Vegas representa claramente el concepto que tenía antes de llegar la capital de Nevada, es decir, muchos pequeños casinos agrupados en avenidas llenas de luces y colores. En una de las avenidas principales de ésta zona existe una malla enorme por encima de la calle, en la cual se proyectan shows electrónicos transparentes, creando una atmósfera de modernidad y asombro.

Por supuesto que existen muchos más centros de entretenimiento en Las Vegas, como The Mirage y sus Tigres, el egíptico Luxor, New York - New York y su gran montaña rusa, el divertido Flamingo, el Club Rio, el Hard Rock Hotel, el Paris y su inmensa Torre Eiffel, el Monte Carlo, entre otros.


El tiempo en Vegas se nos acabó muy pronto y llegó la hora de partir de regreso para Arizona. Nos quedaron muchas cosas por ver, muchos sentimientos por sentir, pero el avión a Lima no podía esperar. Ya era la última excursión del viaje y la nostalgia me invadió en el largo camino hasta Phoenix.


Regreso a Casa
En el trayecto de regreso a casa visitamos algunas obras creadas por los americanos como la laguna artificial de Mead y la represa Hoover, la cual ha sido creada con lugares turísticos y una gran playa de estacionamiento, dado que fue proyectada para ser, a la vez de un embalse, una atracción turística.

De pronto, un letrero en el camino dice: “En 5 millas, la elevación de la pista bajará en 10%”, otro en rojo nos anuncia: “su velocidad es 80 millas/horas, está con exceso de velocidad”, y otro: “Phoenix 5 millas”.

Ya en casa, lo único que atiné fue bañarme y acostarme, dado que terminé sin dinero, preocupado, agotado, cansado, estresado y abrumado por el encantador viaje. Los tres trajinados días fueron inolvidables aunque muy cortos para tantas cosas por hacer.

En Las Vegas pasé una aventura diferente cargada de diversión y emociones que espero se repita. Nevada es un estado impresionante y muy noctámbulo, en el cual sólo podría estar unos días, dado que muy fácilmente terminé saturado del sonido de las maquinitas, y prometí no volver a usar una. Si bien Las Vegas es una ciudad muy bonita y pintoresca, vivir ahí sería una locura.

Un punto muy interesante de Vegas es la manera en la cual ha sido construida, ya que se encuentra en medio del árido desierto. Transitar por ésta ciudad es para asombrarse, y no sólo por las fantásticas construcciones, sino por el hecho de estar sobre un terreno insólito, que ha sido increíblemente adecuado para albergar a tan colosal ciudad. Aparte de relajarme mucho, ésta visita me hizo pensar en lo irrelevante que puede ser todo, y me dio mucha fuerza interna para poder lograr objetivos que en algún momento podrían parecer imposibles.

La pregunta final es una con la cual bromeamos muchas veces: ¿pensarán los gringos que los europeos se han copiado de Vegas cuando ellos visiten Europa?

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miércoles, mayo 16, 2001

Grand Canyon

Estoy agotado, cansado, preocupado, sin dinero, estresado, pero feliz. Acabo de regresar de Las Vegas y del Gran Cañón, un viaje muy bacán, pero agotador a la vez.

Salida
Salimos de Tempe el viernes poco después de las 4pm, después de la tremenda juerga latina en nuestro departamento. Nuestra idea era manejar toda la tarde y la noche para llegar a dormir en un albergue cercano al Gran Cañón del Río Colorado. El camino fue muy desolado y desierto, sin una luz de gasolinera y esporádicos camiones, hasta llegar a la fría ciudad de Flagstaff.

Flagstaff
La llegada de noche a Flagstaff fue violenta, y sólo paramos unos minutos para echar gasolina y comer algo. Flagstaff es una ciudad muy fría en donde se practica mucho el esquí. Algo que nos llamó la atención fue ver una iglesia extraordinariamente iluminada. Muy bonita y más de noche. Las luces desde el interior de la misma se escapaban por corredizos y pasadizos que hacía de la Iglesia un monumento imponente.

Continuamos ruta hacia el Gran Cañón y notamos que la autovía cambia, siendo ahora una oscura, angosta y solitaria. Recorrer esta carretera, solos, a las 11pm, fue toda una aventura. No había nadie más en la zona y nuestros únicos compañeros eran una gran plateada luna, pinos del bosque aledaño y las hermosas estrellas del increíble cielo arizono.

De pronto, un ovni, muy conchudo, aparece por las lejanas colinas del norte de Arizona. El artefacto, redondo, con luces alrededor de él, interrumpe nuestra concentración en la luna y comienza a hacer un recorrido hacia la izquierda. Un momento más tarde, el objeto emite una fortísima luz, iluminando los bosques vecinos, cómo si buscara algo por ahí. Cinco minutos de investigación le bastaron, para luego desaparecer muy rápidamente, dejándonos asombrados, asustados y sin habla.

Más adelante, Jan logra esquivar, ajustadamente, a un venado atropellado que yace muerto en la carretera.

Tusayan
Llegamos a Tusayan, pueblo cercano al Gran Cañón, pasada la medianoche. En ese momento de oscuridad, pensábamos que estábamos ya en la zona propia del Gran Cañón, pero nos enteramos, al día siguiente, que estabamos todavía algo lejos.

Nos registramos en un hotel Best Western e inmediatamente visitamos su cafetería y bar. Lo impresionante fue ver a toda una legión de apaches americanos, todos borrachos, brindando en el bar del hotel. El barman gritando desesperadamente, nos echaba del lugar, pues la hora límite de consumo de licor ya había sido sobrepasada.

Gran Cañón
Nos levantamos casi a las 9am y nos enrumbamos directamente al Cañón, luego de un frugal, pero caro desayuno en el hotel. Durante el camino de Tusayán al Gran Cañon las ansias nos invaden y la discusión en el vehículo se centra en la próxima visita.
Uno ve fotos, uno oye hablar, uno puede imaginar, pero uno no puede visualizar ni sentir lo que es el Gran Cañón si es que no se está parado en esos miradores viendo esta majestuosa obra de la madre naturaleza. Me faltan palabras para poder describir lo que vi ese día. Solo recuerdo que es una de las mejores vistas que han mirado mis húmedos ojos a lo largo de mi vida. Busco alguna comparación con la gran combinación de montes, estructuras naturales, mesetas, quebradas, colores, verdor, rocas, precipicios, desierto, flora, luces, rayos solares, nubes y grandeza existente, y no la encuentro. El Gran Cañón sinceramente me tomó por sorpresa, dejándome completamente estupefacto, impactado y emocionado.

Lo más chocante de todo es la primera vista. Es una de esas cosas que existen especialmente para que se queden muy grabadas en el cerebro de los seres humanos. Me pregunto, ¿Qué hubiera pintado van Gogh si hubiera estado parado en uno de los miradores del Gran Cañón? Definitivamente “La noche estrellada” no sería su mejor obra. Cuando voltee la vista, cerré la boca y me sequé la baba, pude observar a un nuevo visitante del cañón que traía los ojos vendados y era guiado por sus amigos. Seguí al confundido turista hasta que estuvo parado en el mirador, sitio en el que le descubrieron el rostro y empezó a llorar en el acto, impactado por la contundente vista.

Lo que me llamó mucho la atención fue no ver ningún río, dado que, en teoría, el cañón se forma por el Río Colorado, el cual sólo puede ser apreciado desde los miradores lejanos. Este río parece un ínfimo riachuelo dentro de la majestuosidad de montañas y quebradas que lo rodean.


La organización montada por los gringos también es fenomenal: tres líneas de buses unen todos los miradores, existe mucha información en tableros, indicaciones e historia del cañón. También tienen presencia las infaltables tiendas de souvenirs, restaurantes, comercios, lodges, entre otros.


Uno de los últimos puntos de la visita al Gran Cañón fue el “Watchpoint”. Este mirador, si bien es uno más del cañón, se diferencia notablemente, dado que tiene la forma de torre de algún castillo. Creada por una reconocida arquitecta americana, ésta torre parecería ser legado de épocas antiguas, pero en realidad es sólo una tienda de souvenirs construida hace setenta años. Subimos por una escalera pequeña hasta la cima de la torre, y apreciamos por enésima vez, sin dejar de cansarnos, la increíble vista del cañón.

En los últimos miradores pudimos observar los rayos de sol colándose entre las nubes, pasando por la brisa, el desierto, las mesetas y las quebradas, y generando una pintura de libertad grandiosa. A lo lejos, al otro lado del cañón, se ve una meseta muy verde, muy grande, muy extensa; provoca correr en ella, desnudo, eternamente.


El Gran Cañón fue una visita espléndida, que sacó a relucir muchas emociones que tenía guardadas dentro, y el sólo hecho de estar ahí nos hizo sentir relajados y desestresados. Me acuerdo estar sentado encima de una gran roca del cañón, estático, sin sentir mi cuerpo, observando los rayos solares pasar por entre las nubes y alumbrar zonas específicas del cañón formando pinturas dinámicas y dejando, sin darme cuenta, que mis preocupaciones salgan lentamente a través de mis ojos. Sin duda, una visita inolvidable.

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domingo, abril 29, 2001

U2 – Elevation Tour 2001: Back to Basics – Phoenix, AZ

Acabo de llegar del America West Arena. Tengo a mi costado un mouse pad con un tremendo corazón que dice U2 – Elevation Tour. También tengo un lindo polo, un llavero y un póster con el mismo motivo. En fin, cosas materiales hechas especialmente para hacerme recordar por siempre la espectacular entrega, emoción y magia que supieron dar esos 4 supra-humanos que se hacen llamar U2.

La odisea comenzó a las 3pm, hora en que terminaron las clases de SMM. Corrimos a los dorms a dormir un rato para llegar despejados al estadio, pues estábamos de amanecida, y dormimos hasta las 6:20pm, dado que debíamos tomar la red-line que pasaba a las 6:40pm.

El bus se demoró, por lo que llegamos al estadio a un cuarto para las ocho. Había un poco de cola para entrar y al momento de ingresar, PJ Harvey cantaba C’mon Billy. Me apuré en llegar a mi sitio, pero no alcancé a oír bien esa canción. Polly-Jean luego cantó muy sensualmente Down in the water, para luego explotar y cantar con mucha energía Big Exit. La siguiente canción fue Naked Cousin, la cual cerró su participación y las luces se encendieron nuevamente. Los 20 minutos que vi a PJ Harvey, la noté muy enérgica, con mucha vitalidad y con mucha calidad. Me hubiera gustado mucho oírla más.

Con las luces ya prendidas, me di cuenta que el estadio todavía no estaba lleno. Aproveché para ir a comprar, con un amigo, una cerveza y un sándwich, mientras en el escenario muchas personas trepaban hacia las luces como si fueran trapacistas. Eran los “light-drivers”, según me comentó mi vecino de silla. Música de Radiohead sonaba en el fondo.

Escenario
El America West Arena es un coliseo de baloncesto, por lo que de primera instancia pensé que no se podría adecuar a un concierto de U2. La banda ha hecho muchos conciertos en Phoenix, en el estadio de los ASU Sun Devils, incluyendo el concierto inicial y final del Joshua Tree Tour, siendo parte del album Rattle & Hum, por lo que todo el mundo se preguntaba él porque de hacerlo en un coliseo “pequeño”(?) y cerrado.

La Elevation Tour fue distinta a todas las otras tours. U2 quería algo más íntimo, quería regresar a sus raíces, a sus discos iniciales y eso se refleja en su último disco, en la locación del concierto y en el hecho de no incluir ninguna canción ni del Zooropa (salvo Stay) ni del POP (Bueno, tampoco del October, lo cual lamento mucho) en el repertorio del concierto.

El “íntimo” escenario fue uno plano, con pasadizos por encima de la gente en forma de un corazón inmenso circundado por luces. Los 360 grados del estadio estaban poblados, con la banda casi unida al público; una especie de The Beatles en Hey Jude. Estos pasadizos fueron muy utilizados por los miembros de la banda durante el transcurso del concierto y fueron objeto de varios efectos especiales.

Elevation
De pronto, la música de Radiohead fue interrumpida, y se comenzaron a escuchar las tonadas iniciales de la canción “Elevation”. Aparecieron entonces, casi por en medio del público, cuatro individuos irlandeses vestidos de diferentes colores. El líder de negro con un sombrero cowboy. El guitarrista vestido con blue-jeans y un polo naranja con el número 3, el bajista, muy extravagante, de verde y el baterista con un polo muy pegado celeste.

Las luces nunca se apagaron, U2 apareció como “Pedro por su casa”, sin avisar. El estadio comenzó a rugir, mientras los cuatro seres trepaban al escenario, tomaban sus instrumentos y empalmaban una extraordinaria versión en vivo de Elevation, con la versión grabada que tocaba el disco mientras entraban y subían al escenario. Las luces permanecieron prendidas, inmóviles en el transcurso de toda esa canción.

Beautiful Day
Ahora si, las luces se apagaron y comenzaron los efectos visuales. Inmediatamente después tocaron Beautiful Day, el gran último hit, que hizo delirar a toda la multitud congregada.

Until the end of the world
El escenario se puso todo de color azul metálico, y el inmenso corazón, rojo. Me gustó mucho la versión de esta canción en vivo. No le había prestado mucha atención en el Achtung Baby, pero transmite un sentimiento de nostalgia único.

Sunday Bloody Sunday / Get up, stand up
La versión de Sunday Bloody Sunday, fue realmente espectacular. Al final de la canción, ésta fue empalmada con Get up, Stand Up, como un homenaje a Bob Marley. El juego de luces, fuegos artificales y los tvs?, aunados a la entrega de Bono y The Edge hicieron que el estadio entero se ponga de pie a aplaudir y gritar.

Kite
Bono saludó a la audiencia y emitió algunos relatos sobre paz y las malas personas. Luego llegó Kite, introducida por The Edge como una canción nueva. Muy sencilla, tocada en acústico por Bono y The Edge solos en la punta del corazón, en el medio del estadio. Linda canción, muy dulce.

I Will Follow
Le toco el turno luego a la extraordinaria I Will Follow. Sencillamente yo no sabía que hacer. Estaba totalmente inquieto en mi sillón. Me he debido parar y sentar por lo menos ocho veces durante esta canción. Me emocioné mucho con la que yo considero una de las mejores canciones que existen.

Where the streets have no name
Después de una introducción de los miembros de la banda (Larry Mullen como “el primer manager de la banda”, The Edge como “el guitarrista...hasta su mamá lo llama The Edge”), las guitarras y tambores de la popular “Streets” hicieron que mi corazón casi se salga de mi cuerpo. Bono tuvo una entrega total en esta canción, ”I wanna run...I want to hide...”, corriendo a toda velocidad por todo el corazón y llegando hasta el otro lado del estadio para seguir el coro. Una de las mejores performance del concierto.”...I wanna stay...down in a DESERT place...where the streets have no name..!”

New Year’s Day
Durante New Year’s Day, bajaron del techo una especie de cortinas transparentes que tapaban el corazón, y que proyectaban sombras de la banda. Esas cortinas estuvieron presentes en otras varias canciones cortas. La canción salió muy bonita.

In a Little White
Una nueva canción, la cual no había escuchado mucho, pero que Bono la introdujo como una excelente canción. No se equivocó.

Bullet the Blue Sky
Mensajes en las TVs, dando un pequeño respiro a la banda, introdujeron el tema social de Bullet the Blue Sky. La mejor de canción del Joshua Tree era plato fijo del concierto y Bono sacó lustre al micrófono reproduciendo una versión de “Bullet” para la historia.

Stuck in a moment
Había escuchado Stuck in a moment algunas veces, pero ahora estoy convencido que es la mejor canción del nuevo disco. La performance fue muy profesional, una canción compuesta e interpretada por músicos con mucha experiencia y mucho talento.

Bad
Bad fue, de hecho, la melodía más larga del show y la más floja. Me gusta muchísimo más la versión original.

New York
No muy buena. Otra floja.

The Fly
The Fly fue una locura total. Fuegos artificiales, luces, movimiento, dinamismo, locura. Bono y The Edge dieron gran entrega. Casi al final, Bono se llegó a caer del escenario, por lo que hubo una pausa para que regrese el susodicho, aunque siguió cantando. Nada grave.

Stay
Stay fue muy emotiva, dado que Bono cambió algunas letras de la canción por alabanzas a personajes locales y a Arizona. Magnífica canción. La gente prendió luces con encendedores para hacer olas, pero como el estadio es cerrado, comenzó a oler a quemado.

Mysterious Ways
Las sombras de mujeres en los TVs propiciaron que Bono se acerque a uno de ellos y comienze a bailar, tipo flamenco, con una de ellas. Bono se echó encima de uno de los TVs para terminar la canción.

With or without you
Extraordinaria. Me dejó sin palabras.

Pride (in the name of love)
La versión de Pride es definitivamente lo primero que recordaré de este concierto. La magnitud, la glorificación de esta canción debió hacer delirar hasta a los astronautas de la estación MIR. Nunca vi ni oí algo parecido, y creo que nunca lo veré ni oiré. La banda se entregó al máximo, emocionando a propios y extraños.

Pride fue la canción que cerró el concierto. La gente no se quiso ir, por lo que la banda regreso para interpretar dos canciones más:
I remember you / One
La versión de I remember you, empalmada con One fue, literalmente, para llorar. Muy, pero muy, pero muy bonita.

Walk On
Walk On cerró, ahora sí, el concierto, dejándonos con un fresco viento de libertad, paz, vida, profesionalismo y felicidad.


El recital de los U2 fue fenomenal y lo más resaltante de esta espectacular noche fue la completa entrega y dedicación que pueden tener algunas personas hacia lo que hacen. Se nota a leguas que a Bono le apasiona cantar y que le apasionan sus canciones. La entrega fue total para que el concierto salga mil veces mejor de lo esperado. El juego de luces y el show en si, si bien mostraron mucha humildad, fueron de alta calidad. Recién ahora me doy cuenta exactamente porque U2 es considerada la mejor banda del mundo.


JC Magot 2001

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martes, abril 17, 2001

Lindo amanecer en Arizona

No se imaginan la luna que hay allá afuera. Es una bola inmensa, toda plateada que parece estar encima de los campos de fútbol. No sé si es de día o de noche. El sol alumbra, pero no da cara. La bella luna parece estática, inmensa, provoca tocarla.

Desde otro ángulo, la blanca luna se mezcla entre las palmeras, los cactus y el desierto naranja encajando para una perfecta foto de postal. Me dieron ganas de regresar a mi dormitorio por la cámara, pero hubiera llegado tarde a las pruebas para presentación de la tesis.

El frío era muy fuerte, pero soportable. Mi nariz y orejas literalmente estaban congeladas. Mi manzana ya acabada comenzó a congelarse en mi mano, y no sabía dónde botarla, por lo que me acompañó hasta llegar al edificio.

El viento silbaba muy fuerte y yo luchaba con euforia contra él. El único que sufría era mi traje que, envuelto en un cobertor y jalado por mi brazo derecho, volaba horizontalmente atrás de mi cabeza.
Muy lindo paisaje el amanecer en Arizona. Ahora ya estoy conectado, sin saber con quien. Lima, do you readme?


JC Magot 2001

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domingo, marzo 25, 2001

Suns

Estuve el miércoles pasado en el America West Arena, viendo el excitante partido entre los locales, Phoenix Suns y los Cleveland Cavaliers. Muy, pero muy emocionante.

El partido comenzaba a las 7:30pm, por lo que salí de clases directamente a cambiarme y bañarme. Monté mi bicicleta tan sólo hasta Downtown Tempe, sitio en dónde la estacioné y abordé la “yellow line” hasta Central Phoenix. Llegué al centro de la ciudad casi una hora después, a las seis y media.

En el centro, una pelota de basket inmensa y muchos letreros y banderas anunciaban el “GAME DAY”, indicando el camino hacia el coliseo.


El centro de Phoenix está muy bien organizado, existiendo una avenida dónde se congregan todos los estadios, uno al costado del otro. El coliseo cerrado de baloncesto es impresionante, monstruoso y gigantesco casi simulando un gran planetario.

En las afueras del estadio se congrega mucha gente alrededor de unas lindas porristas rubias que bailan y corean el nombre de los Suns. Estuve escabulléndome entre la multitud y los fanáticos un buen rato, buscando una puerta de entrada al recinto, la cual no encontré, por lo que decidí entrar al “Food court”. Recién ahí me di cuenta que la entrada para los peatones es dentro del centro comercial, dado que el 95% de la gente se moviliza en carro, y pues, el diseño del estadio contempló una magnífica playa de estacionamiento con capacidad para todos los vehículos de las personas sentadas. Me percaté que una multitud de gente entraba y salía del estadio, haciendo tiempo, comiendo y cantando antes del partido.

America West Arena – Phoenix Suns Home
En si, la cancha de basket es pequeña. Lo que hace al estadio gigantesco son los 3 niveles que tiene alrededor. El primero son las inmensas tribunas casi perpendiculares donde se sientan los espectadores. El segundo, detrás de las tribunas, son los food courts y tiendas, y el tercero son las playas de estacionamiento. Esto quiere decir que los arizonos pueden cuadrar su vehículo en el estadio, a exactamente 30 metros del sitio asignado en su entrada.

Al caminar por los pasadizos del estadio, uno puede sentirse como en el aeropuerto de Houston, es decir, en un laberinto de pasadizos, centros comerciales y gente. Transitando por los corredores, se pueden distinguir algunas caras conocidas, como la de Tom Selleck o la de Tom Petty.

Después de muchas vueltas llegué a mi sitio, faltando exactamente cuatro minutos para que comience el show. El sitio era un poco alto, pero la vista es alucinante: tableros, propaganda electrónica y TVs por todos lados. Encima de la cancha existe un tremendo armatoste que, con muchísima luz, emite todas las estadísticas del partido, otros juegos simultáneos y publicidad.

Mi asiento era uno ubicado en la segunda hilera de la sección 201. En la primera fila, diez niños celebraban un cumpleaños, todos con coronas, con polos número 32 de Jason Kidd y con mucha comida grasosa en sus faldas y manos. La mamá repartía, con su mano derecha, más pizzas entre los niños mientras tomaba y sostenía una cerveza con la izquierda. Muy americano, pero a la vez, diferente e interesante. Un vendedor de cerveza gritaba muy fuerte, con un acento sureño marcado, desde el pasadizo: “Bud-light...you know you want one!”

Jason Kidd es un extraordinario jugador de los Suns y también publicidad principal del baloncesto en Phoenix. En los paneles, los letreros anuncian mensajes como “Are you Kidding me?”, o “Kidd’s Revenge”, que entusiasman e impacientan más a los niños quienes no pueden esperar para ver a su ídolo.

Faltando 10 segundos, contados al estilo de un lanzamiento de un cohete de la NASA, las luces se apagan, y el público comienza a emocionarse haciendo efectos sonoros. En ese momento se percibe una magia especial que hizo erizar mi piel. La cuenta cero vino acompañada, sorprendentemente, de fuegos artificiales en medio de la arena del coliseo cerrado. Comenzaron entonces a salir los jugadores, uno por uno y aplaudidos todos, en especial el ídolo máximo de todo Arizona, Jason Kidd. Era un espectáculo muy bonito hasta que una linda chica, con una terrible voz, comenzó a cantar el himno de los United States, malogrando el espectáculo.

Partido
El partido fue emocionante de principio a fin y el tiempo pasó sin siquiera darme cuenta. En cada uno de los intermedios se habían preparados juegos y actividades con el público como un trivia, una carrera de perros, acróbatas haciendo piruetas en los aros, las chicas Sun bailando coreografías, entre otros.

El primer cuarto fue fácil para los Suns, por lo que pudieron sacar una ventaja apreciable que se mantuvo hasta llegar al último cuarto, en dónde comenzaron a tener problemas y los “Cavs” se pusieron a sólo un punto de diferencia. El estadio completo se puso de pie a gritar por los Suns y por los altoparlantes comenzaron a sonar las notas del “We will rock you”, cantado por todo el estadio en perfecta entonación. La energía, el movimiento, el temblor y la afición daban la impresión que el estadio se moviera. En ese momento, Jason Kidd pareció recibir la energía arizona e hizo 8 puntos seguidos, necesarios para una victoria de los locales. El estadio literalmente, se derrumbaba a pedazos, emocionando a propios y extraños. Al final, los Suns ganaron por nueve puntos de ventaja y los niños se abrazaron, gritaron y felicitaron al momento del timbre final.

Al ojear mi reloj, me percaté que el partido terminó como a las 10pm. Al salir, entré en una de las tiendas de souvenirs dentro del estadio y, por supuesto invertí en un polo y un llavero de los Suns.

Mi sorpresa y susto brotaron cuando salí a la calle, dado que las 25,000 personas del estadio desaparecieron en el acto, y en el centro de la ciudad existía solamente una desolación total, sin carros, sin buses, sin personas, sin almas, sin taxis, sin nada. Todos los fanáticos ya se habían ido a sus casas montando sus modernos carros, los cuales estaban estacionados, muy cerca a ellos en el estadio.

Central Phoenix es un sitio exclusivamente para comercios y oficinas, por lo que un miércoles a las diez de la noche es una zona muy oscura, triste y abandonada. Me pareció algo muy extraño que me hizo sentir como Bruce Willis en el inicio de la película “12 monos”. Deambulé una media hora, pero solo pasaron dos vehículos por lo que tuve que llamar a un taxi desde una cabina y regresar a Tempe muy impresionado. Día agitado, isn’t it?


JC Magot 2001

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domingo, marzo 18, 2001

Texas

Estoy de nuevo en Phoenix desde el viernes, después de una semana de vacaciones por Spring Break en Texas. El sábado estuvimos en downtown Phoenix, celebrando muy divertidamente St. Patricks day, junto a mucha gente vestida de verde, bailando música country en medio de la pista.

Un gran problema es adaptarse a los horarios arizonos, dado que la juerga comienza a las 7pm y acaba a la 1am. Nosotros llegamos el sábado al centro a las 11pm, después de una hora de manejo desde Tempe, y todo el mundo ya estaba ebrio. Entramos a un pub, tomamos una cervezas irlandesas, bailamos algo de country, y faltando 5mins para la 1am nos pidieron muy amablemente que abandonáramos el local pues ya iban a cerrar. Por ley, los bares de Arizona no pueden vender alcohol después de la 1am, y como no es rentable, cierran.

Texas
El viaje a Texas fue inolvidable, y lo mejor es que hicimos todo el recorrido desde Phoenix en carro. Rentamos un Ford Taurus azul, lindo, muy cómodo y nos recorrimos las 20 horas de manejo hasta Austin. Fue una experiencia diferente y muy divertida.

Teníamos programado salir el sábado a las 9am, pero como buenos peruanos, salimos a las 2pm. El carro estaba full, lleno de papitas, plátanos, agua, manzanas, doritos, sándwichs, y otras cosas que hasta ahora no descubro que son.

La ruta que tomamos fue la 10 y pasamos por las siguientes ciudades:

Tucson, Arizona
La ciudad de Tucson es una muy parecida a Phoenix, pero más pequeña. Me dije, acá tengo que parar de hecho y por lo menos tomar una foto, recordando la canción Get Back (Jo jo left his home in Tucson, Arizona...for some California grass). Le dije al grupo que si no parábamos en Tucson iba a ir cantando hasta Austin. Por supuesto que paramos.

Lordsburg, Arizona
Paramos a desaguar en el pequeño, rural pero "charming" pueblo de Lordsburg.

Silver City, New Mexico
La noche nos agarró y pensábamos llegar hasta El Paso para dormir, pero, gracias a un error de brújula de nuestro conductor de turno, terminamos en esta linda ciudad. Silver City es una ciudad recontra western, en pleno New Mexico, dónde todo es estilo cowboy. Valió la pena el desvío. En la noche fuimos a un bar muy cowboy en donde nos entretuvimos mucho.

Las Cruces, New Mexico
Salimos de Silver City a las 9am y continuamos ruta hacia Austin. Paramos en Las Cruces a estirar las patas y cambiar de conductor, por lo que yo tomé el volante. Lo más bonito que pudimos ver en Las Cruces es la buena infraestructura de la New Mexico State University. También vi por primera vez un correcaminos, sobre el cual yo pensaba era sólo un personaje de tv, pero es en realidad un animal, y es el símbolo de New Mexico. Es un pajarraco horrible que chilla y para corriendo por la pista.

El Paso / Ciudad Juarez, Texas - México
Llegamos a El Paso a la hora de almuerzo y, muertos de hambre, nos perdimos por la gigantesca ciudad.

El Paso ha crecido tanto que ahora está unida a la ciudad mexicana Ciudad Juarez. Este conglomerado de ciudades es enorme. Paramos en un buen restaurante chino ubicado en la cima de un monte, desde dónde se podía ver toda la ilimitada ciudad.

Fort Stockton - Texas
Pasamos por Fort Stockton y llenamos el tanque de gasolina en los populares Texaco station de Texas. Esta fue nuestra última parada antes de llegar a Austin.

Austin, Texas
La llegada a Austin fue maravillosa. Se respira mucho verdor, se observan autopistas muy altas y cruzadas por todas partes y me llamó mucho la atención un letrero que decía "Littering is (unl)AWFUL". Excelente el letrero. Me encantó.

Austin es una ciudad que parece europea. Muy clásica, muy culta, se respira otro aire. Caminar por el centro de Austin puede pasar como si estuvieras paseando por Londres o París. El Capitolio es imponente, al igual que las contrucciones. Llegamos muy cansando al departamento, pero la gente que nos esperaba igual nos sacó a pasear.

Hooters
El primer sitio dónde nos llevaron fue al Hooters, sitio donde se comen alitas de pollo y en donde las meseras son muy bien seleccionadas por ser bastante atentas, "despachadas" y por usar exuberantes minifaldas. Por supuesto que a todo el mundo se le quitó el sueño en el acto. Una cosa curiosa es que la mesa donde nos sentamos tenía la forma del estado de Texas - pretty cool, isn't it?


Los días que siguieron fuimos a muchos sitios en Austin y en San Antonio. Sitios como:

Gateway Cinema
Perdidos en Austin llegamos hasta un cinema y pues, decidimos entrar. Vimos Hannibal (dizque El Silencio de los Inocentes II), pero salí recontra estresado ¡Qué película!. Una cosa curiosa es que en la película salían imágenes de Austin, y pues, pensaba internamente: ¡Hey!, ¡Ahí estuve en la mañana!

6th Street
Las noches las pasábamos en la sexta avenida de Austin. En Texas hay otras leyes que en Arizona, por lo que el alcohol se vende hasta más tarde. En la concurrida sexta avenida se concentra toda la juerga de Austin. Hay discotecas, pizzerías, restaurantes, pubs, bares, etc. Todas las noches hay gente de todo tipo bailando en la calle o comienzo pizza. Fuimos a varias pizzerías y al Maggie Mae

Magie Mae
Cuando entramos al Maggie Mae estaba tocando una banda muy extraña. Un señor mayor, vestido de terno blanco y corbata blanca, con el pelo pintado de amarillo totalmente parado, gritaba una canción. La batería, muy parecido al guitarrista de Blur, parecía tocar otra canción. Incluida en la banda, una chica linda, vestida de noche, tocaba una guitarra y cantaba una ópera muy aguda. Fue un recital insólito, pero muy divertido.

Después se presentó una banda electrónica, la cual tenía absolutamente todo electrónico; fue muy "cool" tratar de bailar en medio de la gente al compás de esta banda.

City of San Antonio, Texas
La ciudad de San Antonio, junto con la de San Diego, tiene la fama de ser las ciudades más bellas de los Estados Unidos. Y no se equivocan. El río, los botes, las construcciones, la verdad es que es muy bonito.

6Flags, San Antonio Fiesta
Un punto crucial en el viaje a Texas fue el parque de diversión 6-Flags en San Antonio.

El parque es uno que alberga muchas montañas rusas. Existen en él, más de veinte "rollercoasters" enormes: Superman, Joker, Rattler, Poltergeist, Elevator, Castle, etc. Llegamos al parque a las 8am y tuvimos mala suerte, dado que nos agarró una ducha terrible; pero a eso de las 12 salió el clima mejoró y el sol nos secó. Recién ahí pudimos salir de la cafetería y aprovechar el parque y los cuarenta dólares invertidos.

Hasta el momento me extraño de mi mismo, dado que tuve la locura de subir a cada uno de esos aparatos mecánico. El primero fue el "Rattler", de impresionante magnitud, incluso más grande y alta que el cerro próximo. El "Elevator" me subió a una altitud de 300 metros en casi 4 segundos. La "Poltergeist", muy veloz, me dejó mareado. La "Joker", de espaldas. La "Superman" y sus 3000 vueltas, etc, etc.

Me acuerdo que la única en la cuál hubo cola para entrar era la "Joker", dado que la estaban limpiando porque mucha gente había vomitado. Fue una experiencia muy movida, pero al final por inercia me acostumbré y divertí con las montañas. Al regresar me di cuenta que había perdido mucho estrés, al no poder abrir los ojos en nuestro arribo a Austin.

El Departamento
El departamento donde nos quedamos, frente del lago Austin, estuvo bien. El problema era que, como éramos cuatro patas y solamente nos acompañó una chica, tuvimos que respetar al Sr. Carreño y cederle la única cama existente a Kathia. Los cuatro mangansones tuvimos que dormir los tres días en la sala, en la comodidad de una alfombra persa.

Food
Texas es un sitio en donde abunda la grasa. En todos los sitios hay carne o "briscket", que hasta ahora no sé que es, pero sólo de vista se nota que tiene un montón de grasa. El punto es que dentro de un rato voy al gimnasio para tratar de evaporar los litros de grasa que recibí en Texas.

La experiencia en Austin y San Antonio, y en general en el desierto americano muy bacán. Realmente toda una experiencia. Al regresar a Phoenix pasamos por estos lugares también:

Friedsburg, Texas
Existe un pueblo alemán en el desierto central de Texas llama Friedsburg. Todo es alemán ahí, y todo es muy ordenado, limpio y muy bonito. Almorzamos comida alemana en un German-American Restaurant, incluyendo el magnífico Apple Struddle, el cual me hizo recordar a la película "The Sound of Music".

Mason, Texas
Cuando se suponía que deberíamos llegar a El Paso, nos dimos cuenta que estábamos en otro sitio. Un letrero decía "Visit Historic Mason", por lo que nos helamos en el acto. En ese momento agarré yo el volante hasta Tucson.

Somewhere in New Mexico
Quería ir a Roswell, New Mexico, para ver lo de los extraterrestres y todo eso, pero quedaba muy lejos y ahora si no convencí al grupo. Lo que sí vimos en el camino fue un aparente ovni, al cual le tomé varias fotos. Veremos que sale cuando las revele.


En sí, este encantador viaje me ha hecho ver lo lindo que puede ser este planeta si la gente cuida el entorno donde vive. Me ha hecho pensar mucho en mi mismo, en la manera de ver las cosas y el mundo en sí. Manejar a elevadas horas de la noche por una carretera de Nuevo México es una sensación que nunca antes la había experimentado, es algo como...magia?

JC Magot 2001

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martes, febrero 20, 2001

Llegada a Tempe, AZ

Estoy ya en Tempe o graciosamente verbalmente pronunciado “Tempi”, una de las ciudades alrededor de Phoenix.

Desde que estaba por aterrizar, me di cuenta que Phoenix es una ciudad muy ordenada y organizada. La ciudad yace encima de un árido desierto, por lo cual hasta ahora no entiendo como puede verse tan bonita. El desierto rojizo, combinado con los imponentes cactus verdes, proporciona una armonía visual que fertiliza la vista y nos emite la misma tranquilidad de una edificación campestre.

Toda la ciudad es plana, a lo largo. Hay muy pocos edificios y cada establecimiento, casa o parque tiene un área muy grande, estando también muy separados uno del otro.

ASU
Tempe es una ciudad muy limpia, culta y tranquila, en dónde todo gira en torno a la ASU (Arizona State Univesity), la número tres en población estudiantil de todo USA. Es inmensa, es mas, no tiene limites, existen edificaciones diversas y facultades por toda la ciudad.

La vida en Arizona es bastante distinta a la de Lima. No sé por qué entré a estudiar el MBA a ESAN y no vine directamente a ASU. Esta universidad es un sueño, muy dinámica, tranquila, moderna, cómoda, prestigiosa y enriquecedora.

El Memorial Union o MU es el centro de la universidad. Tiene tres pisos de comedores, establecimientos comerciales, cabinas de internet, mesas de billar, pistas de bowling, dos cines, sitios para estudiar, salas con chimeneas artificiales, galerias de arte, tiendas de discos, salas de conciertos, entre otros. Es, definitivamente "el place" dentro de la universidad.

Gente
La gente desértica es muy variada. Existen muchos mexicanos, chinos/japoneses y una abruma cantidad de inentendibles hindúes. Adicionalmente, la gente es extrovertida y cada una parece estar en proceso de intro-descubrimiento. Se pueden ver personas con el pelo pintado de numerosos colores, con tatuajes y piercings “anti-sociales", pero cumpliendo todas las leyes de la ciudad como corderitos.

No he visto nada maltratado, quizás muchas cosas deterioradas por el tiempo, pero no por vándalos. La gente es muy servicial y colaboradora.

Clima
El clima es uno de los puntos más resaltantes de Arizona. Al sol, hace mucho calor, a la sombra es muy fresco. Braulio dice que parece el clima de Arequipa, salvo que ésta zona de la tierra tiene una sorprendente inundación de condominios y piscinas que llegan casi a rebalsar el árido desierto.

Gimnasio
El gym de la universidad es increíble, incluyendo máquinas y salones de todo tipo. Son como cuatro mil metros cuadrados y tres pisos de maquinas, pesas y gente por todos lados. Existen también canchas squash, badminton, ping pong, tennis, rackeball, piscina, entre otros. La gente es súper deportista y muy sana y fumar en cualquier lugar de Tempe es muy mal visto y discriminante.

Por el momento estoy muy contento en éstos lares. Me parece la ciudad perfecta, muy sana, muy tranquila, muy ordenada, muy limpia, muy buen clima y muy buena gente. Veremos como van las cosas mas adelante y no me vaya a pasar como el chiste del cubano en Pennsylvania.

BA
Ahora si el tema principal: Las clases. De las dos clases que he tenido hasta el momento, ambas has sido muy buenas pero me quedo con la de Marketing. Algo resaltante es que mis profesores son los que escriben los libros principales de lectura para las sesiones, por lo que las clases salen muy buenas. El nivel de los profesores es muy superior a los que he tenido antes. Es completamente otro nivel que Perú.

En especial, las clases de “Service Marketing & Management” del sábado han sido las mejores clases que he tenido en mi vida. Muy, pero muy buenas. Duraron desde las 8am hasta las 5pm, y como nos habíamos amanecido los cuatro leyendo y resolviendo el caso de PeopleSoft, salimos, al finalizar clases, directamente a dormir.

Otros sitios
Desde que llegué al Oeste de USA he tratado de conocer lo mas que he podido. Los sitios fuera de la universidad a los que he ido son:

Dos Gringos, Scottsdale
El Dos Gringos es un bar pituco del barrio mas “posh” de la zona: Scottsdale. Un sitio muy "cool", con gente linda y muy "cool", pero demasiado "cool" para mi gusto.

Patties, Scottsdale
Patties es un bar-discoteca muy bacán, en donde pasan música de Pearl Jam y Azul Azul bajo un mismo techo. El jueves la pasamos muy entretenidos los cuatro junto con Katia y una amiga más. El sitio es grande, aunque con pasadizos algo entreverados.

Phoenix Zoo, West Phoenix
El Zoológico de Phoenix dejo mucho que desear. Es pequeño, tiene pocos animales y está descuidado reflejando una distancia abismal con los de Florida o California. Lo más interesante de éste paraje fue ver por primera vez a un oso hormiguero absorbendo hormigas y a una pareja de enormes rinocerontes.

Arizona Mills, Tempe
En las clases de marketing conocimos a David, un portorriqueño que nos llevó, en su pequeña y apretada camioneta, al centro comercial más grande de todo el estado: el Arizona Mills. Este es uno muy grande y tiene una gama muy grande de productos. Al recorrer las tiendas, uno nota fácilmente la gran inspiración arizona que existen en cada una de las tiendas. Hay una de la Amazonia en que hay muchos animales artificiales dinámicos impresionantemente decorados. La tienda de discos Virgin es muy grande y no tiene cuando acabar. Las cafeterías y algunas de las tiendas menores están decoradas siguiendo el rojizo desierto y los enormes cactus, tan famosos en ésta zona árida.

Ruby Tuesday
Existen, esparcidos por todo Arizona, muchos restaurantes de comida Tex-Mex parecidos al Chilis. En pleno downtown Tempe, hay uno muy bueno y muy pintoresco llamado Ruby Tuesday, que es igual de bueno que la famosa canción.

Fry's/Safeway
Los Wongs de la ciudad son el Safeway o Fry’s, los cuales están abiertos las 24 horas, sin cajeras y sin puertas. Es self-service y cada persona tiene que operar el pago de la caja. Es decir, nosotros nos tenemos que encargar de pasar los productos por el láser conectado a una máquina que va acumulando los precios de los artículos. También tiene una balanza automática incorporada que pesa la fruta. Al terminar la transacción, debemos insertar los billetes, presionar unos botones y recibir el cambio por un compartimento parecido al de un pinball ochentero. El primer día, al tratar de operar la complicada máquina, tuve que preguntar por el manual de instrucciones, lo cual me hizo sentir como un retrasado mental.

I-Mart
Los hindúes abundan en Arizona y en todo USA. El I-mart es una tienda de abastecimiento hindú en donde todo es mas barato que en cualquier otro sitio. Por ejemplo, una tarjeta para llamar a Perú es ofertada a trece centavos por minuto y un cd de chistosa, pero relajante música hindú está rematado a cuatro dólares.

Now hiring
Algo sorprendente es que en absolutamente todas las ventanas, brochures y recibos de pago esta impresa la palabra NOW HIRING, pues piden trabajo para todo y para todos. Es algo que falta mucho en Arizona, dado que los gringos no quieren trabajar en trabajos no valorados.

Yo no pierdo el tiempo y ya estoy buscando un trabajo interesante. Hoy estuvimos en una conferencia de Intel, presentando el Pentium IV, y hemos conversado con una persona de la prestigiosa compañía. Ojalá salga algo y podamos quedarnos con la tranquilidad del desierto arizono.


JC Magot 2001

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